La poderosa sofisticación de la quietud

30 julio 2022

No podemos interiorizar todos los sentimientos que nos produce la realidad, o no saldríamos de la cama. Respira. Tómate un momento. Recapitula: un tarado invade un país —cosa que ya sabíamos desde 2012—, mata a diestro y siniestro. Los precios nos comen el poder adquisitivo. Los medios se han convertido en un campo de minas, cada vez más politizado y extremista. Una crisis, otra más, se avecina, y no tenemos ni idea de qué pasará con nuestro empleo, nuestras empresas, nuestros ahorros. Nadie sabe nada, pero todos parecen saberlo todo. Nos escupen en las redes sociales recetas fáciles, sencillas, indoloras y, normalmente contra alguien: un inmigrante, un político, una iniciativa. Las libertades empiezan a saltar por los aires, frente la seguridad y lo políticamente correcto. 

En un lado de la cama, vivimos en el teatro de los sueños. Unas redes sociales llenas de fotos guays, con gente guay, paisajes increíbles, sonrisas, copas, felicidad… todo para la foto. 

En el otro lado de la cama, la demanda de ansiolíticos está disparada, los centros de atención psiquiátrica están desbordados, repletos de adolescentes que se sienten vacíos. Se cortan, dejan de comer, se emborrachan hasta la extenuación, se meten sustancias cada vez más fuertes. Acaban decidiendo por intentar quitarse la vida. Buscan experimentar cualquier sensación que les haga sentir algo. Lo que sea, pero algo. Rotos, aparentemente felices, pero rotos.

Pero los adultos no lo hacemos nada mal. Deja a unos cuantos en una sala, a solas, con una máquina de descargas eléctricas. Tras unos minutos, en silencio, no lo soportamos, y nos metemos un chute eléctrico. Sentir lo que sea. No toleramos el silencio, ni la quietud, ni nada que no sea inmediato.

Y así hice. Respiré, me tomé un momento, y miré por la ventana. Mientras escribo esto hace un sol radiante, mis perras corren por el prado con una energía que vibra. Una brisa que se agradece mueve los árboles. Ahí fuera todo tiene su ritmo. Tranquilidad. Una situación que nada tiene que ver con la de mi mente. Mientras, me apetece escuchar Working on a Dream, de Bruce.

Una mente que arde en conflictos internos al interiorizar la realidad: entras en las redes sociales y percibes una guerra tóxica de unos contra otros. Un altar para dogmáticos. En la prensa parece que se cae el mundo: una economía en caída libre, una crisis de deuda en el horizonte, empresas y familias con una incertidumbre que genera expectativas, negativas auto cumplidas. 

Mientras, bajas la cabeza, te encuentras ante tus miserias: problemas que se acumulan, un trabajo que desborda, preocupaciones que no se te borran de la cabeza. Todo es movimiento, velocidad, y me encuentro ante la necesidad de estar a todo. Llamadas que esperan a ser devueltas, grupos de WhatsApp que arden. Notificaciones de mails por atender. Me encuentro a todo, pero sé que en realidad no estoy a nada. 

El momento del silencio y la recarga de energía

Es julio, la batería mental no da para más. En ese momento flaqueas, y te preguntas, ¿para qué?¿Qué sentido tiene todo esto? Levanto la mirada y me siento absurdo. Recuerdo que hace meses leí Quietud, de Ryan Holiday. La quiero comprender, la busco, la necesito entrenar. La ansiada quietud. El equilibrio, el poso de la reflexión, el estar presente, sentirme en paz entre lo que tengo y deseo

Controlar la ansiedad por el más: más horas, más trabajo, más tareas resueltas, más cosas para mí y mi familia. Pero son impulsos incontrolados, como cuando bajas por un río con una fuerte corriente, nunca tienes el control, te arrastra. 

Quiero poner en mi vida y en cada acción: corazón, cabeza, quietud, reflexión. Pero sin darte cuenta, estás en lo mismo, una y otra vez. 

Mientras, busco frenar, pensar, decidir, no sacrificar la libertad. Cuidarme para no caer en la esclavitud del siglo XXI: ser preso de las apariencias y del vacío existencial

Llevo años buscando en la quietud la gran aliada vital que necesito. Decides, das pasos, te comprometes contigo mismo. Pero la corriente de ese río es imparable. 

