Rebeldes del conocimiento

29 octubre 2022

“Lo que me ha ayudado en esta vida a mantener esa independencia es muchísimo amor y curiosidad intelectual. No admito estancamientos porque a mí lo que me gusta es conocer y eso nunca tiene fin.”

Antonio Escohotado

Asomarse al mundo a comienzos esta tercera década del siglo XXI, especialmente a quienes vivieron los mejores momentos de la centuria anterior, produce muchas veces vértigo, angustia y una sensación de extravío difíciles de gestionar. Tampoco los nacidos durante la transición entre ambos siglos se sienten mejor.

Vástagos de un mundo globalizado y tecnológicamente espectacular que no hace tanto tiempo les prometía un futuro brillante, sus jóvenes vidas han contemplado en apenas 20 años una gran crisis económica, una pandemia global y el deterioro institucional, político y económico de un planeta exhausto y tensionado que parece empeñado en regresar a tiempos pasados y peores. Y todo ello, de forma acelerada, hiperconectada, amplificada por las redes sociales y, en la mayoría de los casos, aparentemente inaprensible.

No es la primera vez que esta zozobra se apodera de la Humanidad. Muchos gobernantes, pensadores y religiosos a comienzos de la Alta Edad Media, al igual que nosotros, debían de sentirse representantes avanzados de su mundo, cuando en realidad estaban sumidos en un retroceso civilizatorio del que Occidente no se recuperaría en siglos. La lenta agonía del imperio romano había tocado a su fin; sus instituciones desaparecieron o fueron sustituidas por nuevos modelos sociales y políticos, que maduraron a fuego muy lento entre sucesivas guerras, hambrunas, plagas y migraciones.

Ocurrió entonces que cuando los ciudadanos del imperio y sus provincias empezaron a reconocer los síntomas de su caída, ya era demasiado tarde. Sólo les quedaba un sentimiento de caótica frustración e ira ante el despilfarro y el saqueo públicos, así como el triste reconocimiento de que, durante los años de gloria y riqueza imperial, en lugar de cuestionar a sus emperadores, se habían dedicado a glorificarlos.

Muchos siglos más tarde, en los años precedentes a la Primera Guerra Mundial, el mundo se hallaba en una tesitura similar, con un planeta todavía repartido entre imperios, de fronteras inestables, en plena segunda revolución industrial y con una gran agitación social en ciernes. Dirigentes y ciudadanos se enfrentaban, de nuevo, a un panorama político, social y económico inescrutable. Como explica Christopher Clark en su libro “Sonámbulos:

“por muy grandes estadistas que fueran los ministros, militares y jefes de Estado de las potencias europeas de aquel momento, era imposible que tuviesen la capacidad para comprender las consecuencias o las implicaciones últimas de cada suceso. Desbordados por fuerzas que no podían controlar, hicieron lo que pudieron a la vista de los medios y de la información con que contaron.”

La reacción de las sociedades ante tales coyunturas complejas e inciertas surge siempre del miedo y de la ansiedad ante lo incomprensible. Del miedo salen tanto las trincheras ideológicas como los relativismos más radicales, la intolerancia, la banalidad argumental, la violencia física y psicológica. También la incapacidad para pensar críticamente, la apatía y el abandono cívicos, el desinterés por todo aquello que no sea la satisfacción personal y el entorno inmediato. En fin, un miedo que propicia esa peligrosa ignorancia sincera y estupidez concienzuda que tanto temía Martin Luther King, caldo de cultivo idóneo para manipuladores de masas, populistas y autócratas.  

No debemos, por consiguiente, resignarnos a la oscuridad ni abandonar nunca la curiosidad, las ganas de compartir y de intercambiar conocimiento. Debemos ser rebeldes, pero del conocimiento. Curiosidad entendida como Nabokov; una insubordinación sobre la masa en su forma más pura. El compartir, entendido como necesidad humana primaria. El conocimiento, como responsabilidad personal y social. Al fin y al cabo, nos hallamos en la era de la información, estamos inundados por ella, nos abruma, nos supera. Se quejaba Gertrude Stein de que todo el mundo recibe tanta información durante todo el día, que acaba perdiendo su sentido común.

Nuestro ancho de banda cognitivo no es capaz de asimilar, sin voluntad, disciplina y práctica, la enorme expansión de las comunicaciones y transacciones informativas que inundan un espacio cada vez más digital. Pero dejarse llevar no es una opción.

  • El primer paso para comprender el mundo que nos rodea es querer hacerlo, pese a su complejidad, asumiendo que no hay explicaciones simples ni predicciones exactas sobre lo complejo.
  • A continuación, para ser rebeldes del conocimiento debemos aprender a separar críticamente el grano esencial de la paja mediática y de relativizar lo que acontece a nuestro alrededor, especialmente si no está en nuestras manos cambiarlo. Pero cuidado, relativizar no significa ignorar.
  • No podemos ignorar permanentemente lo que nos desagrada ni quedarnos a vivir solamente con lo que nos acomoda. Mantener la atención sobre el entorno resulta esencial; en palabras de William Least Heat-Moon, un hombre es aquello a lo que presta atención.
  • Nuestra observación atenta y astuta de la realidad y nuestra curiosidad es lo que nos define, nos hace y nos rehace.

Lo dicho también aplica a nuestra comprensión sobre el futuro, lo que no consiste en ser adivinos, sino en advertir los elementos esenciales que conforman el porvenir global. Ningún gobierno, empresa o ciudadano resulta ajeno a las grandes tendencias que presiden nuestro futuro inmediato. Obviarlas significa rendirnos a un determinismo absurdo, a penar en el remolque de las circunstancias.

Ante el vértigo paralizante, seamos pues rebeldes del conocimiento, con voluntad tozuda de comprender y de compartir. Como rebeldes del conocimiento propiciemos siempre la reflexión crítica, suscitemos la duda razonable y promovamos tanto la curiosidad como el debate informado. Alcanzar un entendimiento suficiente, aunque siempre incompleto, de nuestra realidad, está al alcance de la mayoría.

Dudar, escuchar, leer, estudiar y compartir; estudiar de nuevo y saber, y al saber, volver a dudar. Este es el único ciclo posible del conocimiento. No cabe la rendición.

Artículo escrito por Sebastián Puig

Analista del Ministerio de Defensa

1 Comentario

  1. José Luis García Valencia

    Buenas noches, muchas gracias por tu artículo.

    Efectivamente, nos ha tocado vivir una época maravillosa en la que con un click de ratón se queda pequeña la biblioteca de Alejandría.

    Una avalancha de información que puede ser maravillosa o destructiva en función del sentido común disponible.

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