Los límites del conocimiento

4 octubre 2022

Las prisas no nos dejan ver el bosque, ni los límites a nuestro conocimiento. Nos perdemos los matices del verde, el viento que habla con las copas de los árboles o el crujir de las hojas al caminar. De este modo, caminando, paseando, se filosofaba en la antigua Grecia (como si alguna vez hubiera dejado de ser antigua, gracias a Dios). Pasear era una forma de poseer, la manera de capturar el tiempo con uno mismo o en compañía, hablando, reflexionando solo o con otros, construyendo mientras el tiempo y el espacio cambiaban lentamente.

Hemos de volver a pasear. Hemos de volver a filosofar.

Hoy recordamos esos paseos a través de los libros que nos dejaron o que nacieron a partir de ellos. Son textos cuya existencia es casi un milagro, como bien reflejó Irene Vallejo en su maravilloso El infinito en un junco. Textos que tratan de acercar al hombre a la naturaleza, que tratan de convertir esos paseos en una comunión con lo que nos rodea, alejándonos poco a poco de explicaciones míticas y pisando firme mientras construimos una relación inquebrantable entre nuestra razón y el mundo que nos envuelve.

Es cierto que leerlos en ocasiones nos sorprende y nos descoloca. Acostumbrados al pensamiento actual, a la forma de reflexionar de este siglo desordenado y caótico, nos enternece en cierto modo la voluntad de los filósofos griegos por encontrar cierto orden en la naturaleza. Son los primeros pasos de la razón, y como es lógico son pasos confusos e inseguros. De esos primeros pasos surgen teorías que hoy nos hacen sonreír, sin soltarse el cordón umbilical que ha unido al hombre con los dioses, pero ya buscando caminos nuevos.

La filosofía griega es inmensa, por eso pretendo, para este artículo, acercarme a ella con una lupa en lugar de unos prismáticos, y esa lupa la posaré sobre Heráclito y Parménides, situados en los orígenes del empirismo y el racionalismo, respectivamente, las dos corrientes clave de la epistemología.

Heráclito: el cambio es el ser de las cosas

Dice Heráclito, como bien resume Jeanne Hersch en su libro El gran asombro, que el cambio es el ser de las cosas. Para él la clave del conocimiento está en los contrarios. Puesto que la realidad es cambiante, sólo somos capaces de conocerla en un contexto (o lo que es lo mismo, nunca podemos conocerla del todo). Si pensamos en la idea de “grande” sólo seremos capaces de comprenderla si la ponemos en relación con lo “pequeño”. Nada es grande por sí mismo, lo es cuando lo comparamos con algo más pequeño. Pero al mismo tiempo será pequeño si lo comparamos con algo más grande. Por eso el conocimiento de la realidad es relativo y nunca total.

Para Heráclito la confrontación, la guerra (en el sentido de enfrentamiento) es el origen de la realidad. Como dice Hersch, “la naturaleza, la realidad física, debe su existencia a un enfrentamiento que tiene lugar más allá de ella misma, más allá de sus contrarios. Este enfrentamiento es lo que engendra lo real. Así, lo real es una guerra, un devenir.”

Sin embargo, Heráclito no ha terminado de separar su visión del mundo y la realidad de una presencia trascendente, un dios intelectual que ordena esa lucha de contrarios y no permite que ninguno prevalezca. Este dios intelectual es el logos.

Al final vemos un modelo muy pegado a lo que los sentidos perciben, muy empirista, que relativiza el conocimiento y lo aleja de lo absoluto.

Parménides: el conocimiento y la lógica

Por su parte, Parménides, parte de una afirmación rotunda: Sólo el ser es; el no-ser no es. Para Parménides el conocimiento no viene a través de los sentidos, sino que es la razón lógica la que construye nuestro saber. En este sentido, y a diferencia de Heráclito, sí cree que es posible el conocimiento, siempre que seamos capaces de percibir el ser. Como dice Diego Sánchez Meca en su libro Iniciación a la teoría del conocimiento: “en Parménides no cabe, en definitiva, la distinción entre el pensar, como actividad del sujeto pensante, y el ser como objeto del pensamiento. El pensar es el descubrimiento, la manifestación de la presencia del ser, y este ser es, a su vez, la verdad de ese pensar. De ahí su afirmación de que ser y pensar son una y la misma cosa.”

Este conocimiento, sin embargo, no es de las cosas sensibles, las que captamos por los sentidos. Por ello postula dos tipos de conocimiento:

  1. el conocimiento científico, del ser, como verdadero conocimiento,
  2. y el conocimiento de la realidad sensible, cambiante, que entiende como opinión o doxa.

