¿Se abusa del término ‘Economía Colaborativa’?

8 abril 2015 3

Reconozco que soy una persona un poco puntillosa en cuanto al uso de las palabras. Al que le ponen un poco nervioso las inconcreciones cuando utilizamos determinados términos un poco a la ligera. Sin llegar a un nivel Wittgenstein, también entiendo que al final hay palabras que de repente se convierten en un poco cajón de sastre y que los aceptamos como términos francos.

Sin embargo, hay veces que me da la sensación que esos grandes términos se tienden a prostituir. Veces en las que se estira el concepto como un chicle y al final terminan ahí cosas que no deberían estar dentro. Esto normalmente ocurre cuando determinados jugadores quieren arroparse en un término que tiene connotaciones positivas de modo claramente interesado. De alguna manera, aprovechando que como en las leyendas hay un poco de verdad, a través de una descarada campaña de branding, hasta llegan a apropiarse de la palabra en cuestión.

Topico_Sintetia_Management

Uno de esos términos tan de moda es el de economía colaborativa. En mi humilde opinión ya se ha sobado tanto que está perdiendo su verdadero significado, y lo peor, se está utilizando de forma descarada por algunos para aparentar lo que no son. Pero antes de entrar en él, dejadme que utilice otro ejemplo para ilustrar esto con otro término que ha estado aún más de moda por aquí: las preferentes.

Las comúnmente llamadas preferentes, en realidad eran en la mayoría de los casos lo que más técnicamente se denominan Participaciones Preferentes. En este caso, los departamentos de marketing de los bancos no tienen toda la culpa, ya que el nombre de preferentes es el utilizado técnicamente dentro del mundo financiero y hasta usado por el legislador. Cualquier profesional del sector ni pestañeaba al oír la palabra preferente, ya que efectivamente tienen ese nombre por tener preferencia en caso de liquidación del emisor frente a otros acreedores, a los que podríamos llamar comunes. Sin embargo, a pesar de esa preferencia, están digamos bastante al final de la potencial cola de acreedores en una liquidación (eso sí, no los últimos, recordad, son preferentes).

Sin embargo, para un no profesional del sector, la palabra preferente suena muy bien. De hecho, recuerdo tener esta conversación hace unos cuantos años con mi padre, gran cliente durante unos cuantos años de este tipo de productos. Él, jubilado, y con conocimientos financieros muy básicos, compraba muchos de estos productos a través de su banco de toda la vida (tuvo la suerte de que no fuera Caja Madrid). En realidad, él los compraba porque se los ofrecían muy activamente, pero realmente no era muy consciente de lo que compraba. Para él, las preferentes eran un producto con bastante liquidez y muy parecido a un plazo fijo. Y como una vez me dijo: “bueno, es que son preferentes, si alguna vez hubiera un problema nosotros tendríamos preferencia sobre el resto”. Sería interesante buscar quien fue el primer departamento de marketing en caer en que el propio nombre de las preferentes era un filón. ¿Creéis que se hubiera montado el mismo follón si en vez de preferentes se hubieran llamado “el penúltimo de la fila”?

Bueno, pues algo parecido debe estar pasando por los departamentos de marketing de AirBnb, Uber y demás empresas de lo que se está llamando “economía colaborativa”. ¿Para qué buscar otro término cuando tienes uno tan bonito como “economía colaborativa”? Es curioso visitar la versión española de Wikipedia para el término economía colaborativa, y luego mirar la versión en inglés. La versión española tiene tantos matices de cata como la CocaCola, que creo que es exactamente el tipo de conversación sobre esto que estamos teniendo por aquí.

El otro día tenía una conversación sobre este tema con mi infatigable compañero de infinitos debates en 144 caracteres y gran compañero en Sintetia (@OrcishOzu) precisamente sobre este tema. Últimamente se está hablando mucho sobre el nuevo concepto de la economía bajo demanda (de hecho, recomiendo leer el artículo del propio Simón). Y es que los conceptos de la economía colaborativa y la de bajo demanda son parecidos. En realidad comparten un origen parecido, y tienen representaciones similares, sin embargo no son lo mismo y deberíamos utilizarlos no indistintamente.

Se podría decir que ambos son el resultado de lo que se ha venido llamando la revolución del coste marginal cero. La revolución digital, sobre todo de la mano de los teléfonos móviles inteligentes, con su conectividad virtualmente constante, su potencia de cálculo y sus sensores, ha permitido poner en el mercado un montón de productos de coste marginal cero.

Vamos a intentar explicar un poco esto. Por coste marginal cero entendemos cuando producir una unidad adicional de un producto (o proveer un servicio) tiene un coste marginal (es decir, un coste adicional por producir esa unidad más) cero o muy cercana a cero. Esto ocurre principalmente por dos motivos: por economías de escala (normalmente porque los gastos variables son muy pequeños en relación con los fijos) o porque estamos hablando de un servicio en el que el coste de proveerlo una vez tenemos la infraestructura es cero (o muy cercano).

La economía digital ha podido generar más industrias en las que el coste marginal tienda a cero, pero la verdadera revolución ha sido en su distribución. Si hace años era prácticamente imposible en muchos casos poner en el mercado estos productos, ahora la cosa ha cambiado. Utilicemos el ejemplo del alquiler de coches por horas.

En el caso del alquiler de coches, la parte más importante del coste es el propio coche. Digamos que para alquilar un día, hay que comprar el coche, y ya el segundo día no incurriremos en ninguna inversión adicional de capital (estamos simplificando mucho, porque obviamente hay una serie de gastos de operaciones detrás). Pero simplificando, si queremos convertirnos en conductores de Uber, el gasto en el que incurrimos es en el de la compra del coche. Una vez hecha esa inversión, las siguientes “carreras” tendrán un coste marginal muy cercano a cero.

