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¿Se mantiene España gracias al 32% de su población?


Simón González de la Riva
¿Se mantiene España gracias al 32% de su...
Quien_Soporta_España_Sintetia Cada vez que aparece una nueva entrega de la Encuesta de Población Activa, el activo tuitero Absolutexe traslada los datos oficiales en un gráfico. Aunque la metodología que sigue, o su interpretación puedan ser discutibles, tengo claro que la coletilla “cómo el 31,28% de la población mantiene un país” no deja indiferente a nadie. ¿Realmente menos de un tercio de la población mantiene al país entero? ¿Acaso no trabaja nadie más? Sin ánimo de generar más polémica, quiero aportar aquí algunas ideas y reflexiones que puedan aportar al debate, siempre bienvenido, sobre el modelo de economía y sociedad que tenemos y queremos.   Aclaración 1: Valor y valoración no son sinónimos perfectos. Solemos utilizar ambas palabras como sinónimos, pero no lo son. Partamos de que algo tiene el valor que alguien deposite en ello, concretado en el precio que paga por obtenerlo. Si bien ya sabemos que no es nada sencillo saber qué es exactamente ese algo por el que está pagando. Sabemos también que no es nada fácil conocer, incluso si supiéramos qué adquiere exactamente, cuánto está pagando alguien por ello. El valor, por tanto, sólo se revela (aunque con dificultades) cuando se produce una transacción. En ese entorno de enorme incertidumbre sobre nuestro objeto de estudio, aún hemos de introducir una prevención más. Valoración no es un sinónimo perfecto de valor. Valoración es la aproximación al valor que hace un tercero sin que haya transferencia. Sin que haya una operación ni se desvele un precio. O incluso mucho antes de que haya llegado el momento de que esa operación siquiera pueda realizarse. Quienes realizan valoraciones pueden basarse en el coste de las partes de la cosa, en operaciones similares, en escenarios futuros con la probabilidad de que se den, etc. Pero son valoraciones, no el valor. Algunos de esos métodos de valoración son peores y otros mejores. Partamos de que son los compradores con sus valoraciones subjetivas quienes determinan el precio, y por tanto el valor. La persona que se intenta aproximar a dicha valoración futura por quien adquirirá la cosa (forward-looking) utilizará un método mucho más robusto. Quien intente aproximarse desde el precio (valor) actual de los componentes y los costes (probables) en que se incurrirá para que la operación se lleve a cabo y se desvele el valor (backward-looking). Aclaración 2: Producción no equivale a productividad. Puede ocurrir que, corriendo al azar, acabemos más cerca de la meta que cuando empezamos. Ese resultado no será por haberlo hecho bien, y desde luego no será la mejor manera de alcanzarla.

“El que no sabe adónde va no llega a ninguna parte”

Carlos Ruiz Zafón en su novela Marina (1999)

Imaginemos dos obreros contratado para realizar dos trabajos, uno cavando una zanja y otro tapándola. Imaginemos que son buenas personas, esforzados, concienzudos. Que trabajan duro pero, en conjunto, no generan ningún resultado (más allá de grandes cantidades de tierra removida). Ambos pueden esforzarse mucho, pero estaremos de acuerdo en que el valor de su trabajo conjunto es nulo (nadie pagaría por obtener ese resultado). Dado que nadie otorgaría valor al resultado de su esfuerzo, y que les pagarán por su trabajo, en el ejemplo está claro que se produce una pérdida neta. Se destruye riqueza. En este ejemplo extremo, los trabajadores producen, pero su producción no genera valor. La producción no desemboca en productividad. Del mismo modo, cuando el valor del trabajo generado por una persona no iguala el coste que supone, dicho trabajo es pérdida neta. No importa cuánto se haya esforzado. Aclaración 3: El concepto subyacente es la eficiencia. Aún se complica más. Cuando trabajamos, los costes que generamos son ciertos, y los ingresos (el valor de nuestro trabajo si/cuando podamos venderlo), inciertos. Pero además habrá otras personas, otras organizaciones, intentando satisfacer el mismo cliente. Y no necesariamente con el mismo producto o haciendo el mismo trabajo, también con productos sustitutivos o nuevas formas de hacer el trabajo. Y los costes también van cambiando. Podemos intentar que sean más constantes y predecibles, pero como siempre que reducimos riesgos eso supone aumentar los costes ciertos. En resumen, el punto en que el valor producido supera los costes incurridos, el punto en que el trabajo es eficiente, no es nunca predecible ni inmóvil. Como ya vimos, la eficiencia es un concepto dinámico. Es una carrera constante por aumentar el valor y disminuir el coste. Aclaración 4: El no tan malvado capital. Lo anterior no supone que los costes siempre bajen o puedan bajar. De hecho hay costes como los costes laborales que siempre suben a medio plazo (ahora veremos por qué). En dicha eterna persecución de la eficiencia, históricamente, la cantidad de capital puesta a disposición del trabajo ha aumentado sin descanso. Cuando hablo de capital no piensen ustedes tan sólo en máquinas y señores con sombrero de copa. Piensen en los conocimientos y habilidades del trabajador, en la forma de organizar la producción, en el modelo de negocio, la informática, etc. Gracias a ello, el valor de la producción por cada hora de trabajo realizado también ha aumentado sin parar. A consecuencia, y gracias a la competencia entre empleadores, los ingresos de los trabajadores también han crecido conforme crecía la producción de una economía. De hecho, la proporción de la producción que obtienen los trabajadores en forma de su retribución es sorprendentemente estable. Este hecho no es intuitivo (como tantas cosas en economía). En buena medida el motivo es que ese crecimiento en los costes laborales no llega al bolsillo de los trabajadores. En vez de reflejarse en los sueldos, suben los costes parasalariales (impuestos al trabajo, por ejemplo) y extrasalariales (los costes derivados de los riesgos inherentes a la relación laboral que son asumidos por el empleador, libremente o por imposición legal). Cuando esa brecha entre costes laborales e ingresos del trabajador se hace demasiado grande, o crece demasiado deprisa, surgen las soluciones de mercado y nuevos modelos de negocio. Una reflexión mucho más sesuda sobre estos temas la pueden leer aquí en Nada Es Gratis. Aclaración 5: El juego de los incentivos. La búsqueda de la eficiencia no solo se da en las organizaciones. Antes y primero somos las personas quienes buscamos la eficiencia en nuestro esfuerzo y nuestro tiempo. Creamos organizaciones porque son formas más eficientes de organizarnos. Hemos logrado alcanzar un bienestar impensable para nuestros ancestros. Y seguimos queriendo mejorar. Porque, lo creamos o no, en cada compra estamos intercambiando unos pocos minutos de nuestro tiempo de trabajo por unos pocos segundos de trabajo de muchas muchas personas a quienes no conocemos. El dinero es un medio de pago y depósito de valor a través del cual realizamos la transacción. El problema viene cuando, por nuestra actual actividad, es inviable que mejoremos mediante aumentos en nuestros ingresos, y simultáneamente estos no se ven afectados si disminuimos nuestra productividad. Con esos incentivos tenderemos a dedicar el menor tiempo o el menor esfuerzo posible. ¿Se les ocurren ejemplos?
“Nosotros hacemos como que trabajamos, y ellos hacen como que nos pagan”

