Desigualdad y capitalismo castizo: la historia de dos riquezas

7 septiembre 2015

Como muy bien recomendaba el Consejo Editorial de esta casa el pasado 1 de agosto, es necesario concedernos unos días al año para desconectar del mundanal ruido, viajar, leer, pensar o, simplemente, no hacer nada. Se trata de que cada uno resetee sus archivos corporales y mentales como mejor quiera, o pueda. En mi caso, he viajado, leído, pensado y holgazaneado en la justa medida, lo que me ha permitido recuperar fuerzas, refrescar ideas y curiosear en nuevas áreas de conocimiento.

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Una de las lecturas que ha suscitado mi interés ha sido un paper publicado en el Journal of Comparative Economics, sobre los efectos de la desigualdad de riqueza en el crecimiento, contemplados desde una novedosa perspectiva. Supongo que el excelente trabajo (versión de pago), titulado “Does wealth inequality matter for growth? The effect of billionaire wealth, income distribution, and poverty”, de Sutirtha Bagchi y Jan Svejnar, es una versión revisada del documento con el mismo título y autores disponible para su libre descarga en diversas ubicaciones. El artículo de hoy pretende comentar sus aspectos más destacables.

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Oh desigualdad, mi desigualdad… ¿Qué desigualdad?

No cabe duda que el tema de la desigualdad es uno de los más candentes, nombrados, discutidos, esgrimidos y manipulados de la actualidad, y con razón. El problema radica, como en tantas otras cuestiones, en la calidad del debate intelectual reciente, así como en la heterogeneidad, validez e interpretación de los datos derivados de los numerosos estudios disponibles. Los mismos autores del trabajo reconocen este hecho como determinante, incidiendo además en un matiz clave que muchos ciudadanos, no pocos periodistas y demasiados “expertos” económicos obvian por desconocimiento u omisión consciente: la diferencia entre desigualdad de ingresos (o de rentas) y desigualdad de riqueza.

Cuando hablamos de desigualdad de ingresos (“income inequality” en inglés), nos referimos a la diferencia de ingresos anuales entre sectores de la población, en un lugar y período temporal dado. Imaginemos dos ciudadanos del mismo país. El señor A y el señor B tienen unos ingresos anuales de 30.000 euros al año. Sin embargo, el patrimonio neto de A es de un millón de euros, mientras que el del señor B es cero. En este caso, no hay desigualdad alguna de ingresos pero sí de riqueza, por lo que hemos de ser rigurosos en nuestras apreciaciones. De hecho, la desigualdad de riqueza es una medida mucho más relevante a la hora de analizar efectos en el crecimiento y desarrollo de un país. Quizá a algunos lectores les haya sobrado el ejemplo, aunque visto lo visto un poco de sencilla didáctica nunca está de más.

La dificultad en este campo, como bien apuntan los autores, radica en que la enorme mayoría de estudios sobre desigualdad utilizan la distribución de ingresos frente a la de riqueza, por falta de series de datos lo suficientemente extensas y consistentes. Además, la literatura económica no explica adecuadamente las fuentes de desigualdad. Países con similares coeficientes de Gini (medida habitual de la desigualdad) como pueden ser Estados Unidos (40,8) y China (42,1), o como Reino Unido (36) e Indonesia (38,1) presentan diferencias muy sustanciales en sus estructuras socioeconómicas, fuentes de riqueza y su forma de obtenerla. Tan relevantes distinciones son ignoradas, utilizándose de forma general la desigualdad de ingresos como variable proxy de la desigualdad de riqueza, con todas las prevenciones intelectuales que ello obliga a adoptar. 

Desigualdad y crecimiento: cuestión de medidas.  

Conociendo ya las carencias empíricas de los estudios existentes sobre desigualdad, cabe resaltar que sus resultados distan, a su vez, de ser homogéneos y concluyentes. La relación causa y efecto entre desigualdad y crecimiento ha cambiado de dirección en las últimas décadas: de presentar el crecimiento como factor de desigualdad en las primeras etapas de desarrollo económico (reduciéndose conforme este avanza), se ha pasado a teorizar sobre que una gran desigualdad conduce a un menor crecimiento, sin llegar a consensos teóricos al respecto. Los autores son conscientes de dichas debilidades y proponen una original aproximación para medir la desigualdad de riqueza, partiendo de las aportaciones de William Easterly (economista cuya lectura recomiendo) y Morck, Stangeland y Yeung, entre otras.

Easterly introduce el concepto diferenciador entre desigualdad estructural y desigualdad de mercado. La desigualdad estructural refleja la creación de élites a través de eventos históricos tales como conquista, colonización, esclavitud y distribución de tierras por el estado o un poder colonial. Por su parte, los mecanismos de éxito que se dan en el libre mercado se reparten de forma dispar entre individuos, ciudades, regiones, empresas e industrias, generando desigualdad. Sólo la desigualdad estructural, argumenta el autor, tiene efectos inequívocamente negativos en el desarrollo, mientras que las consecuencias de la desigualdad de mercado son bastante más ambiguas y contrapuestas. Morck, Stangeland y Yeung establecen a su vez una división de los multimillonarios según el origen de su riqueza, distinguiendo aquellos herederos de una o varias generaciones de los ricos hechos a sí mismos.

