Cuidado, ¡los robots nos harán más pobres y nos quitarán el empleo! ¿O no?

y 29 Septiembre 2014 6

La revolución tecnológica está acelerando el ritmo al que se automatizan procesos antes realizados por humanos. Y la mecanización ha vuelto a poner en relieve un miedo que hasta ahora se había mostrado infundado: ¿harán las máquinas desaparecer la mayoría del trabajo humano? ¿Reemplazarán los robots a los humanos en la mayoría de los puestos de trabajo? La respuesta clásica a este tipo de preguntas ha sido siempre bastante optimista: la mecanización lleva ya dos siglos sustituido trabajo humano por máquinas, pero este proceso no ha tenido como consecuencia un mayor nivel de desempleo, sino todo lo contrario: una mayor ocupación junto con un crecimiento generalizado del bienestar. Pero algunos autores de relieve, como los profesores del MIT Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, han comenzado a argumentar que estas dinámicas podrían estar cambiando, y que la aceleración de la innovación puede llevar consigo una destrucción permanente de empleo. ¿Es fundado dicho miedo? ¿Podría ser esta vez diferente?

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Uno de los primeros movimientos organizados contra la mecanización, y sin duda el más relevante, fue el movimiento ludita surgido en Inglaterra a principios del S. XIX y formado por obreros de la industria que veían cómo sus trabajos pasaban a ser realizados por máquinas. Aunque los luditas luchaban por su propio empleo, sus quejas calaron en una sociedad poco acostumbrada a que la innovación destruyese puestos de trabajo. Por el contrario, y aunque el miedo y el recelo a la mecanización nunca ha abandonado al ser humano, los dos siguientes siglos trajeron un escenario muy distinto al temido por los obreros de la industrialización: la mecanización fue sustituyendo las tareas más repetitivas y penosas, liberando esfuerzos que pasaban a aplicarse a nuevas tareas con un mayor componente de abstracción y creatividad. Las nuevas máquinas resultaron ser complementarias del esfuerzo humano -ya que eran humanos quienes concebían, diseñaban, fabricaban, operaban y reparaban dichas máquinas-, y los salarios de los trabajadores aumentaron sostenidamente por primera vez en la historia. A pesar de la oposición de los luditas, la mecanización impulsada por la innovación había conseguido sacar a la mayor parte de la población de su perenne situación de subsistencia.

La liberación del trabajo humano trajo consigo el nacimiento y crecimiento de incontables industrias antes inviables, como la educación y sanidad universales o la industria del entretenimiento. Además, la mecanización tuvo como consecuencia la revolución sociológica más importante del S.XX: la liberación de la mujer y su incorporación al mercado laboral. A principios del siglo pasado, las labores del hogar requerían el trabajo completo de una persona de la familia. Como la mayoría de los empleos tradicionales necesitaban un alto componente de fuerza física, lo habitual en la mayoría de sociedades era que el hombre trabajase fuera de casa y la mujer atendiese las incontables necesidades familiares. Pero a mediados del siglo comienzan a nacer una serie de avances que reducen considerablemente el tiempo necesario para atender un hogar: agua corriente, nuevos productos químicos para la limpieza, lavadoras, aspiradoras, pañales desechables, leches de fórmula para lactantes, neveras y un largo etcétera hacen posible cubrir las necesidades domésticas con una fracción del tiempo anterior. Según la perspectiva ludita, el resultado de estas innovaciones habría sido un paradójico desastre, ya que la función de la mujer se tornaría innecesaria.

Pero el resultado fue el opuesto: gran parte de las mujeres, liberadas de la dureza de las tareas clásicas del hogar –piense en el esfuerzo necesario para caminar hasta el río para lavar la ropa de la familia a mano, pañales incluidos, atendiendo simultáneamente a varios hijos sin carritos para bebés-, comenzaron a incorporarse a un mercado de trabajo antes casi exclusivo de hombres. Es más, los nuevos empleos creados requerían cada vez menos fuerza física y más capacidad intelectual, lo cual equiparaba por fin en oportunidades a hombres y mujeres. A finales del S.XX, la brecha de ocupación y salarial se había reducido enormemente en numerosos sectores, y la mujer había comenzado a ocupar puestos de trabajo en empleos antes considerados puramente masculinos -como por ejemplo el ejército o los cuerpos de bomberos-. Las lavadoras “expulsaron” a muchas mujeres de su anterior ocupación… hacia trabajos de más calidad que permitieron su independencia.

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¿Cómo han sido capaces las economías de crear tantos puestos de trabajo a la medida que otros se mecanizan? La clave se encuentra en que las necesidades humanas han demostrado ser hasta ahora infinitas. Una vez saciadas las necesidades más básicas, las personas pasan a demandar dos tipos de nuevos bienes o servicios: por un lado, mejoras de bienes o servicios existentes, que a menudo se traducen en ganancias de tiempo libre; por otro, nuevos servicios que antes ni siquiera existían. Si bien podríamos llegar a pensar que las ideas para nuevos servicios pueden llegar a ralentizarse o desaparecer, la demanda de tiempo libre permanecerá inalterada: los humanos siempre tendrán una escasez de tiempo, y cualquier innovación, servicio o máquina que les haga ahorrar unos minutos al día encontrará su demanda.

