Julia Lescano: “en una vida escaparate se incentiva la copia, la masa, el grupo, la tribu, se anula lo diferente”

4 septiembre 2022

La vida escaparate es algo que me interesa profundamente. Lo conté cuando en la India vi el yate de la vergüenza: «no era capaz de procesar lo que estaba pasando: hay quien aspira a vivir la vida como si fuera una serie de Netflix. Quien visita un país sin pisar el suelo, sin mezclarse con su gente, usa hoteles de lujo, come en McDonalds, cámara y ¡acción! Lo único importante: la foto. Compartir en Instagram y con los colegas nuestro viaje, con la mejor perspectiva. Lo de menos, comprender qué pasa allí, sumergirte en la experiencia… El contraste entre la pobreza y la riqueza, lo auténtico y lo superficial, la confusión entre medios y fines me estaba generando un cortocircuito mental».

También hablé de esta vida escaparate cuando reflexioné sobre el ego: «te paseas por Instagram y el mundo es una fiesta, un ocio, un lujo, una felicidad, una reputación (efímera), una sonrisa… que no pasa el único filtro que no tiene la aplicación: el de la verdad. Vivimos en una gran mentira, alimentada por nosotros mismos. Dirigimos nuestra propia película, creyéndonos protagonistas. Pero, en la soledad de nuestra casa, el vacío nos arrasa: no superamos nuestro propio juicio. Estamos plagados de miedos, luchamos contra ellos y no siempre tenemos una brújula que nos marque el camino».

Y tras escribir sobre la quietud acabé de leer el libro de Julia Lescano, Vida Escaparate. ¿Vivir para ser visto o ser visto para vivir? Julia es una arquitecta, argentina, especializada en temas de Historia, Arquitectura, Arte y Diseño. Y su libro es una profunda reflexión sobre lo que significa esto de vivir en el escaparate, desde muchas aristas diferentes, pero complementarias. Una lectura obligada para una sociedad que las propias redes sociales nos están transformando.

—Julia, me has ganado desde la primera pregunta, ¿Vivir para ser visto o ser visto para vivir? Detrás de esta pregunta está lo que denominas “vida de escaparate”. ¿En qué consiste?

La “vida escaparate” es un nuevo estilo de vida que surge como síntoma de una sociedad que necesita mostrarse y exhibirse para pertenecer y ser parte de un todo.

—¿Es el escaparate un fin en sí mismo?

En el libro hablo de varios tipos de escaparates, pero creo que de los que más deberíamos ocuparnos aquí es de las redes sociales.

La mayoría de usuarios que hoy se exhiben en las redes persiguen un único fin: ser reconocidos y valorados con un like. El ser auténtico pasó de moda en pos de pertenecer. También cayeron en desuso el sentido de la vida y la autorrealización.

Por el contrario, da la sensación de que muchos son dueños del mismo objetivo de vida que tiene que ver con encajar, seducir y atraer miradas. Resulta difícil resistirse a lo que hace la mayoría y a lo que demanda la sociedad. Hoy vale más “gustarnos” que encontrar nuestro yo y descubrir nuestra verdadera naturaleza.

Antes nos dejábamos ver por las calles, o en un bar. Hoy han cambiado los escenarios pero los actores seguimos siendo los mismos y el objeto que perseguimos también es el mismo: “ser vistos”, que nos miren, pertenecer a un grupo, etc. En síntesis, mirar y ser mirados es algo inherente a la naturaleza humana.

Las redes deberían ser un lugar en el cual poder transitar, pero no la vida misma. En la vida escaparate,  el fin se ha convertido en medio.

—Pero, tal y como lo cuentas, todo es bastante superficial, basta que dejemos de ser “interesantes” para no estar en ese escaparate… ¡y la vida se nos puede venir abajo!

En el libro hablo de “los mirados”, como los nuevos sujetos que habitan el ciberespacio; los llamo así porque eso es lo que buscan: ser mirados.

Se trata de una nueva etnia producto de la era digital que habitan en espacios virtuales y son los protagonistas por excelencia de la vida escaparate.