Sin ser consciente, parece que todo es para ya, rápido, respiración agitada, tareas ingentes, problemas que te vienen de todos los lados. Los tiramos a un pozo y vamos sacándolos. Aspiramos a que un día todo se acabará y estaremos tranquilos. Pero es un pozo sin fondo, es una trampa de la que nunca aprendes. Frente a una energía finita y siempre en reserva

Miro a mi alrededor, y la imagen es muy similar: quien no llega a fin de mes, y lidia con problemas de todo tipo. El que no encuentra empleo. El que lo tiene y busca huir de su empresa lo antes posible. Directivos quemados. Empresarios que ven su negocio en la cuerda floja, tras haber aportado todo lo que tienen en él. Percibo mucha extenuación ante desafíos que son cada vez más complejos

La energía se nos va diluyendo. ¿Qué está pasando? La misma persona que se hace y publica esa foto desbordando felicidad, horas después está hundida en su casa llorando, vacía y comparándose con lo que le gustaría tener y no tiene, ser y no es, estar y no está. Todo, menos quietud.

Porque el miedo te atrapa: miedo a la ruina, miedo a no cumplir con el cliente, con tu jefe, con tu vecino, con tu familia, con tus amigos…, miedo a no poder pagar todas las facturas, a peder el empleo, a que tu corazón estalle de la ansiedad. Miedo a no saber qué pasará después, miedo a dejar cosas por hacer, miedo… el miedo es como como un gorila negro, que te acecha, que te hace moverte sin parar, en busca de algo. No sabes bien qué, pero algo.

Estamos sumidos en una especie de tiranía por la gestión del tiempo. Pero no lo acabamos de domar. Me gusta especialmente cómo lo explica Oliver Burkeman en Cuatro mil semanas:

«El antropólogo estadounidense Edward T. Hall señaló en una ocasión que, en el mundo moderno, el tiempo es como una cinta transportadora que no se detiene y que nos trae nuevas cosas que hacer en cuanto acabamos con las que tenemos entre manos. Ser “más productivos” no parece hacer más que acelerar el ritmo de la cinta, o que, en última instancia, se rompa: es habitual en estos tiempos encontrar a adultos, sobre todo jóvenes, víctimas de un agotamiento generalizado y agudo, caracterizado por la incapacidad de llevar a cabo las tareas cotidianas más simples».

Así me visualizo cuando estoy agotado. En una cinta transportadora que cada vez va más rápido. Tiramos a la cinta más y más cosas para llenar nuestro tiempo. En ese momento, el reto es quitar cosas de la cinta: pequeñas o grandes, relevantes o irrelevantes. Pero sin quietud ya no distingues una cosa de la otra. La cinta te domina a ti.

No sé si es el calor de julio, el año plagado de desafíos que consumieron mi energía, pero de repente, lo dejé todo para escribir alguna receta. Tengo citas y fichas de todos los libros que me dejan huella. Acudí al libro de Holiday y, tras pensarlo, buceé una vez más en la quietud como solución. Es el método más sofisticado que conozco, y al alcance de cualquiera. No requiere prescripción médica. Es barata. Pero supone un esfuerzo mental muy importante. 

Y por esa razón quiero compartir contigo los 5 rasgos que considero críticos para trabajar nuestra quietud, porque gracias a ella podemos cultivar lo que Marco Aurelio denominó «epítetos de la personalidad», entre los que estaban, según Holiday: «la rectitud, la modestia, la sencillez y la cooperación… y otros muchos como la honestidad, la paciencia, la consideración, la amabilidad, la valentía, la calma, la firmeza, la generosidad y la indulgencia»… todo ello se puede resumir en una única palabra, «la virtud». 

Nuestra perfección humana, nuestra calidad de vida, el sentido a lo que tenemos, hacemos y los desafíos a los que nos enfrentamos, depende, en gran medida, de nuestra capacidad de cultivar la quietud

Así que vamos con los 5 rasgos que considero críticos.

