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¿Cuántas almas tienen los mercados?


Juan Sobejano
¿Cuántas almas tienen los mercados?
En Innodriven solemos hacer cada cierto tiempo una especie de reuniones estratégicas donde analizamos dónde estamos, lo que hemos hecho y hacia dónde tenemos que caminar. En esta última nos hemos dado cuenta de que tenemos, por decirlo de algún modo, dos almas, una más social y otra más empresarial. Posiblemente esta doble alma sea el resultado de nuestra doble sede: España y Uruguay, ya que hemos observado cómo los proyectos de innovación social son mejor acogidos en Sudamérica, mientras que los más enfocados a la empresa y el mercado puro se aceptan mejor en España. Sin embargo creo (creemos) que es necesario desarrollar un modelo mixto en el que se potencie no sólo una empresa más social y unas organizaciones sociales más enfocadas a resultados, sino que la propia consultoría ha de cubrir ese doble enfoque. Ya hablé hace unos meses de un modelo de consultoría más humanista, más centrada en la persona que en el mercado o la empresa.

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Mi pregunta ahora, a raíz de estas reflexiones, es, ¿están los mercados dominados por una de estas almas que he mencionado? Es más, ¿hay mercados dominados por una de esas almas y mercados dominados por la otra? ¿Tienen los mercados esa doble alma? No voy aquí a hacer un análisis del concepto de “mercado”, que sería demasiado prolijo y alargaría excesivamente el artículo, sino que lo voy a definir como “red de relaciones que favorece el intercambio de valor entre sus nodos”. Como se ve es una definición muy abierta, y por eso mismo más adaptable, funcional y gestionable. En base a esto ¿se crean redes de distinta naturaleza en Sudamérica que en Europa o USA? Como siempre pasa en estos casos no hay una respuesta simple, sino que es más realista hablar de redes paralelas e interconectadas, posiblemente dominadas por un alma, pero influidas mutuamente. Los mercados como creación humana Para seguir con la reflexión es interesante centrarse en la dimensión humana de los mercados y las redes que lo conforman. Dice Claude Lévi-Strauss en su clásico Tristes Trópicos, “Las grandes manifestaciones de la vida social tienen en común con las obras de arte el hecho de nacer al nivel de la vida inconsciente; porque si bien en el primer caso son colectivas y en el segundo individuales, la diferencia es secundaria, y hasta aparente, pues las unas son producidas por el público y las otras para el público, y ese público proporciona a ambas su común denominador y determina las condiciones de su creación.” Lévi-Strauss pone el foco en lo verdaderamente importante: la naturaleza humana de las manifestaciones sociales, entre ellos los mercados. Esta “humanidad” de los mercados hace que necesariamente tengan un componente ético muy marcado. La ética, como una de las manifestaciones de la filosofía práctica, no puede ser ajena al entorno económico, ni por supuesto éste puede obviar a aquella. Ahora bien, y me van a permitir que me autocite en un artículo que escribí aquí hace tiempo, la autodefinición de grupos de influencia en las sociedades crea cotos que interpretación subjetiva de la ética a las necesidades de ese grupo, justificando acciones que para otros serían absolutamente punibles. La creación de estos grupos de influencia, sobre todo desde la perspectiva de su motivación y capacidad real de influencia, es muy variada, y por lo general está muy determinada por el entorno, por las necesidades detectadas y las posibilidades de influir en él de una manera u otra. Voy a dejar de lado los mercados especulativos, que creo que tienen hoy algunas reglas propias, y me centraré en los mercados productivos, ya sean sociales o empresariales (aclarando que no son excluyentes, pero para facilitar el análisis). Desde esta perspectiva da la sensación de que entornos más estructurados, con reglas sociales claras y respuestas sociales articuladas a necesidades de grupos más débiles tienden a potenciar el alma empresarial de sus redes/mercado, mientras que los entornos sin esas respuesta y más desestructurados socialmente tienden a potenciar una respuesta más social, aunque con una élite extractiva (siguiendo el discurso de Acemoglu y Robinson) entregada al modelo empresarial más puro. Fallas y muros Tras la crisis económica mundial se observa una merma de derechos y eficacia en la respuesta de los estados y las sociedades occidentales a los problemas de los grupos más desfavorecidos. Se suponía que aparentemente el alma social iba a tener un mayor protagonismo. Sin embargo estamos viendo cómo hay una tensión entre las necesidades y el funcionamiento de estas sociedades: los que controlan los hilos de la gestión y desarrollo de iniciativas más sociales siguen siendo los mismos que los que controlaban el modelo más empresarial, por lo que siguen con sus modos y vicios de antes sin ser capaces de dar respuesta a ese cambio de modelo, lo que permite la aparición de outsiders como Podemos, que se apropian de un discurso demagógico pero muy eficaz. No hay un trasvase en estas sociedades más estructuradas, como las europeas, de los centros de poder, a no ser que se produzcan rupturas más o menos traumáticas. Da la sensación como que estas sociedades dominadas por su alma empresarial no dejan hueco para un modelo más, por así decirlo, artesano. Richard Sennett, en su libro La Cultura del Nuevo Capitalismo, dice: “la artesanía no encaja fácilmente en las instituciones del capital flexibleen las instituciones basadas en las transacciones a corto plazo y las tareas en constante cambio no hay lugar para esa profundidad”. Lo interesante de las palabras de Sennett está en la brecha que se crea entre un modelo de mercado más humano y otro más mecánico. Es obvio que los mercados son creación humana y que como tales se han de entender, pero en un entorno con alma social se trabaja la especificidad, la diferencia entre grupos, mientras que en un entorno más empresarial se trabaja la homogeneidad y uniformidad de las poblaciones, buscando la eficiencia económica. Vuelvo a decir que estoy simplificando mucho llegando casi a la caricatura, pero es una acción consciente buscando la mejora de la comprensión, y sobre todo la comunicación, del modelo. Por tanto, notamos que hay esa doble visión del mercado, ese doble enfoque que nos lleva a gestionarlo de manera distinta. Estamos viendo cómo por ejemplo un modelo como el de las Empresas B, de las que ya hablé aquí, tiene una mayor aceptación en Hispanoamérica que en España, donde cuesta introducir un modelo con un marcado componente social. No podemos, sin embargo, obviar la naturaleza social de las empresas, su marcado carácter aglutinador de voluntades a favor de un cambio positivo del entorno. Cuando prostituimos ese objetivo nos centramos en un modelo de economía especulativa que pierde gran parte de su razón
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