En realidad, esto era exactamente igual hace 30 años. Una vez teníamos nuestro coche, si hubiéramos querido alquilarlo, el coste de esa hora extra de alquiler era también marginalmente cero. Sin embargo, no existía la tecnología para hacer eso de una forma que tiende a un coste de casi cero. En aquella época, sin móviles ni internet, tendríamos que haberlo anunciado en un periódico, haber llevado un sistema de gestión analógico de los alquileres, y nos habría sido muy difícil también gestionar el pago, así como el uso efectivo del servicio. En definitiva, habríamos tenido unos costes muy altos que no lo hubiera hecho viable. Era más caro el collar que el perro.

En cambio ahora todo eso ha cambiado. Tenemos apps que nos permiten saber cuándo y dónde está el coche disponible, solicitarlo, pagarlo, y el móvil además le sirve al dueño para saber toda la información sobre uso, localización, etc… Y todo eso a un coste prácticamente inexistente.

Jeremy Rifkin habla de esto y de muchos otros ejemplos en su “Sociedad del coste marginal cero” y estoy convencido de que estamos al principio de algo que todavía no sabemos comprender muy bien y que tendrá profundos cambios en cómo vivimos y hacemos negocios. Seguramente tampoco sea la revolución que espera Rifkin, pero sin duda pondrá en dudas muchos conceptos que ahora entendemos como inmutables como el de la propiedad.

En todo caso, estábamos hablando de que no es la existencia de productos/servicios de coste marginal cero los que cambian la situación, sino el que haya formas de distribución casi también de coste marginal cero los que nos acercan a esa revolución.

Y aquí es donde en mi opinión existe la divergencia entre la economía colaborativa y la economía bajo demanda. Creo que como decía, siendo hijos de los mismos padres (el coste marginal cero y la tecnología digital móvil), no son lo mismo. Para mí, la diferencia entre los dos radica en la motivación y el objetivo, más concretamente, y centrándonos en lo económico, en el beneficio generado.

Siendo lo más estrictos posible, mientras en la economía colaborativa no debería haber beneficios, en la economía bajo demanda, valiéndonos esas herramientas de las que hemos hablado, el beneficio estaría limitado por el mercado.

Volviendo al ejemplo del coche, hemos hablado de que compartir (o alquilar por horas) un coche de nuestra propiedad tiene un coste marginal cercano a cero, pero no es cero. Existe un coste de amortización, seguros, combustible, mantenimiento, etc… Si el precio que fijáramos por ese alquiler es el que cubre todos esos gastos marginales, entonces sería un ejemplo de economía colaborativa. Es decir, en este caso el “arrendador” no busca un beneficio económico, sino que busca compartir gastos de algo de su propiedad que de otra forma no se utilizaría.

Por otro lado, si cogemos y fijamos un precio en base al mercado con el que estamos efectivamente ganando un beneficio, en mi opinión deberíamos hablar de economía bajo demanda.

Quiero recordar que en ese término de economía bajo demanda se engloba también la mayor facilidad (por esa misma tecnología que habilita todo esto) que tienen trabajadores independientes de ofrecer sus servicios totalmente bajo demanda, respondiendo de forma casi instantánea a la necesidad, y exclusivamente por el tiempo necesario. Aquí no hay confusión posible, pero sin duda creo que es la misma realidad en el mundo inmaterial de los servicios, por lo que personalmente me gusta mucho más este concepto de economía bajo demanda para explicar todo esto que estamos viviendo. Eso sí, salvo que se haga sin ánimo de lucro, en el que podríamos utilizar el de economía colaborativa.

Por cierto, esta diferenciación de forma estricta podría aplacar muchos de los problemas impositivos y regulatorios que se están experimentando. Y aunque hecha la ley, hecha la trampa, quizá sería la forma de ordenar esto un poco y que todos sepamos a qué atenernos.

Ya sabéis lo que dicen de las opiniones. Esta es la mía, ¿qué opináis vosotros sobre el (ab)uso del término de economía colaborativa?

3 comentarios

  • Simón González de la Riva  

    Muy interesante, Roberto.

    Quizá, como la realidad es poliédrica, estamos mirando la misma cuestión desde dos ángulos.

    Quizá yo llamo economía sobre la demanda (on-demand economy) a la que provee el servicio de matching, de pareamiento, de encuentro y acuerdo entre el consumidor del servicio y el oferente (el propietario del vehículo, por ejemplo).

    …Y tú llamas economía colaborativa a la prestación misma del servicio.

    Quizá yo me he centrado en la primera porque entiendo que ha hecho posible la segunda.

    De nuevo muy interesante texto.

    Un abrazo.

  • Roberto Espinosa Blanco  

    Efectivamente los términos creo que son demasiado nuevos para tener una definición ya sólida.
    En todo caso, me gusta como The Economist utiliza el término aquí (http://www.economist.com/news/leaders/21637393-rise-demand-economy-poses-difficult-questions-workers-companies-and) en el que básicamente se habla de la economía bajo demanda como una especie de modelo en el que “todo” está subcontratado y se puede responder de forma inmediata a la demanda de servicios. Creo que tu artículo de hace unas semanas iba también por ahí
    Saludos y gracias por el comentario!
    Roberto

  • […] Sin embargo, quizá es todavía un mejor ejemplo de economía bajo demanda, algo de lo que ya hablé hace tiempo, y algo que para mí va más a allá de una discusión […]

¡Deja un comentario!

Añade tu comentario, o enlace permanente (trackback) desde tu propio sitio. También puedes suscribirse a estos comentarios vía RSS.

Sé educado. Cíñete al asunto. No introduzcas spam.

Puedes utilizar estas tags:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Está activado Gravatar. Para utilizar tu propio avatar, regístrate en Gravatar.