La quietud es sofisticada

Quietud no es sinónimo de dormido, apagado, desconectado y fuera de la realidad. La quietud es un grado de sofisticación que te lleva por el camino —que nunca se acaba– de la excelencia personal: mejorar tu capacidad para ver, analizar, procesar y actuar ante la realidad

La quietud es un proceso de aprendizaje continuo, plagado de matices, que requiere de un entrenamiento diario, horario, ahora, ¡desde ya!

Para Holiday esta sofisticación de la quietud la manifiesta a través de lo que él llama “enclave estratégico”, porque sólo con quietud puedes:

  • Pensar con claridad. 
  • Ver el tablero de ajedrez completo. 
  • Tomar decisiones difíciles. 
  • Controlar nuestras emociones. 
  • Identificar las metas apropiadas. 
  • Manejar situaciones bajo intensa presión. 
  • Mantener relaciones. 
  • Crear buenos hábitos. 
  • Ser productivos. 
  • Alcanzar la excelencia física.

La quietud es sofisticada porque requiere un estado de presencia real en el aquí y ahora. Estar despierto, saber qué te viene y por dónde te viene. Es sofisticada porque te ayuda a decidir, y usar el poderoso no. Te ayuda a construir tu brújula moral.

Y es sofisticada porque no es perfecta, es un entrenamiento que nunca se acaba, pero sólo con quietud: puedes pensar con claridad, analizar en profundidad, concentrarte en la solución, ejecutar con precisión.

Si no hay quietud hay ruido, hay complejidad, hay embrollo, se apodera de uno la sensación de no saber qué hacer, cuándo hacerlo, cómo, por dónde empezar, cuándo terminar… Sin quietud las circunstancias te dominan.

La quietud se cultiva en silencio

Estamos demasiado acostumbrados al ruido. Tengo amigos de la ciudad que tras dormir en mi casa se extrañan del silencio. Vivo en un entorno rural, alejado y con un par de vecinos a cientos de metros de distancia. El silencio me acompaña siempre que estoy en casa. Y, al igual que me satura el ruido de las grandes ciudades, a quien está adaptado a ellas el silencio le parece inquietante.

Pero, el propio Holiday, citando a Herman Melville, señala que «todas las cosas profundas y sus consiguientes emociones van precedidas y acompañadas por el silencio. […] El silencio es la sagrada consagración general del universo (…)

La mayoría de la gente es buena para dar bombo y vender cosas. Entonces, ¿qué es lo que resulta escaso y raro? El silencio. El silencio es el descanso de la gente que es fuerte y segura de sí misma»

Cuando estás en silencio logras pensar, conocerte. Ves las cosas que te afligen, lo que la mente de forma subconsciente hace por ti. 

Recuerdo una ocasión, lleno de ruido interior y de saturación de estrés, cuando un amigo psicólogo me hizo cerrar los ojos. Me explicó cómo respirar de forma consciente —atender a la respiración es todo un desafío— y fijarme en los pensamientos que me llegaban. Quería que los dejara pasar, que no me enredara con ellos, que pasasen y que volviese a la respiración.  

Ese día comprendí el significado real de ruido mental: miles de imágenes se procesaban en mi mente a cámara rápida. Aquellos pocos minutos se hicieron eternos. La mente funciona como una hormigonera que da vueltas y vueltas a miles de pensamientos que nos afligen, que nos preocupan y que tenemos que procesar, queramos o no, seamos o no conscientes de ello. 

Hace 10 años de esa experiencia, y desde entonces nadie me tiene que convencer que entrenar la mente es crítico para vivir de forma serena; para tomar decisiones inteligentes y cultivar esa guía estratégica moral y personal donde tú tomas las riendas. Pero eso no se puede lograr sin silencio. Buscar espacios de silencio es poderoso.

La quietud es productiva

Hace ya 7 años estuve enfermo, no podía trabajar más que una o dos horas, máximo. Y eso era un reto estratosférico cuando tienes una empresa —aquí no hay bajas cuando la empresa depende de que tú des pedal—. Empleados y muchos clientes demandan tu atención a todas horas. Pero viví una transformación poderosa. Me convertí en esencialista, como diría Greg  Mckeown: «sólo cuando te das permiso de dejar de hacerlo todo, de dejar de decirles que sí a todos, puedes hacer tu mayor contribución a las cosas que realmente importan». 