Los mirados, como el vidrio, son personas frías, de poco espesor, no tienen contenido de calidad para “compartir”, suelen mostrar en las redes una cotidianidad sin espesor e intrascendente. Trabajan desde la superficie de las pantallas, lo cual les impide zambullirse y bucear en temas profundos, no pueden ver más allá. Siempre son protagonistas, solo se muestran en primer plano en sus pantallas. Aprendieron a posar, a lucirse, a “verse bien”, más allá de cómo puedan sentirse realmente. Sus vidas parecen salidas de un cuento de hadas y a veces simulan ser tan perfectas que resulta sugestivo.

Por supuesto, como pasan tanto tiempo en las redes o preparando material para publicar allí, la vida real no tiene demasiado soporte para ellos y sí, lógicamente tienen altas posibilidades de caer en los abismos de la realidad sin demasiadas herramientas para “sobrevivir” allí.

—¿Cuáles son las 3 razones que consideras que nos han arrastrado hasta esta situación?

En primer lugar, creo que principalmente tiene que ver con una cualidad humana que es la polarización. Habita en nosotros cierta tendencia de llevar todo al máximo, hasta agotar los recursos. Nos dieron nuevas herramientas (internet, el móvil, las redes) y no supimos encontrar el límite, permitimos que nuestra vida pasara de ser analógica a digital sin medir las consecuencias. Además, hemos dejado que la herramienta nos controle.

En segundo lugar, considero que deberíamos revisar la falta de pensamiento crítico, para no aceptar todo lo que nos es dado sin siquiera preguntarnos si es bueno, malo, o si es adictivo, por ejemplo.

Nos hemos dejado engañar por la propaganda del progreso, hemos creído que la aceleración del tiempo era real. Ahora sí, tenemos en cuenta que todo progreso tiene su reverso, entonces hay un lado B de la sociedad de la imagen que no estamos viendo. Tal vez esta sea la cara oscura de las redes, ya que nadie nos dijo que eran capaces de producir esclavitud. Por ende, si eliminamos la mirada atenta y crítica, nos quedamos sin mecanismos para corregir el “desperfecto”.

Y por último, el creer que siempre lo novedoso es lo mejor, una creencia que encierra cierta trampa de caer y quedar atrapados en las “redes”.

—Eres arquitecta, ¿Cómo conectas la arquitectura con este razonamiento social?

El vidrio ha condicionado desde su surgimiento nuestra manera de ver el mundo. Todo lo “expuesto” puede ser visto a través de pantallas de cristal.

En el plano de la arquitectura, el vidrio es el material por excelencia para construir fronteras visibles, ya que se relaciona íntimamente con la luz y la visión. Este material logra que, inmersos en edificios o casas de cristal (lo que yo llamo “casas escaparate”), solo nos separe del exterior una frontera transparente.

El cristal se convierte en espejo o pantalla y nos genera un contacto que se presenta como “real” y cercano, ilusión de algo o alguien que no están presentes. Este material vítreo nos permite a los arquitectos “hacer más visibles” nuestros edificios y, al mismo tiempo, tiene el poder de condicionar al hombre en su forma de “ver” el mundo.

Volviendo al caso de las casas escaparate, ellas también obedecen al nuevo mandato imperante en la sociedad de ver y ser vistos, exponiendo a quienes las habitan como mercancías en venta. Esta nueva arquitectura no diferencia ni puertas ni ventanas, ya que sus fachadas se han convertido en paredes continuas de vidrio, donde apenas se dibuja un límite artificial entre el interior y el exterior.

Tal vez el problema no sea la cantidad de vidrio per se, sino la ironía de la transparencia. Esta nueva cara de la vida escaparate exige a sus habitantes mostrar obligadamente su vida doméstica y privada, tanto a los conocidos como a los desconocidos.

—¿Qué es lo contrario de una vida de escaparate?

Una de las consecuencias de vivir una vida escaparate es que los límites entre lo público y lo privado se han desdibujado, incluso en algunos casos se han perdido por completo. Esta nueva tendencia pone en jaque los límites entre lo público y lo privado; favoreciendo el traspaso de fronteras, in-out, en donde todo se confunde y cambia constantemente.

No hay borde entre nuestra vida pública y nuestra vida privada. Y como si esto fuera poco, tenemos el deseo de ser “públicos”, ya que, en el inconsciente colectivo, llevar una vida de exposición constante parece ser cool y divertido.

Las redes se han convertido en un “espacio o lugar” ideal para que lo privado se vuelva público. Por supuesto que esto ocurre porque sus usuarios así lo permiten, cada vez que se toman una foto o hacen un video y lo suben a sus redes.

