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España necesita ‘quemar grasa’ para generar crecimiento económico


Javier García
España necesita ‘quemar grasa’...
El debate sobre el conocimiento, la ciencia y el crecimiento están otra vez encima de la mesa. Tras meses de ajetreos con rescates, primas de riesgo y subidas impositivas, ahora llega el momento de preguntarse, ¿cómo generamos riqueza, empleo y, por tanto progreso? Estos días el debate arranca con varias informaciones contradictorias.

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Por un lado, ya son dos años del gobierno de Rajoy donde se han paralizado los Premios Nacionales a la Investigación, que son un intento de poner en un podio de reconocimiento social, nacional e internacional, a los investigadores que “contribuyen excepcionalmente al avance de la ciencia”. Se ha considerado que dedicar dinero a estos menesteres es algo improductivo; como muchas de las ayudas y los fondos destinados a la Investigación, Desarrollo e innovación. Pero por otro lado, la prestigiosa Fundación para la Innovación Tecnológica (COTEC) ha elaborado un documento realmente interesante, que acaba de publicar, para crear un debate en torno a la “Innovación española en 2020”. Un documento plagado de datos, ideas y que nos permite conocer muy bien el posicionamiento de España en la geografía mundial de la innovación, de la productividad, del empleo y que, en definitiva, es un buen termómetro para saber qué dinamismo tiene nuestro ecosistema empresarial. De este informe queremos destacar dos gráficos realmente significativos, y nada sospechosos sobre su fiabilidad porque han sido elaborados por el World Economic Forum y la famosa IMD Business School.

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En el primero de los gráficos, se muestra con contundencia que el acceso a la financiación, la regulación y la burocracia así como la fiscalidad, son los elementos más destacados que dificultan hacer negocios en España. Además, no podemos olvidar la tan detectada y analizada escasa capacidad de innovar de nuestras empresas. En cambio, el atractivo que mantiene España, al nivel de otros países desarrollados, son la cualificación y educación de la mano de obra, el nivel y calidad de nuestras infraestructuras y la actitud de mentalidad abierta de los españoles. Si tenemos las personas, la actitud y las infraestructuras adecuadas, ¿qué falla en España para tener una especialización en sectores de tecnología media y media-baja que dificulta el crecimiento de la productividad y la generación de progreso? En definitiva, ¿cómo volvemos a colocar en la agenda del país el crecimiento económico y cómo podemos contribuir, entre todos, a generarlo? Las ideas como único motor sostenible del crecimiento Estas preguntas son, sin dudarlo, de las más importantes de las ciencias sociales. El fenómeno del crecimiento es, a pesar de lo que hoy pueda parecer desde nuestra perspectiva, insignificante en términos temporales. Durante decenas de miles de años, el hombre se expandió por la tierra sin apenas modificar sus costumbres ni calidad de vida. La revolución neolítica trajo un cambio en las formas de vida pero el bienestar no solo no mejoró sino que incluso empeoró por la mayor incidencia de las enfermedades. Durante largos siglos, los aumentos de productividad eran contrarrestados por una población que crecía aún más rápido, impidiendo al ciudadano medio escapar de la miseria. Solo a finales del S.XVIII comienzan algunos países a escapar de la pobreza endémica de la humanidad mediante un círculo virtuoso de crecimiento continuado. La mayor parte del crecimiento se esconde tras un elemento genéricamente llamado “aumento de la productividad”, el cual, a pesar de ser un gran desconocido, era el único determinante del crecimiento de la renta a largo plazo hasta la década de los 80, donde el economista Paul Romer dio con la solución más precisa: el crecimiento económico está causado por la creación de nuevos factores de producción no rivales, es decir, por el nacimiento y la implementación de nuevas ideas con valor. La polea, el teorema de Pitágoras, el barbecho, la máquina de vapor o los lenguajes de programación tienen una característica común: una vez inventados, todo el mundo puede usarlos sin con ello impedir que el resto del mundo los utilice a su vez. Cada vez que se realiza un nuevo descubrimiento, este pasa a formar siempre del conjunto del conocimiento humano, superando y sustituyendo soluciones obsoletas. Los fabricantes de pantalones no han de inventar para cada modelo la cremallera. Y cuando un informático invoca métodos para crear una base de datos, dibujar una textura o crear un interfaz de usuario rara vez crea algo nuevo, sino que solo necesita copiar y adaptar los procesos óptimos ya existentes. Nuestro stock de conocimiento mundial va creciendo. El reto es detectar el conocimiento, comprenderlo y absorber lo mejor del mismo para seguir construyendo y creando valor añadido. España tiene que ser un país proactivo en aplicar nuestras capacidades para buscar y diseñar soluciones a problemas. Con mentalidad global, con alta capacidad de comunicación y, sobre todo, con dominio de idiomas y disponibilidad para cooperar. Para crear empresas globales, diferentes y con capacidad de escalar se precisa una alienación de los astros que influyen en el crecimiento económico: instituciones eficaces, universidades abiertas, globales y con alta capacidad de difusión de su conocimiento; natalidad empresarial liderada por jóvenes y profesionales de gran talento; empresas consolidadas en proceso de re-pensamiento y con un foco en crecer, y mejorar la forma en la que gestionan para ser verdaderos hervideros de capacidades creativas continuas. “Mientras el proceso político no detenga el cambio tecnológico, no temo un frenazo en el ritmo del progreso tecnológico” nos decía el autor de “Por qué Fracasan los Países”, Daron Acemoglu, en una entrevista que le hicimos con motivo de la publicación de su libro en castellano. Y es que el progreso y la riqueza se encuentran en la forma en la que se combinan los recursos para generar más producción, calidad o eficiencia. La creación, difusión y comercialización de nuevas ideas responde en gran parte a incentivos de mercado. El progreso tecnológico y el crecimiento económico dependen de que los incentivos estén alineados para que los agentes se muevan hacia donde puedan dar más de sí, para que generen ideas y arriesguen en su implantación; y con ello ofrecer alternativas de producción o simplemente nuevos bienes o servicios al mercado. Los agentes arriesgan cada vez que introducen una novedad en el mercado o en el sistema productivo, pues nada garantiza que una idea sea comercialmente viable. Ese riesgo tiende a ser menor en aquellas economías con alta dotación de talento, con una cooperación empresarial muy tupida y donde existen fuertes redes de empresas y centros de conocimiento donde las ideas se convierten en soluciones de una forma menos costosa y eficaz. Para tener una economía fuerte y saneada preparada para el siglo XXI en España tenemos que colocar en primer lugar todos aquellos condimentos que permitan crear sólidos pilares para el crecimiento económico. Y eso pasa inevitablemente porque España deje de invertir en toneladas (de hormigón, asfalto o materias primas sin transformación) para hacerlo en intangibles, que son los verdaderos activos del siglo XXI. Y es que y como se muestra en el fantástico documento elaborado por la prestigio agencia británica para la innovación, Nesta “Plan i Innovation for Europe”, esta rueda del crecimiento depende en un 85% de la innovación. Y esta innovación se pone de manifiesto a través de la construcción de activos intangibles y la aceleración de la productividad de los factores. En este sentido, hay varios datos que explican de forma fabulosa el poder de la innovación, de los intangibles y de la productividad.