Tales consideraciones son utilizadas por los autores del trabajo en la construcción de su modelo, para el que han utilizado supuestos conservadores y al que han sometido a convincentes pruebas de consistencia estadística y robustez conceptual. Partiendo de la lista anual Forbes de multimillonarios, generan tres medidas de desigualdad de riqueza definida, para cada año, por la suma de la riqueza de los multimillonarios de un determinado país, dividida por su PIB, su stock de capital físico o su población.

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A continuación, utilizando un criterio subjetivo pero sólido y coherente, distinguen entre aquellos multimillonarios que deben su fortuna a las conexiones políticas (favoritismo o apoyo gubernamental explícito sin los cuales esa fortuna NO hubiera sido posible) y los que no se han beneficiado de ellas.  Esto es, se separa a los integrantes del llamado crony capitalism (nuestro capitalismo castizo), de aquellos individuos que han alcanzado su riqueza por propios méritos, capacidad y esfuerzo.  Ejemplos del primer grupo de magnates, citados por los autores y que podemos encontrar en la actual lista de Forbes, son Kumar Birla (India) y Mikhail Fridman (Rusia), si bien el caso más paradigmático es el del segundo hombre más rico del planeta, Carlos Slim (México).

El resumen estadístico resultante se muestra en el siguiente cuadro. Los autores ponen los datos y sus modelos a disposición de aquellos investigadores que los requieran:

Resumen Estadistico

El Washington Post, a su vez, publicó una reveladora infografía, derivada del estudio, en la que se muestra el porcentaje de riqueza procedente de conexiones políticas, por países, donde España ocupa un lugar no demasiado edificante. En este punto cabe recordar, por su estrecha relación con el tema que nos ocupa, nuestras reflexiones acerca del lobbysmo castizo patrio, así como los excelentes “diálogos” que Lilian Fernández y Simón González de la Riva mantuvieron en este espacio, sobre incentivos, competencia y función pública (parte 1, parte 2, parte 3). Más oportunos, imposible.

Politically connected Wealth

 

Unas jugosas conclusiones iniciales

Las conclusiones del paper que hoy analizamos resultan interesantes y coherentes con la realidad observada, a falta de profundizar en los datos y a la espera de futuras investigaciones, que tal vez propicien artículos posteriores en Sintetia (eso esperamos).

El primer hallazgo del estudio sugiere que la desigualdad de riqueza tiende a presentar un efecto negativo en el crecimiento económico de un país, mientras que la desigualdad de ingresos no tiene efectos negativos en dicho crecimiento o, como mucho, implica un leve efecto positivo.  Asimismo, el efecto de la pobreza en el crecimiento de un país es estadísticamente insignificante.

La segunda conclusión importante a la que llegan los autores es que al distinguir entre riqueza derivada de conexiones políticas y riqueza independiente de estas, los resultados son claros: la desigualdad de la “riqueza políticamente conectada” tiene un efecto negativo en el crecimiento de un país, mientras que los efectos de la desigualdad derivada de la “riqueza políticamente independiente”, de la desigualdad de ingresos y de la pobreza resultan despreciables para dicho crecimiento. Una conclusión con implicaciones evidentes en cuestiones tales como libertad económica, dimensión y articulación institucional del estado, políticas económicas, etc. Bagchi y Svejnar ofrecen dos ejemplos de este fenómeno: México y su industria de telecomunicaciones, e Indonesia y su industria tabaquera. Les animo a profundizar en ambos.

En cualquier caso, insisto en destacar el hecho de que los resultados expresados son plenamente coherentes con un análisis concienzudo de la realidad. Cuando el poder económico y político se concentra, entrelaza y crece en manos de unos pocos, esas élites acaban influenciando o controlando las políticas gubernamentales en su favor. Ello se traduce, por ejemplo, en mayores precios por bienes y servicios al consumidor, control de los canales de financiación a particulares y empresas, barreras de entrada a la competencia y restricción de las oportunidades de inversión. No olvidemos tampoco que cuanto mayor sea este entramado de conexiones público-político-económicas, mayor será la posibilidad de existencia de corrupción. Una corrupción que acabará siendo sistémica si consigue crear una masa crítica de beneficiarios (mediadores, comisionistas, empresas y ciudadanos receptores de ayudas o subvenciones, por ejemplo) de los que cabe esperar tanto fidelidad electoral como cierto grado de justificación moral. Todo ello, por supuesto, tiene un impacto cierto en el desarrollo de un país. ¿Les suena de algo?

Queda, no obstante, un mundo de estudio por delante. En palabras de los propios autores:

“Nuestros resultados sugieren que el debate político sobre las fuentes del crecimiento económico debería enfocarse en la distribución de riqueza en lugar de la distribución de rentas. A mayor abundamiento, habría que prestar una atención especial a la concentración de la riqueza políticamente conectada como posible causa de un crecimiento más lento. Obviamente, se requiere más investigación en esta área, especialmente con respecto a los efectos de la desigualdad en las diferentes partes de la distribución de riqueza, el efecto cada vez menos relevante de una distribución desigual de ingresos en el crecimiento, y el rol de la pobreza”.

Nada más y nada menos. Solo me queda decir: ánimo con ello.

Ah, and Never Surrender.

 

Artículo escrito por Sebastián Puig

Analista del Ministerio de Defensa
Sebastián Puig