Es probable que gran parte de estos usuarios opinen que no tienen nada que esconder, pero no se trata de no esconder, sino de la importancia de conservar al menos una parte de aquello que llamamos vida privada o intimidad como parte de nuestro tesoro, compuesto por algunos elementos que componen nuestra individualidad en la sociedad en la que vivimos.

Es decir que lo contrario de una vida escaparate sería aquella en la que conserváramos nuestra vida privada, lo doméstico, nuestra intimidad en lugar de publicar todo lo que hacemos como si se tratara de una foto novela que entrega un capítulo nuevo cada día.

—¿Cuáles son los grandes peligros de crear barrios, ciudades, sociedades orientadas en este tipo de valores efímeros?

Creo que el principal riesgo es que todo comenzará a parecerse demasiado, de hecho algo así ya está comenzando a suceder en los centros de las grandes ciudades que se han poblado de altos edificios cristalinos.

Por momentos, si observamos imágenes de los diferentes skylines del mundo, nos resulta difícil distinguir si se trata de Tokio, Madrid, Londres o New York. Si analizamos este fenómeno con ojos de urbanistas podremos notar que las ciudades están comenzando a perder su color local (en pos de un aura global) y, con ello, su identidad urbana y cultural.

Es probable, que conforme pase el tiempo y esta tendencia siga en aumento, sea cada vez más necesario adentrarnos en el interior de los países para encontrarnos con las verdaderas tradiciones, poder conocer sus costumbres, deslumbrarnos con sus construcciones de arquitectura vernácula, etc.

—A lo largo del libro conectas todo esto con el poder de la manipulación, la propaganda:

1.- ¿Crees en algún tipo de teoría de la conspiración en la que hay alguien, un gran hermano, que nos manipula?

Ahora que mencionas “Gran Hermano” me recuerdas que hace uno días me sorprendí al leer que se lanzaba la edición nº 22 de este formato en mi país. No debemos perder de vista que este formato televisivo fue el primero en hacer rentable la fascinación que el ser humano siente por la vida privada del otro. Demostró que no solo los famosos son interesantes, sino que los comportamientos de nuestros pares son dignos de criticar o copiar.

El arte de la  manipulación de las masas es un elemento importante en la sociedad. Está claro que existen mecanismos no visibles que nos influencian y nos manipulan. De esta manera, nuestras mentes son moldeadas, nuestros gustos son formados, nuestras ideas son sugeridas, generalmente por personas de las que nunca hemos oído hablar.

Respondiendo a tu pregunta creo que hoy son los medios (generalmente a través de las redes) quienes, como si se tratara de titiriteros, mueven esos hilos invisibles para favorecer tendencias y generar enfrentamientos.

Esto, lejos de generar un debate sano, en el que podamos pensar de forma independiente e intercambiar opiniones, degenera la información como si se tratara de una manipulación genética, generando mutaciones indeseables representadas en diferentes grietas en la sociedad a nivel local, nacional, mundial y global.

2.- ¿Cómo actuamos, como individuos, para controlar esa manipulación?

Para responder esta pregunta me gustaría citar a Noam Chomsky, quien ha señalado que “Lla manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica, porque destruye los cerebros.”

Es necesario que tengamos en cuenta que en las redes se realiza un excelente trabajo de manipulación emocional. Por un lado, quienes publican allí ejercen de maravilla el arte de la persuasión; por otro, la audiencia realiza un pésimo trabajo, puesto que no utiliza pensamiento crítico para evaluar lo que ve, lee o escucha.

Por tanto, es preciso que como sociedad y como individuos no perdamos de vista la necesidad de construir una mirada filosófica, ya que supone un antídoto eficaz contra la postverdad, la manipulación y la copia, todas plagas propias de la vida escaparate.

—De repente, un día vas a un Pub y te encuentras a todo el mundo con un Vaper en la mano. Una canción que no deja de sonar. Un corte de pelo… ¿qué hay detrás de este comportamiento en masa? ¿Nos anulan nuestra capacidad crítica?

El beneficio y la bendición de nacer distintos y únicos no se celebra por quienes fomentan la vida escaparate; lejos de eso, se incentiva la copia, la masa, el grupo, la tribu. Y ojo, no es que esté en contra de actividades grupales, de hecho, creo que son necesarias y enriquecedoras, pero una vez más creo que hecha la ley, hecha la trampa.

