El yate de la vergüenza

16 julio 2022

Mi hermana y yo empezamos el día a las 4 de la madrugada, en Varanasi, principios de julio, en pleno monzón, con un calor sofocante y una lluvia intensa. Las calles estaban prácticamente vacías, las pocas personas que había, algunos vestidos con túnicas naranjas, se dirigían al mismo lugar que nosotros, al río Ganges. 

Era la hora del baño, de purificarse y de limpiar los pecados. Empiezan lavándose la cara, después la cabeza y acaban por sumergirse varias veces seguidas en el mismo agua donde a pocos metros aún humeaban los cadáveres incinerados el día anterior. Una sensación indescriptible para un español que no había salido mucho por el mundo. El contraste me invadía.

Despertamos a unos barqueros que dormían dentro de su bote. Les cubría una lona para protegerse de la lluvia. Queríamos recorrer el río y tener toda la perspectiva. No podía articular palabra. 

A la salida, hablamos con varias personas que estaban allí, con una amabilidad exquisita. Sus ojos despertaban bondad, tras la realidad de una pobreza extrema. Le hice foto a un líder asceta, que desapareció nada más que empezaron a llegar poco a poco turistas. 

Líder asceta

Una señora me contó que acababa de llegar, tras muchas horas de viaje, desde Nepal, para ir a la ceremonia de esta noche. Otros esperaban a que el tiempo pasara para poder venderles velas a los turistas y a los visitantes, hacerlas flotar en el río y pedir un deseo.

Tras esta forma de empezar el día nos pasamos el día callejeando por las calles de Varanasi. Rincones fuera del radar de los mapas turísticos. No teníamos un guía, sino un amigo indio que conocía cada centímetro de esas calles. Mientras caminas experimentas la pobreza en su máxima realidad, sin filtros. Percibes caras de resentimiento, horas muertas, sin saber bien qué te trae la marea de la vida. 

No era capaz de hablar, sólo podía observar cada detalle, registrar cada olor. Ser PAS te genera un problema de intensidad: sin buscarlo te mimetizas con el ambiente y sus personas, sientes que no hay nada más que lo que pasa en ese momento. 

Antes de partir hacia Bombay, para conocer el mayor vertedero del mundo y el proyecto de Sonrisas de Bombay, fuimos al ritual por el que esa señora de Nepal había viajado durante tantas horas. 

Se celebra en el Ganges, se llama la ceremonia del Aarti o Ganga Aarti. Se realiza en tres de las ciudades sagradas de India: Haridwar, Rishikesh y Varanasi. 

Es un ritual espiritual muy poderoso y espectacular, también se la conoce como la ceremonia del fuego. Personas de todos los rincones del país, ricos y pobres, se citan junto a las largas escaleras que llegan al río. Y allí estábamos, como indios, extraños, sin entender bien qué sentían y el porqué de la profundidad en su conexión con la ceremonia. Algunos estaban en una especie de meditación profunda. 

Se creó un momento único, espiritual —incluso para alguien como yo ajeno a la religión—, que me rompió una imagen: un yate de lujo acercándose a la orilla repleto de turistas que se hospedaban en uno de los hoteles más caros de la ciudad. 

La señora que venía desde Nepal a la ceremonia del fuego.

No era capaz de procesar lo que estaba pasando: hay quien aspira a vivir la vida como si fuera una serie de Netflix. Quien visita un país sin pisar el suelo, sin mezclarse con su gente, usa hoteles de lujo, come en McDonalds, cámara y ¡acción! Lo único importante: la foto. Compartir en Instagram y con los colegas nuestro viaje, con la mejor perspectiva. Lo de menos, comprender qué pasa allí, sumergirte en la experiencia.  

El contraste entre la pobreza y la riqueza, lo auténtico y lo superficial, la confusión entre medios y fines me estaba generando un cortocircuito mental. 

Llevaba demasiadas horas pisando las calles de Varanasi, parándome a hablar con comerciantes, monjes y incluso con un hombre mutilado que sólo vivía de la limosna. Estaba demasiado inmerso en una situación que me tenía atrapado en las entrañas. Ese yate de la vergüenza en el Ganges y esos flashes me azotaba en la cabeza como la marea contra las rocas. Me sentí como un animal en un zoo al que vienen a visitar unos extraños. 