Sólo el conocimiento del ser es verdadero conocimiento, sólo cuando nos acercamos al ser en su totalidad somos capaces de acceder al saber. Y, por supuesto, el conocimiento científico y la racionalidad prevalecen sobre la doxa y la experiencia.

El ser no es, para Parménides, sólo un concepto, sino que existe. El ser es uno e indivisible, eterno e inmutable. Es estático, la única realidad, siempre idéntico a sí. Vemos aquí, en cierto modo, también un trasunto de la deidad, una especie de panteísmo epistemológico que no termina de separar lo divino de lo humano. Como dice de nuevo Jeanne Hersch, “El ser, según Parménides, es algo profundamente divino, pero sin personificación. La idea de un dios personal, así como de un dios creador, le eran completamente ajenas.”

Tirar del hilo como ejercicio intelectual

Leer a los filósofos griegos, pasear con Heráclito y Parménides, nos permite descubrir esos primeros pasos de la razón de los que antes hablaba, pero también nos ofrece la oportunidad de tirar del hilo.

Tirar del hilo es uno de los mejores ejercicios intelectuales que conozco. Se trata de, partiendo de un pensamiento y/o razonamiento ir viendo dónde nos lleva. Ya no se trata de seguir caminando junto a los filósofos o autores de esos pensamientos, sino desviarnos si lo vemos necesario, recorrer nuestros propios caminos creando, ¿por qué no?, nuevos senderos si lo vemos interesante.

Se trata ahora de investigar, avanzar y retroceder, jugar con los argumentos y ver qué resultados, qué destinos descubrimos. Vamos allá.

Leyendo a Heráclito y Parménides siempre me han venido a la mente dos límites claros para el conocimiento humano: uno marcado por el tiempo y otro marcado por el espacio.

Cuando Heráclito habla de la naturaleza cambiante de la realidad nos está diciendo que el conocimiento es imposible. Si son nuestros sentidos los que alimentan nuestra razón, de modo que ofrecen la materia prima para la reflexión, deberemos reconocer nuestra debilidad. O bien sólo conocemos momentos puntuales de la realidad, o bien hemos de elevar esos momentos puntuales al estado de categoría, de modo que sean una representación de toda la realidad, y entonces estamos trasladando un instante a toda la eternidad, lo momentáneo pasa a ser Verdad.

Es lo que tratamos de hacer con la inducción, que después Sócrates desarrollará. El problema de la inducción es, como ya dije en otro artículo comentando las dudas de David Hume sobre esta forma de reflexión, que no nos vacuna contra la falsedad, sino que nos acerca estadísticamente a la verdad, pero no nos la entrega.

Como se suele decir, una verdad estadística es una media verdad, porque nadie te puede asegurar que esa estadística no se rompa, que de hecho lo hace por ser eso, estadística. Lo explicó muy bien Karl Popper en su libro Conocimiento objetivo.

El tiempo no nos deja acceder al conocimiento absoluto. Cuando el tiempo aparece la realidad cambia, y lo que antes era ya no es, lo que estaba ya no está. Yo no soy igual a como era hace unos años, incluso hace unos meses, semanas o días. Nadie me puede conocer, en realidad, tal vez ni yo mismo: ¿en qué soy distinto de ayer? ¿cómo seré mañana?

El tiempo es un agente desestabilizador del conocimiento, y eso lo sabía Heráclito. La ciencia nos permite llegar a consensos, a conocimientos momentáneamente ciertos, no falsados de momento, como diría Popper.

Y esto, que aparentemente es una debilidad, podemos transformarlo en fortaleza. Si la realidad es cambiante, si no podemos conocer la verdad absoluta hay dos hechos que nos hacen más fuertes:

  1. Necesitamos consenso para acceder a esa verdad. Al final la verdad es un resultado social, fruto del acuerdo entre distintas comunidades (científica, filosófica, social…) y eso nos permite cohesionarnos, siempre que se asiente ese acuerdo sobre bases racionales y no ideológicas o religiosas, trampas y peligros a los que el hombre se entrega con demasiada frecuencia.
  2. Hemos de estar dispuestos a cambiar de opinión. Debemos tener la mente abierta y alerta. Defender firmemente nuestras ideas racionales, pero al mismo tiempo ser capaces de abrazar otro razonamiento más completo o que describa mejor la realidad. Así, si no nos contaminamos con ideologías y pseudociencias, avanzamos racionalmente.

Por su parte, Parménides nos ofrece la filosofía del ser, de un ente homogéneo, permanente y único. Sólo podemos conocer el ser. Tiremos el hilo, aunque nos alejemos un poco del pensamiento de Parménides.