Tiene tanto espacio lo masivo y lo tribal, que hemos perdido de vista nuestro mundo individual, el cual es vital para nuestro desarrollo. Como parte de la vida escaparate existe cierta tendencia a que todos obedezcan, no cuestionen y, sobre todas las cosas, se muestran iguales o muy semejantes, como algo divertido y necesario.

Como consecuencia, el sentido crítico, motor de las masas y del cambio, se ha disuelto en pos de divertirnos y distraernos. Muchos creen que producen, que construyen red, que son libres y se expresan, cuando en realidad son títeres, piezas móviles y sujetos obedientes de un sistema ultra pensado y calibrado, con una inteligencia magistral.

Tratan de convencernos de que somos muchos, de que nos queremos, de que estamos cerca, nos apoyamos y nos acompañamos, cuando en realidad estamos cada vez más solos y divididos, incluso en nuestra propia individualidad.

Como nos indujeron a distraernos en parecer, no pudimos ocuparnos de ser y, mucho menos, de conocernos. Sobre todo, no nos mostramos verdaderos y genuinos por la sencilla razón de que no sabemos cómo somos, nos da miedo saberlo, y más miedo nos da el pensamiento, el gusto y la aceptación del otro. Estamos separados de nosotros mismos. Intentamos conformar un todo, hecho con partes separadas, lo que supone un gran desafío.

Cuanto más nos centramos en mirar y admirar al otro, menos nos miramos. Más nos alejamos de nosotros mismos, de vernos y de reconocernos tal cual somos.

Aun así, elegimos ser espectadores, desestimar el rol de actores principales, copiarnos. Nos “seguimos” y no nos encontramos y como resultado, nos perdemos cada vez más. El extraño se ha vuelto conocido y el yo se vuelve desconocido y extraño.

—Y, ¿ahora qué? ¿Qué tres consejos darías a nuestros lectores para escapar de este pensamiento rebaño y empezar a encontrar nuestra propia identidad?

Creo que no hay misterios, ni recetas magistrales para esto. Simplemente poder destinarnos tiempo a nosotros mismos, hacer una pausa ya sea para meditar, dar un paseo, leer un libro o hacer un deporte. Cualquiera de estas actividades analógicas exigirá nuestra plena atención y favorecerá ir al encuentro con nosotros mismos.

Se trata de recuperar parte de lo que perdimos. Hasta hace unos años vivimos sin tener redes sociales, sin la necesidad de saber todo de todos, ahora que las tenemos y su uso se nos está yendo de las manos, debemos aprender a hacer uso consciente y responsable de ellas. Elegir cuanto tiempo estamos expuestos en ellas, a quien seguimos o dejamos de seguir, qué nos conviene publicar y que no, etc. Todo esto exige que recuperemos el control, que tomemos el mando de nuestra vida de manera un poquito más cuidadosa.

Últimamente, lo colectivo ha tomado mucha prensa, no digo que esté mal, pero en lugar de integrarlo en su justa medida, algunos han reemplazado su vida privada para seguir al rebaño. Nuevamente es una cuestión de cantidad donde se prende la señal de alerta que nos dice: “ojo, de nuevo te estás polarizando”.

—Algunas preguntas rápidas para conocerte mejor, Julia.

1.- ¿Un libro que te haya marcado durante años?

Juan Salvador Gaviota de Richard Bach, porque me parece un tratado sobre la vida, sobre la importancia de la libertad, de ser fiel a uno mismo y de trabajar para construir lo que uno desea.

2.- ¿Qué te motivó a levantarte un día y decir, ¡tengo que escribir este libro!?

Creo que cuando me convencí de que mis sospechas eran ciertas, de que lo parecía ser algo novedoso se estaba imponiendo, tomando el control de nuestras vidas para pasar a ser la vida misma. Cuando las pantallas y el vidrio comenzaron a construir territorio, se convirtieron en una extensión de nuestra mano nuestra mano y pasaron a ser una de uso cotidiano.

3.- Un autor o alguien que te inspire.

No soy muy de tener “Ídolos”, pero si, lógicamente referentes: Juhani Pallasmaa, Tomás Maldonado, Marc Augé.

Artículo escrito por Javier García

Editor de Sintetia

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