Mckeown nos propone una pregunta a la que me tuve que enfrentar con mucho coraje. ¿Si sólo pudieras hacer una cosa hoy —de trabajo—, qué harías? Si sólo tienes una hora de concentración máxima, ¿qué harías? Cuando te enfrentas a elegir, y buscas tu contribución extraordinaria en la escasez de una tarea, avanzas de forma extraordinaria. Obligarte a decidir es crítico para descartar lo que no tiene valor para ti.

Descubrí que con pocas horas, muy meditadas, concentrado y descartando todo aquello que consideraba no tenía el impacto mínimo, mi productividad personal no se resentía. ¿Cómo es posible que reduciendo tantas horas mi jornada sacaba trabajo de alto impacto? Porque tenía la necesidad, imperiosa, de eliminar todo lo que me podía consumir energía improductiva —notificaciones, llamadas, mails, reuniones, viajes sin cesar, comidas fuera de casa—. 

En esa situación extraordinaria comprendí lo poderoso que es saber qué hacer, y saber qué no hacer. En una situación de ruido, de estrés y del más lo quieres hacer todo. No hay tabla, lista de tareas, agenda ni herramienta que te ayude. 

Cuando no controlas la mente, la quietud, el silencio y la consciencia de lo que quieres hacer y cómo hacerlo, no hay concentración máxima. La quietud, en este sentido, es realmente productiva, porque te ayuda a descartar. 

Durante muchísimos años yo decidí quitarme WhatsApp, cuando veía que era el mecanismo para que, de lunes a domingo, 24 horas, cualquiera invadiera tu vida. Como no lo podía controlar, lo quité. Ahora vuelvo a pensar que me resta quietud y energía, porque estar accesible para todo el mundo en todo momento te impide estar concentrado y derrochas energías en algo de impacto.

La quietud se entrena

Holiday nos dice que no hay quietud si nos puede la envidia, los celos, los deseos nocivos. Si no somos capaces de controlar los impulsos por el más siempre estaremos en modo carencia. 

No hay quietud si gobierna el ego, la apariencia, la necesidad de compararnos constantemente con los demás. La imposibilidad de conocer qué tenemos, cuál es nuestro valor intrínseco, personal, único, diferencial y que no dependemos de los demás para que crezca ese valor. 

He comprendido que bajar en la corriente de la masa, vivir en la rapidez, en el pensamiento efímero, hacer siempre lo que te diga tu impulso, nos limita la libertad. Nos hace esclavos. El fast, lo rápido, lo indoloro, lo inmediato, el desconocer el rumbo de largo plazo, el verdadero propósito profundo de nuestros actos, nos entorpece para saborear nada, nos hace desdichados ante cualquier frustración.

En palabras de Holiday: «Una persona esclavizada por sus impulsos no es libre, sea un fontanero o un presidente».

Por eso la quietud se entrena. Para ello, no entres en competencias absurdas —en los equipos, con los amigos y mucho menos con terceros cuya vida no nos importa—. Algo que me preocupa es la eterna comparación en todo lo que hacemos: desde la foto, la ropa, el gesto, el lugar en el que estamos,… el ansia por ser el primero, nos está quemando. 

Quien vive pendiente de un like, un filtro, una apariencia, un reloj, una marca, estar en un lugar… no es libre.

Vivimos sumidos en la ansiedad fruto de nuestra inseguridad: porque nos juzgan y juzgamos, porque somos presos de quien nos usa sin descanso. Porque no queremos ser ‘diferentes’. Lo reaccionario es el pensamiento lento y reposado. 

Ir a contracorriente es confiar en uno mismo y no aceptar los cánones por los que nos obligamos a pasar. Aunque paguemos los precios del miedo; entre ellos, el rechazo.

Cuántas veces me sentí obligado a ir a sitios que no quería ir. Con personas con las que no quería estar. Mostrar una sonrisa cuando tus tripas te decían otra cosa. Compromisos, cumplidos, atender las necesidades de los demás, descuidando tus necesidades. Subirte a la bicicleta y a las urgencias de los demás, sin saber bien la dirección y en sentido de lo que haces. 

