Norman Granz: el empresario que encumbró al jazz

4 enero 2022

Hace meses, empecé a pensar en esta nueva entrega para Sintetia mientras disfrutaba del décimo Día Internacional del Jazz. La celebración anual más grande del mundo sobre esta música. Se trata de un movimiento global, que celebran personas de todos los continentes, entre ellos quién les escribe.

Mi afición por el jazz viene de niño y la heredé de mi padre. Crecí rodeado de discos y de equipos de alta fidelidad. En ellos sonaban Duke Ellington, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Woody Herman, Stan Kenton, Count Basie o el Modern Jazz Quartet, pero también Sinatra, Ted Heath, Edmundo Ros, Xavier Cugat y Glenn Miller. Una querencia que todavía conservo y que comparto con otra de mis pasiones, la economía.

Desde sus ancestros africanos, la grandeza del jazz ha sido construida por el genio de sus compositores y sus intérpretes. Pocos géneros musicales como el jazz han hecho tanto para romper barreras y crear oportunidades para la comprensión mutua y la tolerancia, la innovación artística, la improvisación y la integración de músicas tradicionales en las formas musicales modernas. Y pocos géneros simbolizan tan bien como el jazz la libertad de expresión, de creación y pensamiento.

Pero hoy no voy a escribir sobre un músico, sino sobre un empresario, una figura legendaria sin cuyo nombre es imposible entender el jazz tal y como hoy lo conocemos.

El personaje que les presento fue un hombre blanco, de izquierdas, un defensor de los derechos civiles de los afroamericanos y un negociante de extraordinaria visión que no solo revolucionó esta música, sino que fue un pionero de la industria musical moderna.

Persiguiendo esa apasionante aventura, se hizo además multimillonario, pero a la vez contribuyó a que los músicos que le acompañaron se ganaran la vida dignamente, se hicieran famosos y fueran tratados como nunca se había tratado a un artista de jazz.

Señoras y señores, con ustedes, Norman Granz

Un camino insospechado

Granz era hijo de emigrantes judíos rusos llegados a los Ángeles cuando la Primera Guerra Mundial tocaba a su fin. Su padre se dedicaba al negocio textil, Norman compaginó sus estudios trabajando primero en unos grandes almacenes y más tarde como vendedor ambulante de ropa.

Durante esta época, sensibilizado por los conflictos raciales y la enorme desigualdad existente tras la Gran Depresión, frecuentó los ambientes políticos de izquierda cercanos al comunismo, ideología con la que simpatizó durante su vida adulta, en el convencimiento de que podía mejorar el mundo.

Al terminar el bachillerato, empezó a trabajar en la Bolsa de los Ángeles con el objetivo de entrar en la universidad (UCLA). Lo consiguió en 1936, aunque la abandonó sin terminar los estudios. En 1941 se enroló en las Fuerzas Aéreas, pero un año después también se salió al no superar las pruebas de vuelo.  Su camino vital iba a ser otro.

Granz había empezado a frecuentar los ambientes del jazz en esos años universitarios. Especialmente los clubes de Central Avenue de los Ángeles, el equivalente a la calle 52 de Nueva York. Los músicos afroamericanos tocaban por toda la ciudad, pero mayoritariamente para audiencias blancas. En muchos de estos locales, los afroamericanos tenían que sentarse (o bailar) por separado, o se les prohibía completamente la entrada, y eso era algo que Granz no soportaba y se resistía a aceptar.

Fueron años de intensa escucha e interacción con músicos residentes y visitantes, los grandes entre los grandes: Coleman Hawkins, Count Basie, Lester Young, Nat King Cole (del que fue amigo íntimo), Duke Ellington, Billie Holiday, Roy Eldridge (otro gran amigo), Johnny Hodges…

Una idea se iba conformando en la mente de Norman: ¿qué pasaría si la gente fuera a escuchar jazz en lugares que estuvieran a la altura de la calidad y trascendencia de esta música?

Además, en su empeño de luchar contra el racismo imperante, Granz empezó a organizar jam sessions (reuniones informales de músicos locales o itinerantes que se juntaban para improvisar) en el Club Trouville de la ciudad.

Su dueño, Billy Berg, aceptó las tres condiciones impuestas por nuestro protagonista:

  1. mezclar músicos y audiencias blancos y de color,
  2. llenar las zonas de baile con sillas y mesas,
  3. y pagar a cada músico un generoso tanto fijo por sesión.