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En primer lugar, se estima que los intangibles y la productividad explican más del 60% del crecimiento medio en Europa. Y, en segundo lugar, no sólo tenemos que preocuparnos por crear empresas, sino también que estas crezcan, se consoliden en los mercados y sean cada vez más grandes. Tener empresas de “alto crecimiento” es una pieza fundamental en el engranaje para generar riqueza. Los datos muestras cómo Europa tiene un problema serio para lograr un tejido empresarial liderado por empresas que crezcan y sean líderes en los mercados globales. Europa es un territorio de empresas mayoritariamente pequeñas. Y si pensamos en España, aún los indicadores son más pobres, en este sentido. España tiene mucho camino por recoger en este sentido: nuestro sistema legal está compuesto por más de 100.000 leyes vigentes, muchas de ellas frenando y entrando en contradicción con la flexibilidad que toda empresa requiere; nuestro sistema de innovación está atrofiado y es poco productivo, a pesar de que la ayuda pública por empresa que invierte en I+D en España es de las más elevadas de Europa, según los datos de Eurostat. El mercado laboral, reformado hasta la saciedad, junto con la educación, no responden de forma efectiva a las necesidades cada vez más complejas y existentes de nuestra realidad.  La fiscalidad penaliza o no incentiva al ahorro ni al trabajo de una forma efectiva, como tampoco supone un aliciente para canalizar recursos financieros privados hacia jóvenes empresas (startups) o la recapitalización de las pymes para afrontar con más garantías procesos de inversión o internalización; no podemos olvidar los déficit tan claramente detectados en España para que los centros de conocimiento bombeen oxígeno útil para las empresas; ni se está trabajando en colocar al país como un lugar atractivo para jóvenes emprendedores inmigrantes que quieran desarrollar aquí sus carreras -en Estados Unidos 3 de cada 10 nuevas empresas que se crean sus fundadores son inmigrantes-. No hay progreso sin ideas, sin riesgo, sin capacidades para transformarlas en productos y servicios que resuelvan problemas, que hagan más eficaces a los recursos, más productivos y, sobre todo, que creen riqueza y calidad de vida. La apuesta es clara. Pero mientras, España necesita quitar “grasa” para mejorar nuestro nivel de colesterol y evitar un infarto económico, se sube la fiscalidad al emprendimiento y no se actúa con contundencia en lo que genera salud de una forma sostenible y eficaz.

Una versión de este artículo ha sido publicado en la revista Tiempo.

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