7 principios para una sociedad con más carisma

7 julio 2021

Hablamos de carisma en un contexto donde son muchas las voces que insisten en que el capitalismo sin un propósito de contribuir al bien común tienen los días contados, porque puede morir de éxito en su afán por la maximización del beneficio.

En una encuesta sobre la reacción de los clientes a la crisis de COVID-19, más del 80 por ciento de los encuestados dijeron que tendría en cuenta, a la hora de comprar, qué empresas hicieron lo correcto por sus trabajadores al abordar las medidas de seguridad o los esfuerzos para evitar despidos.

Hay deseos, y mucha necesidad, de recuperar un actuar más comprometido con el bien común. Uuna forma de hacer negocios que tengan en cuenta la ética, que sea sensible a las necesidades sociales y capaz de darles respuesta. 

A lo largo de estos últimos siglos hemos conquistado muchos derechos y quizás se nos ha olvidado cumplir con nuestros deberes como ciudadanos. Es momento de recuperar ese ideal platónico acerca de la obligación de todo ciudadano de desarrollar su potencial y participar en la construcción de la ciudad. Una obligación que el filósofo ateniense elevaba a la categoría de responsabilidad política.

Una responsabilidad que podemos practicar siendo el ejemplo del cambio que queremos ver en nuestro entorno inmediato y contribuir con ello a que otros también lo hagan.

Para ello hace falta tener:

  • una visión clara de lo que queremos,
  • creer firmemente en ello,
  • estar dispuestos a luchar y a defenderlo por el bien que aporta a la sociedad y no por lucimiento personal,
  • querer compartirlo con otros para que lo hagan más grande
  • y hacerlo con convicción y credibilidad.

Podemos hacerlo como líderes, como seguidores, como empresarios/as, como directivos/as, como empleados/as, como padres y madres, como hijos e hijas, profesorado y alumnado, en definitiva como miembros de la sociedad en cada uno de los roles que ejercemos.

El verdadero carisma… aportar en beneficio de la comunidad

El verdadero carisma es aportar nuestro potencial en beneficio de la comunidad y este comportamiento contagia, resuena e inspira.

Con el carisma ha ocurrido como con otros muchos conceptos, que se ha ido desvirtuando en paralelo a como lo ha hecho nuestra sociedad.

En su origen el carisma era un don otorgado en beneficio de la comunidad. Con el tiempo se ha ido asociando a tener una personalidad que atrae a otros, que hace que otros te sigan. Vinculándose al poder, el liderazgo, la comunicación o la popularidad. Un reflejo más del narcisismo que inunda nuestras vidas.

En la psicología positiva, el carisma es una fortaleza que significa la capacidad de aportar nuestro conocimiento y habilidades para hacer crecer a los demás. El sociólogo alemán Max Weber concebía el carisma como una de las tres formas de poder y autoridad, basada en cualidades personales excepcionales. Quizás la excepcionalidad tenga más que ver con la determinación de sacar a la luz toda nuestra grandeza personal, el coraje de defenderla y ponerla al servicio del bien común, que con orígenes divinos, mágicos o de otro tipo.

Las características de las personas con carisma

Todas las personas carismáticas tienen algo en común:

  • una fuerte convicción en un propósito personal,
  • una voluntad de hierro para llevarlo a cabo
  • y hacerlo realidad.

Lo que diferencia a las personas con carisma —pero eso no creo que tenga que ver con el carisma– es el tipo de propósito en el que creen (más o menos loable, más o menos individualista, más o menos contributivo al bien común) y la forma de llevarlo a cabo, también susceptible de valoración en función de los medios y estrategias empleados.

Todos podemos ser carismáticos, porque todos tenemos el potencial para contribuir al bien común en nuestros entornos. Todos tenemos un propósito vital, aquello en lo que creemos y queremos ver en el mundo y el potencial para llevarlo a cabo. El problema es que vivimos ajenos a todo ello.

El ideas de una sociedad más carismática

Por eso reivindico el ideal de lograr sociedades más carismáticas. Una sociedad en la que las personas estén conectadas con su propósito vital y pongan todo su talento, su energía, su tiempo y compromiso a hacerlo realidad. Una sociedad en la que dejemos de hablar de lo mal que están las cosas, opinar sobre lo que debería hacerse y pasemos a liderar el cambio que queremos lograr en cada una de nuestros entornos más inmediatos.