Sólo el conocimiento de la totalidad es el conocimiento verdadero

Hay un enfoque según el cual sólo el conocimiento de la totalidad es el conocimiento verdadero. Ya dije en otro artículo que tendemos a parcelar la realidad, a sistematizarla en unidades comprensibles y, sobre todo, aprehensibles. Conocer la realidad parcialmente supone que dejamos de meter en la ecuación elementos clave que explican lo que estamos analizando.

Si yo trato de comprender un posible aumento de accidentes de coche en un año determinado, no basta con analizar todo aquello que tenga que ver con la automoción y la seguridad vial (estado de las carreteras, aumento de vehículos en circulación, edad de los vehículos, mantenimiento de los vehículos…). Podemos seguir, para tener un conocimiento total, tirando del hilo: ¿qué edad media tienen los accidentados? ¿por qué no se renueva en parque automovilístico? ¿por qué no se mantienen adecuadamente las carreteras? ¿qué diferentes tipologías de accidentes hemos analizado? ¿por qué la gente necesita desplazarse en automóvil? ¿hay alternativas? ¿por qué no se utilizan?

Quedarse en el análisis de nuestra realidad segmentada supone no conocer toda la verdad. Pero el problema es que no podemos conocer toda la verdad, es imposible estar tirando del hilo constantemente, aumentar esa realidad que tratamos de comprender de manera indefinida. Debemos ser capaces de conocer, y sólo podemos conocer lo aprehensible, lo que podemos manejar.

Esto hace que sintamos una cierta desazón, tal vez a la manera de Emile Cioran, en cuyo pesimismo vital, en cuyo nihilismo hay un comprender de los límites del ser humano. Sólo nos queda vivir, porque no vamos a pasar de ser seres vivientes, más que seres pensantes o, sobre todo, seres cognoscentes.

“La historia de las ideas es la historia del rencor de los solitarios”, dice Cioran.

E intuimos aquí un modo de conocer en soledad, alejado de consensos, como he comentado hablando de Heráclito. Ahora es nuestra razón la que se encuentra sola y necesita capturar el Ser para conocer, cosa que es imposible y nos aleja, por tanto, de un conocimiento total.

Volvemos a girar la vista hacia lo que hay de positivo: ser conscientes de los límites de nuestra razón. Si somos incapaces de capturar toda la verdad, y asumimos que eso es así, daremos valor a la opinión del otro.

Damos así un paso ético: comprender los límites de nuestra razón nos hace valorar y comprender a nuestros conciudadanos. Sólo podremos vivir en sociedad si somos capaces de comprender nuestros límites para llegar a la verdad. Y esa comprensión es el primer paso para avanzar en nuestra comprensión de la realidad.  

El principio fundacional de la democracia debe ser el comprender y asumir nuestros límites y respetar y valorar los de los otros miembros de nuestra comunidad.

En soledad, no es posible el conocimiento absoluto

Aquí unimos los dos “tirar del hilo”, el de Heráclito y el de Parménides. No es posible el conocimiento absoluto en soledad. De hecho, no es posible el conocimiento absoluto, pero siempre estaremos más cerca si somos capaces de pesar en comunidad. Y esto no quiere decir que debamos pensar todos juntos, sino que somos parte de una comunidad, que nuestras reflexiones y nuestro conocimiento se han de abrir a influencias externas, a nuevas teorías, a otras formas de ver la realidad.

Hemos de recuperar a los clásicos, a otros pensadores que pasaron por el mismo lugar intelectual antes que nosotros. Y no necesariamente para confirmar o estar de acuerdo con lo que decían, sino para ver qué hicieron otros, qué pensaron otros, que a su vez son el resultado de reflexiones e ideas anteriores.

Nuestra razón es limitada, tanto porque está sometida al tiempo como porque el espacio entero en inaccesible. Pero recoger el saber de otros, comprenderlo, interpretarlo e incluso, por qué no, construir uno nuevo a partir de ese saber negándolo en cierto modo, nos va a enriquecer intelectualmente. No nos va a hacer más sabios, pero sí menos estúpidos, menos aturdidos ante lo que nos rodea. Y lo mejor de todo es que no es un estadio, un lugar (intelectual) al que llegar, sino un camino infinito que no acaba nunca, o sólo con la muerte. Si esto no es esperanzador no sé qué puede serlo.

Artículo escrito por Juan Sobejano

Fundador de Innodriven, consultor de innovación en Innolandia y profesor

1 Comentario

  1. Guillermo

    Excelente y esperanzador análisis. Necesario por cierto en la importancia de reconocernos en el otro

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