Históricamente, las personas desplazadas por las máquinas lograron encontrar ocupación en dichas nuevas industrias. Este cambio no ha sido a menudo estrictamente personal, sino generacional: al destruirse una ocupación concreta -como, por ejemplo, gran parte de la minería en España-, los trabajadores del sector suelen recibir ayudas o incluso ser prejubilados mientras se ponen los medios para que la generación que los sucede pueda encontrar ocupación en otros sectores.

¿Puede ser esta vez diferente?

¿Pueden dejar de funcionar estas dinámicas de reciclaje de los trabajadores que han funcionado históricamente? ¿Por qué podría ser diferente en esta ocasión? Brynjolfsson y McAfee argumentan que hasta ahora solo hemos vivido las primeras fases del crecimiento de la tecnología, pero que la aceleración de la misma excederá nuestra capacidad de adaptación y puede crear bolsas de paro masivo en numerosos estratos sociales. Para explicar este fenómeno, recurren a la expresión “segunda mitad del tablero de ajedrez”, de Raymond Kurzweil, basada en la famosa parábola de los granos de trigo y el tablero de ajedrez.

En dicha parábola, el inventor del ajedrez pide como recomensa a su entusiasmado rey que éste deposite un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda y que vaya doblando sucesivamente dicha cantidad hasta alcanzar la última. El inventor jugaba así con la conocida trampa del crecimiento exponencial, ante el cual la intuición humana falla estrepitosamente. Kurzweil se refería a en su expresión “segunda mitad del tablero de ajedrez” a aquel punto en el que el crecimiento de una magnitud es tal que su impacto en cada paso desborda cualquier capacidad de previsión. Brynjolfsson y McAfee se basan en dicha metáfora y en la Ley de Moore -por la cual la potencia de computación se dobla cada dos años- para argumentar que la humanidad ha podido hasta ahora adaptarse con facilidad al cambio tecnológico ya que este se encontraba todavía en “la primera mitad del tablero de ajedrez”.

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Pero, tras varias décadas de crecimiento de la potencia de computación, las máquinas están empezando a realizar tareas antes posibles solo para el ser humano, como reconocer personas concretas en imágenes, conducir un coche, ganar un concurso de preguntas y respuestas -el programa de IBM Watson venció en el popular programa Jeopardy- o aprender a clasificar galaxias. Si el ritmo de crecimiento exponencial se mantiene, dentro de unas pocas décadas las máquinas podrían estar realizando la práctica totalidad de las tareas que actualmente desempeñan los humanos. ¿Podremos adaptarnos de nuevo esta vez o fracasaremos como sociedad ante este reto?

La respuesta más plausible es que el impacto del crecimiento tecnológico será muy desigual, ya que afectará en gran medida a los trabajadores poco cualificados, que deberán competir con las máquinas en cada vez más actividades, mientras que las ocupaciones con alto componente de creatividad y programación podrán reorientar sus carreras con mayor facilidad. Si el impacto fuese tan fuerte como Brynjolfsson y McAfee argumentan, el problema en el medio y largo plazo sería eminentemente político. ¿Cómo dar cobertura social a las grandes bolsas de nuevos desempleados con nulas perspectivas laborales? Aunque las ganancias globales de la robotización a buen seguro excederán las pérdidas de algunos colectivos, ¿cómo asegurar que los damnificados serán compensados adecuadamente? Las nuevas tecnologías pueden hacer desaparecer en cuestión de unos pocos años ciertas actividades -fotografía no digital, agencias de viajes, brokers de bolsa, etc-, mientras antes este proceso llevaba habitualmente décadas. En defintiva, la tecnología acorta de forma intensa los ciclos de vida de un producto o servicio.

Repartiendo el bienestar

Pero las predicciones de los autores más catastrofistas se enfrentan a un problema conceptual: si el ritmo de crecimiento de la tecnología permanece realmente constante -es decir, si la productividad sigue creciendo a un ritmo exponencial- todas estas preocupaciones serían infundadas por la explosión de riqueza que el mundo viviría. Imagine como ejercicio mental un punto de la historia en el que se crea un robot de forma homínida con productividad laboral idéntica a la de un ser humano y viable para ser utilizado como un trabajador –lo cual equivaldría a decir que el coste anual de emplear a dicho robot habría de ser similar al coste salarial anual de emplear a un trabajador humano-. Pues bien, incluso en el supuesto de que los costes de fabricación del robot permaneciesen constantes -cuando sabemos que dichos costes tienden a caer-, su productividad continuaría duplicándose cada dos años. Pasados diez años, cada robot produciría lo equivalente a 32 humanos, y cuarenta años después… ¡el equivalente a 1.048.576 trabajadores! Pues bien, si el Estado conserva para entonces una cierta capacidad impositiva, podría garantizar mediante la compra de robots un nivel de vida hoy inimaginable para la mayoría de la población: mientras un robot realizaría la producción equivalente a un millón de humanos, su coste de adquisición rondaría solo la productividad media anual de un trabajador. En términos actuales, un robot costaría unos 50.000 euros, pero entre 20 robots conseguirían producir todo el PIB que hoy se genera en España. Además, dichos robots podrían a su vez producir otros robots, dando lugar a un PIB difícil de estimar.