Volver a preguntarnos, como nos interpelo John Fitzgerald Kennedy, qué podemos hacer por nuestra ciudad, por nuestro país, por nuestra sociedad en lugar de reclamar y esperar lo que queremos que hagan por nosotros. Es hora de que cada uno de nosotros seamos ejemplo viviente de aquello que queremos ver en el mundo, que lo defendamos con pasión y con coraje, lo alentemos, lo cuidemos, lo comportamos y lo hagamos crecer.

Que no nos conformemos con lo fácil, no busquemos atajos, no logremos nuestros objetivos a costa de otros, no digamos una cosa y hagamos otra. Q no nos comprometamos a lo que no podemos cumplir, no hablemos por hablar sin argumentos, sin fundamentos, sin hechos probados y demostrables. Que no convirtamos el aplazamiento, el incumplimiento y la excusa en la norma general.

Si cada uno de nosotros sacamos a la luz nuestro carisma provocaremos cambios en diferentes ámbitos, mejoraremos la vida de muchas personas, aportaremos ejemplos muy poderosos y contribuiremos a recuperar la esperanza en el ser humano y en la humanidad en su conjunto.

No hablo de liderazgos de masas, no hablo de fundar movimientos mesiánicos, hablo de actuar movidos por un ideal y una causa que coadyuve al bien común, esté representado este por 50 personas del barrio, un sector pequeño de mi ciudad, una organización, o un determinado colectivo de la población.

Cada uno en su lugar, con sus recursos, con su talento, pero sin perder de vista que unidos somos más fuertes, que no hace falta enarbolar solo la bandera. El carisma también existe y aporta cuando se une a la causa de otros.

Hazte estas 4 preguntas

El carisma que cada uno de nosotros podemos desarrollar y compartir está esperando ser descubierto. Solo necesitamos hacernos cuatro preguntas para verlo brotar:

  1. qué necesita el mundo,
  2. en qué soy bueno,
  3. cómo puedo hacer una diferencia positiva en el mundo
  4. y cómo puede hacer crecer a los demás y generar riqueza a mi alrededor con todo ello.

Cuando sumamos carismas individuales logramos sociedades carismáticas. Necesitamos una revolución, necesitamos que emerja todo nuestro carisma para transformar un mundo que cada día parece galopar más rápido hacia la deshumanización y la desconexión.

Los 7 principios para recuperar y reforzar nuestro carisma

Para todo ello propongo 7 principios de actuación:

1.- Inundemos la vida de momentos humanos llenos de calidez y calidad. Conversemos para crear y crecer juntos, con atención y consciencia plena, con genuinos interés por comprender el mundo del otro, por ayudarle a llegar a donde realmente quiere ir. Dediquemos tiempo, energía y atención a mirar a nuestro alrededor, a identificar donde podemos aportar, a preguntar por lo que el otro quiere o necesita, a no intervenir cuando no somos solicitados o necesitados, dejando que las personas exploren su autonomía y su capacidad para salir adelante.

2.-Predicar con el ejemplo y no con la palabra. Sometamos a microscopio cada una de nuestras acciones y decisiones para asegurarnos que están alineadas con los compromisos asumidos, los mensajes transmitidos y los valores que defendemos. Aprendamos a dar y pedir hechos que apoyen las palabras, no caigamos en la trampa del discurso fácil o la frase hecha. Dotemos de contenido real a nuestros mensajes, con el ejemplo de nuestra conducta. Es tiempo de menos eslóganes y más acción.

3.-Asumamos nuestra responsabilidad personal en las situaciones y los cambios, abandonemos la queja, la condescendencia, el mirar para otro lado, la impotencia y la esperanza fútil de que se resuelva o cambie solo. Ejerzamos cada uno de nuestros roles con conciencia, claridad y responsabilidad. Dejemos de vernos como víctimas de las circunstancias externas en búsqueda de salvadores o auxiliadores mágicos, como dice Erich Fromm, que acudan al rescate y nos libren de todos los malestares en lugar de hacerlo nosotros mismos. Este es el caldo de cultivo perfecto para los movimientos populistas, los regímenes totalitarios, las manipulaciones informativas: una masa de individuos frágiles, que se sienten insignificantes e impotentes de lograr lo que quieren por sí mismos y de controlar el entorno con sus acciones

4.- Seamos guardianes responsables de nuestras palabras. Seamos conscientes de cada palabra que pronunciamos, de cómo lo expresamos, de qué efecto provocamos con ellas.  Responsabilicémonos de las consecuencias que causamos con nuestras palabras, incluso las que nos decimos a nosotros mismos y acaban generando conflictos, daños, recelos. Asumamos nuestras interpretaciones, presuposiciones y prejuicios sin adjudicárselos a otros. No hablemos en tercera persona, como si fuera otro, no nos escondamos detrás de perfiles, fachadas, frases u opiniones de otros. Soy yo el que habla, el que cree, el que interpreta, el que siente, el que está y el que construye la realidad con cada una de las palabras que dice y que no dice. Es imposible no comunicar y no influir, hagámonos cargo de este poder y su responsabilidad.