La quietud se entrena frenando en seco todo eso. Meditando qué quieres hacer, con quién quieres estar, cómo quieres usar tu tiempo, a qué destinas tu energía. Y eso no se puede lograr si no entrenas la quietud.

A la vez, es importante entrenar la quietud para vivir desde la sobriedad, sin que el dinero y las ‘medallas’ externas nos dominen. 

Entrenas la quietud cuando puedes disfrutar de una copa de vino (por placer) pero jamás de emborrachas (porque controlas lo que bebes). Ese control nos hace libres, nos aleja de las alimañas.

La apología de la sobriedad

Un día vemos un vídeo de un tipo como José Mújica, ex presidente de Uruguay, y nos suena trasgresor, revolucionario, sencillo pero poderoso. Te llega a lo más profundo cuando te recuerda que la gran mayoría de las cosas que compras y cómo usas tu dinero es, en realidad, a costa de tu libertad.

Mújica parece revolucionario porque por encima de todo ama la vida, lo sencillo, fue campesino, presidente y reconoce que acabará comido por gusanos. Vive de acuerdo a unos valores sólidos: solidaridad, trabajo, esfuerzo y autocontrol.  Como dice en este video:

«O logras ser feliz con poco, o no lograrás nada… no es una apología de la pobreza. Es una apología de la sobriedad… La vida no se puede comprar, es lo único que no se compra. La vida se gasta, y es miserable perderla por la libertad».

Me da igual su ideología. Lo que suena revolucionario es tratar de vivir en sobriedad, controlar tu ego, apoyar a tu comunidad. Ser auténtico. No caer en la esclavitud de la masa, del más, de la destrucción de nuestra mente, correr en la cinta de la apariencia, que no te lleva a ningún sitio.

Holiday lo explica así: «No es señal de alma saludable buscar belleza en cosas superficiales: la adulación de la multitud, los coches de lujo, las extensas fincas y los prestigiosos premios. Ni entristecerse por la fealdad del mundo: los críticos y profesionales del odio, el sufrimiento de los inocentes, las heridas, el dolor y la pérdida. Es mejor buscar belleza en todos los lugares y las cosas. Porque esta siempre nos rodea. Y nos nutriremos de ella si se lo permitimos».

Me despido con esta frase de este campesino sabio: «el infierno y el paraíso están aquí, sólo hay que saber elegir… ». No dejemos que elijan por nosotros. Trabajar la quietud puede ayudarnos a reconocer que es fácil caer en la esclavitud del siglo XXI, silenciosa, tecnológica, rápida y plagada de impulsos efímeros. 

Artículo escrito por Javier García

Editor de Sintetia

4 Comentarios

  1. Beatriz González

    Artículo formidable que invita a plantearnos nuestro día a día…aunque en la profundidad de nuestro Ser sabemos la verdad, nos vemos arrastrados por la corriente. Enhorabuena! Me ha encantado!

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    • Javier García

      Muchas gracias, Beatriz!

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  2. Jordi miramons

    El tarado que ha montado la guerra entiendo que es Biden no? A nadie más se le ocurriría agredir en la puerta de su casa a su enemigo. Por cierto gran crisis nos ha dejado en Europa: primero provocan la guerra, nos dejan sin energía, y ahora nos venden armas y energía carísimas que no necesitábamos antes de su injerencia. Bien por Eeuu, el gobierno más criminal de la historia (el único que ha tirado la bomba atómica y sobre civiles, y napalm sobre niños). Por lo demás el artículo bien Gracias. Pero infórmese antes de escribir sobre geopolítica, no caiga en retuitear lo q escucha de risto Mejide o las noticias de T5, seguro q usted es culto, cuestione más las cosas, o evite hablar de lo q no sabe. Gracias por su elogio a La Paz y la introspección sosegada

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  3. Olalla

    Quietud para afrontar la vida y tiempo como tesoro. ¡Qué razón llevas y cómo me identifico! Que las vacaciones traigan ese equilibrio a todos.

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