Chiste popular en la URSS, recogido por Jeffrey D. Sachs en The End of Poverty

      Ese juego de incentivos tan perversos hace que, en organizaciones así, la eficiencia se pierda como objetivo, y vaya disminuyendo sin fin. Una organización así acaba siendo, en un plazo cortísimo, una destructora de valor, una pérdida constante de riqueza. Interpretando a Absolutexe. Es por todo lo expuesto que, entiendo yo, Absolutexe asume que las administraciones públicas en su conjunto son destructoras de riqueza. Que no hay forma de saber cuáles de ellas destruyen riqueza y cuáles no. También entiendo que Absolutexe asume que las organizaciones privadas (empresas y autónomos) que destruyen riqueza quiebran y desaparecen. Y por último entiendo que la normativa sojuzga (condiciona, encarece e impide desarrollarse plenamente) a los creadores de riqueza. Entendidos esos planteamientos, me atrevo a reformular la afirmación de Absolutexe de este modo:
“cómo el 31,28% de la población son los únicos creadores netos de riqueza, y por lo tanto mantienen un país”
…Sin indicar en su organigrama que para mantener el país y sus administraciones como son actualmente, todos los años el Estado pide prestados unos 90.000 millones de euros. Endeudamiento que algún día habrá que devolver. Destrucción o no de riqueza, concepto dinámico. En los últimos meses el petróleo, principal fuente de energía en nuestros días se ha venido abaratando cada vez más. Muy al contrario de lo que he llegado a leer, el precio del petróleo no ha bajado porque la implantación de “fuentes de energía renovables” hayan reducido la demanda de petróleo, sino porque la oferta mundial de este ha crecido sensiblemente. Las subvenciones que sostienen la producción de energía renovable supone una transferencia de riqueza de donde se genera (pagadores netos de impuestos) a donde se destruye. Si no se destruyese riqueza, si las renovables fueran negocios rentables por sí mismos, no necesitarían subvenciones. No quiero entrar aquí en valorar su pertinencia o no, ni los motivos para impulsarlas. Afirmo que la subvención a una industria supone una destrucción neta de riqueza (si esta genera pérdidas) y es indefendible desde todo punto de vista si esta genera beneficios. En consecuencia de todo lo anterior, cuanto más barata resulta una fuente de energía no subvencionada, más destructora de riqueza supone la misma subvención a otra fuente de energía. Exactamente lo mismo podemos decir de cualquier subvención a una actividad laboral, profesional, o productiva. ¿Cuántos cargan con el Estado? Similar enfoque y base conceptual tienen otros estudios realizados en España, como este del Think Tank Civismo. En él parten (aparentemente) de diferenciar pagadores netos de impuestos (trabajadores en el sector privado) de receptores netos de rentas, sea a través de las administraciones o por otro medio. Destaco una frase:
“Baleares (42,2% ), Cataluña (36,3%), Madrid (36,1%), La Rioja (34,5%) y Navarra (34,4%) encabezan el ranking de la actividad privada en el país”

Think Tank Civismo

Y me pregunto, ¿qué tienen en común esas zonas? Agradezco ideas.

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Simón González de la Riva

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