5.- Fomentemos el pensamiento crítico y la evaluación constante de nuestros actos, de las nuevas ideas, las tendencias, las modas, los eslogan y frases fáciles. Pongamos consciencia en el mensaje de fondo que transmiten. No nos quedemos en lo superficial. Cuestionemos con sentido y rigor todo aquello que sea incoherente, irresponsable, malicioso, manipulador, engañoso, y que destruya el bien común. Apliquemos en cada paso, en cada discurso, en cada acto un filtro infalible: ¿qué dice de mí esto que acabo de expresar? ¿qué dice de mí esto que acabo de hacer?

6.-Respetemos los compromisos, de palabra, obra y omisión. Estén en un papel o no. Si decimos que vamos a hacerlo, hagámoslo y, sobre todo, meditemos muy bien cuando nos comprometamos si podemos o no cumplirlo. No traicionemos nunca el compromiso con nuestra causa, con nuestro propósito vital, con los valores que defendemos, con las responsabilidades asumidas y con la confianza dada. Recordémonos unos a otros los compromisos contraídos.

7.- Usemos como norte el bien común, tengamos amplitud de pensamiento, reflexionando sobre las consecuencias que nuestras palabras y actos pueden tener, no solo para nosotros, sino para otros. Evaluemos a qué estamos contribuyendo, para qué y para quién. Practiquemos la empatía y la sensibilidad social como deporte. Aprendamos a vivir en comunidad y con comportamientos de ciudadanía organizativa.

Para lograr todos estos cambios necesitamos consciencia, empatía, responsabilidad, compromiso y, por supuesto, desearlo con todas nuestras fuerzas. Como dijo Spinoza el bien no solo hay que conocerlo también hay que quererlo, desearlo como algo bueno y loable. Saquemos todo nuestro carisma a la luz para defender y luchar por las cosas que verdaderamente merecen la pena: una sociedad y convivencia mejores. Cuándo comiences esta andadura te darás cuenta que hay muchas personas a tu alrededor que están deseando movilizarse también.

El movimiento genera más movimiento, por eso es importante que cada uno de nosotros se ponga en marcha para adoptar en todas nuestras áreas de actuación estos 7 principios, hacer examen de conciencia cada día acerca de su cumplimiento, inspirar a otros a que los adopten y acordar recordarnos su materialización.

El carisma es ejemplo

El ejemplo inspira y la inspiración genera creencias de autoeficacia colectiva, si tú puedes yo también puedo. Si tú lo haces yo también puedo hacerlo. Cuando hay personas que ponen todo su carisma al servicio del bien común es posible que también otras quieran intentarlo. Si queremos reducir el nivel de consumo de agua en una comunidad es necesario que cada persona asuma su cuota de reducción individual y comprometernos mutuamente a exigírnoslo ¿por qué no lo hacemos? porque el acto individual se percibe como un medio ineficaz para el logro del objetivo común. De ahí la importancia de actuar como ejemplos, de visibilizarlo, de demostrar que cada acto individual suma. La autoeficacia colectiva y social depende de la individual.

Esto puede sonar a utopía pero quizás sea la única forma de hacer realidad lo que el Premio Nobel de Economía, Jean Tirole defiende como ‘La econo­mía del bien común’, un manifiesto a favor de un mundo en el que la economía se vea como una fuerza positiva a favor del bien común, porque su objetivo es lograr un mundo mejor. Cada vez somos más los que buscamos convertir esta idea en una forma de vida, si sumamos fuerzas y compartimos carismas estaremos más cerca de lograrlo. Tú también puedes ser parte del cambio.


[1] Encuesta realizada por Harris Poll en asociación con JUST Capital en mayo de 2020. Just capital.com.

Artículo escrito por Mª Luisa de Miguel

Directora Ejecutiva de la Escuela de Mentoring

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