Todos estos escenarios parecen hoy más cercanos a la ciencia ficción y son seguramente utópicos, ya que quizás la velocidad de computación no se duplique indefinidamente. Pero merece la pena recordar que las teorías más alarmistas se basan precisamente en una prolongación indefinida de las tendencias tecnológicas actuales, y que esas tendencias tendrían a su vez unos efectos beneficiosos de proporciones incalculables.

En última instancia, conviene tener presente que la solución a dichos problemas, tanto en el corto como en el largo plazo, será siempre política: si el nuevo progreso traerá una destrucción de empleo más intensa de la habitual, nuestras sociedades habrán de aceptar y paliar dichas consecuencias negativas para que la legitimidad del sistema no se vea socavada. Las visiones catastrofistas necesitarían, para hacerse realidad, un sistema político inexistente o completamente capturado por los intereses particulares. Y quizás la situación española pueda no invitar al optimismo respecto a esto último, pero conviene recordar que la España atraviesa una situación excepcional que no tiene reflejo en el resto de democracias avanzadas. Si el sector público persiste al menos en su forma actual, las increíbles ganancias productividad podrían ser aprovechadas por la población en su totalidad.

Nota: artículo previamente publicado en la Revista Tiempo

6 comentarios

  • Juan  

    Gracias por la observacion. El futuro entonces no es muy diferente al modelo que algunos sostienen. Mas crecimiento para todos que sin robots, pero tambien mas desigualdad que sin robots. El fabricante de los robots se lleva la tajada mas grande del pastel.

    Me pregunto si la desigualdad se puede incrementar indefinidamente en terminos sociales. Y si da lo mismo que la desigualdad sea por diferente cualificacion o por acumulacion de capital.

    El futuro es muy interesante.

  • Carlos  

    Los antiguos griegos también discutían si el avance de la tecnología de las maquinas terminaría quitando el trabajo a los esclavos y lo que podría suponer.

  • Alfredo  

    El enfoque de la incorporación de la mujer al mercado laboral gracias a la industrialización y el fin de la brecha salarial y de oportunidades respecto a los hombres es un error tremendo generado por la falta de conocimiento de los problemas de género.

    Es una cuestión de utilización del espacio, siendo las encargadas del espacio privado: el hogar; mientras, los hombres se han dedicado al espacio público. El deporte, la ciencia, el arte, la política, la religión… en cualquier ámbito la mujer ha estado y está discriminada.

    A la mujer se le han dado las tareas que, de acuerdo a los hombres, le correspondían: los cuidados, ya sean del hogar o de personas dependientes. En definitiva, las mujeres siempre han trabajado, aunque no se les haya querido remunerar por su labor.

    Cuando afirman que la introducción de máquinas permitió prescindir de la fuerza física y que muchas mujeres se incorporaran al mercado laboral… creo que con haberles pagado un salario por su labor en el hogar habría bastado para equipararlas con el resto de trabajadoras.

  • Eguzki  

    Antes la automatizacion era mecanica y los trabajadores encontraron un nicho de trabajo en las labores mas intelectuales mientras que ahora se estan automatizando esas labores y esos sectores de servicios. De la agricultura se paso a la industria y de esta a servicios. Cuando se automatizen los servicios no hay otro lugar al que desplazar a los trabajadores, es el fin del sistema de empleo, empleador y consumidor. Por eso estan crecienco alternativas como la renta basica, para evitar la catastrofe. Y estas alternativas iran en aumento, cuando un poder aumenta la resistencia aumenta al mismo grado.

    El autor confunde necesidades con deseos, estos deseos infinitos no son demanda de la poblacion, vienen de la manipulacion del marketing para mantener la economia flotante.

  • Laura Lozada  

    Definitivamente las tecnologías cada día impactan directamente en el trabajo; tal como lo plantea el artículo el impacto positivo se observa cuando el recurso tecnológico realiza las actividades de mayor esfuerzo físico o mental y negativo en la sustitución de fuerza de trabajo para realizar un oficio o trabajo. Lo que si es seguro es que a futuro la tcnología y la robotización impactarán en casi todas las actividades laborales y quizás no se tiene un mapa claro de nuevas profesiones y ocupaciones serán necesarias a futuro.

  • JHC  

    Si solo trabajan las máquinas y de eso se derivara un paro masivo de los humanos, estos no tendrìan ingresos y sin ingresos no podremos comprar los productos producidos por las máquinas y sin la necesidad de producir estos productos no serán necesarias las mismas.
    Necesariamente habrá un nuevo equilibrio, que no podemos imaginar, en el que los humanos tengan ingresos, porque de otro modo no existirán las máquinas.
    Imagino que ese equilibrio estará constituidos con la aparición de nuevas ocupaciones que no podrán ser realizadas por las máquinas con más efectividad que por los humanos.

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