Llegué a la habitación y no pude dormir, bajé al hall y escribí muchas hojas en mi libreta. Sin parar, casi sin sentido. Ahora las leo y me doy cuenta de que era una terapia para sacar todo aquello de mi cabeza. Sonaba mi lista de canciones de Bruce Springsteen, y ponía una y otra vez The Ghost of Tom Joad. 

Pero lo peor estaba por llegar, cuando pasamos horas por las barriadas de Bombay: niños descalzos que viven en vertederos; niños que ni siquiera tienen papeles, son invisibles. Familias enteras viviendo de la basura, en el mayor vertedero del mundo. Pero a escasos metros, la poderosa ciudad de Bombay, repleta de rascacielos y una nueva y poderosa clase financiera. Pero allí estaba, con la ONG española Sonrisas de Bombay que se dedican a introducir educación en esas barriadas. Tratan de que esos niños tengan papeles y no caigan en las redes de la mafia de la prostitución y el comercio de personas. 

Como me decía Jaume Sanllorente: «Muchos de los niños de la calle con los que trabajamos no recuerdan ni qué edad tienen ni dónde han nacido; no tienen ningún documento que lo acredite; y el reto es poder buscar sus orígenes (pueden ser procesos de hasta dos años) para poder disponer de la partida de nacimiento, que es lo que hará posible que luego puedan acceder a otros derechos (educación, salud, etc.)».

Una de las escuelas de Sonrisas de Bombay, en pleno gueto.

Y no podía parar de pensar en aquel yate de la vergüenza. ¿Sabrán esos del yate que esto existe? 

Me sentí estúpido, impotente, terriblemente afortunado de que la aleatoriedad de la vida me haya permitido nacer en una familia humilde en Asturias. Porque esa pobreza no era si quiera comparable a la que estaba viviendo, sintiendo, en medio de aquel barrizal, con toneladas de basura y casas hechas con restos

En ese preciso instante comprendí porqué tenemos que viajar, pisar, conocer, sumergirnos en otras realidades. Comprendí lo pequeños que somos, a la vez que frágiles e ignorantes de muchas realidades. Da igual que estudies en una buena universidad, hayas creado empresas y te creas el líder de un corral. En aquel vertedero experimenté más intensidad vital, más verdad, que nada de lo que había vivido hasta entonces. 

En momentos así comprendes la tiranía del mérito, como la denomina Michael Sandel

«en una sociedad desigual, quienes aterrizan en la cima quieren creer que su éxito tiene una justificación moral.

La soberbia meritocrática representa la petulante convicción de los de arriba de que se merecen el destino que les ha tocado en suerte y de que los de abajo se merecen también el suyo, y esta actitud es el complemento moral de la política tecnocrática (…)

(…) esto deja escaso margen a la solidaridad que puede surgir cuando reflexionamos sobre la naturaleza azarosa de nuestras aptitudes y fortunas. Eso es lo que hace que el mérito sea una especie de tiranía o de gobierno injusto».

A Michael Sandel se le olvidó decir que muchos de estos tiranos del mérito viajan en yate, en el yate de la vergüenza —en la afección de la RAE de pérdida de dignidad— y son incapaces de empatizar con lo diferente. Y es así cómo se cocina nuestro vacío existencial, donde lo único que importa es la imagen que transmitimos.

Artículo escrito por Javier García

Editor de Sintetia

2 Comentarios

  1. María Companys

    Estoy totalmente de acuerdo con tus comentarios.

    Estuve en la India hace cuarenta años y me produjo estos sentimientos que tan bien describes .Cuando regrese me dije que nunca mas me quejaría de mi vida pues la pobreza que yo conocía no tiene nada que ver con ser pobre en la India aparte de las castas que es otra barbaridad

    Yo también era joven sin preparación para soportar tanta miseria.

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  2. Katherin

    Por temas de negocios conocí muchos indios, pero lo que más resaltaba en ellos era su poca humildad, les gustaban los lujos y la buena vida. Cabe recalcar que eran muy pegados a su religión pero de solidarios nada y criaban a sus hijos de la misma forma.

    Así que, podríamos decir que muchos de ellos también navegan por yates de la vergüenza o mejor dicho cruceros porque son muy asiduos a ellos.

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