Para ello tenía primero que vencer la pertinaz resistencia de los correspondientes sindicatos segregados de músicos. Pero si algo poseía Granz, además de conciencia social y gusto musical, era un tesón legendario, logrando un acuerdo inédito para aquellos tiempos.

Las sesiones fueron un éxito inmediato y arrollador. La actividad creció y se enriqueció con encuentros regulares y grabaciones hoy míticas, siendo objeto de una atención cada vez mayor de aficionados y managers.  

La visión y el negocio

Tras un paréntesis en el que Granz fue llamado a filas para contribuir al esfuerzo de la guerra, en 1944 puso en marcha el primer intento de materializar su visión. Organizó un evento de jazz en una pequeña sala de conciertos.

Era un formato totalmente innovador para el género, que repetiría a mucha mayor escala con un concierto memorable ante una audiencia integrada de 2000 espectadores en el Auditorio de la Orquesta Filarmónica de los Ángeles el 2 de julio de 1944. Presentado y registrado como «Jazz en la Filarmónica” (JATP) y que Granz organizó con dinero prestado, obteniendo una recaudación neta de 500 dólares dedicada íntegramente a fines benéficos.  Entre los músicos que tocaron ese día estaban Nat King Cole, Les Paul, Benny Carter, Teddy Wilson e Illinois Jacquet.

El formato y desarrollo de aquel concierto constituyeron la base para sucesivos eventos de JATP en Los Ángeles durante 1944 y 1945. Seguidos de extensas giras de conciertos producidos por Granz, desde finales de 1945 hasta 1957 en Estados Unidos y Canadá, y desde 1952 en Europa.

Además de mezclar músicos y audiencias en un formato racialmente integrado también aunó diferentes corrientes de jazz en sus dinámicas sesiones, fomentando la interacción y la innovación musical. Siempre a la vanguardia del activismo social, tuvo enfrentamientos con las autoridades locales y canceló reservas que exigían audiencias segregadas, asumiendo personalmente los costes. En ciudades como Kansas City y Charleston, los conciertos de JATP fueron literalmente los primeros donde se mezclaron artistas blancos, de color y sus espectadores.

Durante esos años, Granz produjo algunas de las primeras grabaciones de jam sessions destinadas a un público amplio. El primer volumen de su “Jazz at the Philarmonic” vendió la increíble cantidad de 150.000 copias.

De nuevo adelantado a su tiempo, reconoció el potencial de mercado que tenía la grabación de espectáculos de jazz en directo y promovió el registro de largas improvisaciones, frente a los tres minutos estándar en los discos de 78 evoluciones.  

En lugar de grabaciones de estudio, limpias y técnicamente perfectas, sus discos ofrecían actuaciones en directo, con presentaciones habladas, aplausos y gritos de los fans. En vez de interpretar arreglos planificados, sus artistas tenían libertad de desarrollo en cada tema.

Granz también produjo, poco después del primer concierto de JATP, uno de los mejores cortometrajes de la historia del jazz, “Jammin’ the Blues”, que llevó al género a los cines por la puerta grande, con magníficas críticas y una nominación para los Oscar. Varios historiadores musicales lo consideran, por su estructura y estética, uno de los precursores de los modernos videoclips.

Muchos de los nombres que han hecho historia en el jazz grabaron con las compañías discográficas creadas Granz: Clef en 1946, Norgran en 1953, ambas incorporadas finalmente a su legendario sello Verve Records, que lanzó en 1956 y que vendió finalmente en 1961 a MGM por 2,5 millones de dólares (equivalente a unos 25 millones en la actualidad). Con Verve, Granz llegó a producir más de 150 álbumes al año.

En 1973 creó un nuevo sello, Pablo Records (en honor de Pablo Picasso, su artista favorito). Con él produjo más de 350 álbumes y lo vendió en 1987. Se retiró del negocio discográfico siendo probablemente el empresario de jazz más exitoso de todos los tiempos. Pero, sobre todo, dejando un legado musical de incalculable valor. Verve alberga actualmente el mayor catálogo de música de jazz del mundo.

La música jazz, gracias a la visión de Granz, tanto en el aspecto social como empresarial, y a su incansable empeño, adquirió una dimensión y un respeto universales.

Instinto, ética e innovación

El éxito de Norman Granz no se debió solamente a la atracción que despertaron sus novedosas propuestas entre el público. Se sustentó en una sólida ética personal basada en sus convicciones sociales y en una férrea voluntad dispuesta a romper moldes musicales y de negocio.

Nos ofreció lecciones que siguen plenamente vigentes en la actualidad.

  • En primer lugar, fue un gran descubridor de talento, siempre incansable en la búsqueda de nuevos artistas y abierto a arriesgar su patrimonio con ellos.

Un ejemplo. En 1949 se dirigía en taxi al aeropuerto de Dorval en Montreal. All cuando escuchó tocar en directo a un jovencísimo pianista en la radio, un tal Oscar Peterson. Inmediatamente, pidió al taxista regresar a la ciudad, se plantó directamente en el local donde Peterson tocaba, y de la noche a la mañana se convirtió en su mánager. Le hizo debutar de tapadillo en Estados Unidos como artista sorpresa (no tenía visa para actuar) durante uno de sus conciertos Jazz at The Philarmonic el 18 de septiembre 1949.

El auditorio se vino abajo con el joven Peterson, que a partir de entonces se convirtió en uno de los músicos de referencia de Granz, su amigo personal y uno de los pianistas más grandes de la historia del jazz.  A Granz también se debe el relanzamiento de la carrera de Ella Fitzgerald. Así se escribe la historia musical.

  • Fue además un gran atractor y retenedor de aquel nuevo talento por la vía de respetar al máximo a sus artistas, sin distinción de raza ni condición social:

“Insistí que mis músicos fueran tratados con el mismo respeto que Leonard Bernstein o Jascha Heifetz. Porque eran igual de buenos, tanto como personas como músicos”. Era generoso con su dinero. Los viajes, los hoteles, los honorarios por actuación siempre fueron de primera clase. Y ese respeto era correspondido con entusiasmo, agradecimiento y fidelidad durante las actuaciones. Un círculo virtuoso imbatible.

  • Planeaba concienzudamente sus conciertos, empezando por un uso intensivo de la publicidad tanto en medios blancos como afroamericanos (los mismos anuncios, idéntico tamaño y relevancia). Organizaba hasta el último detalle de los eventos para que se respetaran sus condiciones. Incluía hasta una fijación de precios para las diferentes áreas y filas de asientos.

Controlaba el antes, el durante y el después. En forma de grabaciones y radiodifusión, que permitían la financiación de nuevos conciertos y producciones discográficas. Esa intensa promoción cruzada fue también una marca de la casa que se extendería a toda la industria musical.  

  • Era tan concienzudo como seco y testarudo: “si no consigues lo que tienes pensado, debes estar preparado para marcharte. Y no mirar atrás”.

En aquellos tiempos y con esas condiciones, no hubiera podido ser de otra manera. Su fuerte carácter le granjeó tantos admiradores como detractores. Entre ellos el FBI, siempre alerta por sus simpatías comunistas pese a su desempeño claramente capitalista.

  • Fue pionero de las ediciones musicales limitadas y numeradas. Dirigidas al público más entusiasta. Cuidadosamente presentadas y acompañadas de algún material exclusivo, como fotografías o reseñas, sentando un estándar ampliamente utilizado en la actualidad.

Granz falleció en Suiza en el año 2001 sin haber recibido grandes reconocimientos oficiales por su extraordinaria carrera. Posiblemente debido a su independencia, carácter indómito y activismo político. Pero Norman Granz, por sí solo, cambió el destino de todo un género musical y la forma de escuchar y promocionar la música, ya sea en concierto o en disco.

En estos tiempos en que tanto se denuesta el rol fundamental de la empresa en la sociedad y la labor emprendedora, se nos está olvidando que muchos grandes logros de la humanidad no son atribuibles solamente a investigadores, científicos, creadores o artistas, sino también a hombres de empresa.

Personas que, con su cuota de esfuerzo y genio creador, arriesgando su patrimonio y a menudo todo su futuro, supieron difundir, aplicar y hacernos llegar dichos logros, fuera cual fuera su naturaleza, incluyendo la artística. Bueno es recordarlo.

Feliz año, queridos lectores.

Artículo escrito por Sebastián Puig

Analista del Ministerio de Defensa

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