Inteligencia artificial y ética… ¿También artificial?

24 noviembre 2016

Se llama Sofía. Nació del amor interesado entre el Big Data y un óvulo alquilado de nombre «Character Engine AI». Su padre adoptivo, Ben Goertzel, no se cansa de resaltar que, si bien todavía la criatura exhibe ciertos rasgos de sociópata (alguna vez ha afirmado que va a destruir a la humanidad), está programada para que, conforme vaya madurando, sus emociones sean cada vez más inteligentes hasta convertirse casi en la nuera que toda suegra quisiera. De hecho, también ha prometido casarse, en una intrigante contradicción (¿o quizá coherencia?) con su afirmación anterior.

Sofía pertenece al género humanoide y está siendo la sensación de cuantos eventos tecnológicos visita, en parte por sus exabruptos verbales y sobre todo por sus 62 arquitecturas faciales y de cuello que le confieren un aspecto algo «asiliconado», pero bastante humano.

Ante esto parece que los nuevos robots ya no se conforman con estar presentes en nuestra vida diaria sino que aspiran a ser como nosotros, con una especie de halo vital propio y buscando poseer características hasta ahora exclusivas del ser humano. De hecho, su ángel de la guarda, Goertzel, afirma que «desarrollarán sentimientos de afecto hacia los humanos, a los que acabarán ‘queriendo’, pero también les superarán en inteligencia, empezarán a desarrollar trabajos mecánicos y acabarán gobernando naciones.» (Obsérvese la proximidad entre el adjetivo «mecánico» y el verbo gobernar;  falta poco, al parecer, para que los Parlamentos se conviertan en cadenas de montaje).

Robótica: de la utilidad evidente a la ética imposible.

La robótica, como tantos otros hitos de la evolución científica y el desarrollo humano y social en general, trae consigo no pocas preguntas de índole ético. Nuestra vida ya no es solo consecuencia de ciertos ingredientes con los que nacemos, de las habilidades y conocimientos que vamos adquiriendo, de nuestras decisiones y del azar inevitable. Ahora es, además, el resultado del procesamiento de una serie de datos que vamos desperdigando de forma casi siempre inconsciente. En otras palabras, la libertad que creíamos tener pasa a segundo plano ante un destino casi programado o al menos previsible. Si la afirmación parece exagerada bastará, por ejemplo, con entrar a WTF Should I Do With My Life, una web en la que, ¡ahí es nada!, te resuelven la gran duda. Porque la respuesta al  «qué vas, voy, te gustaría… ser de mayor» está a golpe de un clic en el enlace anterior.

Habremos de reconocer las enormes ventajas de la robotización de ciertas actividades que nos permiten mejorar abundantes aspectos de nuestra vida, desde el ocio a la salud. Es imposible negar que ingenios como el robot quirúrgico da Vinci logran un nivel de precisión tanto en incisiones como en cosido que ningún cirujano humano es capaz de hacer, entre otras cosas porque da Vinci puede ser manejado desde las antípodas de la mesa de operaciones. Pero las máquinas, como decía, aspiran, a ser y sentir como nosotros…. Y ahí comienza el dilema.

La ética, como referencia de nuestro comportamiento, fruto, a su vez, de nuestros valores, convicciones, costumbres…, es un filtro que conviene tener activado por defecto en nuestra vida. Ser buena persona, no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, ir más allá de las obligaciones legales, de los sentimientos puntuales y subjetivos, e incluso de los mandamientos religiosos en los que creemos es el camino de una forma de ser ética que seguro que la mayoría recorremos con cierta dignidad, aunque a veces cojamos atajos reprobables.

…Y no me imagino este razonamiento convertido en código en el software  que controla a nuestra amiga Sofía. Me da la impresión de que está en asuntos más prosaicos.

Controla y vencerás.

La inteligencia artificial, para aproximarse a una inteligencia «natural», debería incluir aspectos más allá de las habilidades operativas. Hasta ahora se ha avanzado mucho en la capacidad de análisis y previsión. Google, Facebook y tantos otros estudian nuestro comportamiento para ofrecernos aquello que «ya saben» que nos conviene (publicidad programática). Nos aconsejan, nos dirigen y, a tenor de las consultas de sicólogos y siquiatras, pueden llegar a condicionar nuestra vida. Y ello porque el libre albedrio se ve sometido a una rutina de software.

El cerebro humano es tan grandioso como vulnerable. Quienes nos dedicamos al marketing y alrededores tenemos en el neuromarketing un filón que apenas está dando los primeros pasos pero que aporta ya abundantes pruebas de la capacidad de control sobre el comportamiento del consumidor que podemos tener en esta profesión. ¿Goebbels ?.. un aficionado. De nuevo, eso que llamamos ética debe marcar la diferencia entre lo posible y lo correcto.

Javier Ongay Sintetia_IA

Es natural que se llame inteligencia artificial.

Un primo hermano de Sofía, en este caso de nombre Todai, logró el año pasado superar las pruebas de acceso a  la universidad japonesa. Sin embargo el objetivo de sus creadores era conseguir una capacidad suficiente como para ser admitido en una de las universidades más exigentes, la de Tokio. Y ahí, ha fracasado. Dicen sus mentores que, aunque es bueno en Física y Matemáticas, en humanidades deja bastante que desear; al parecer le falta «pensamiento crítico» y no ha logrado desarrollar la habilidad de solucionar problemas basándose en la experiencia. Es un consuelo.

Bueno será, por tanto, dejar a la inteligencia artificial y a sus criaturas en sus «artificios». Al menos mientras no sean capaces de sintonizar con aspectos como la libertad, los valores, el discernimiento entre el fin y los medios,… en fin, eso que nos convierte en humanos, incluso al margen de nuestra inteligencia.

Capítulo aparte merecerían el conjunto de emociones que buena parte de los miembros de la especie animal somos capaces de sentir y expresar y que, espero, nunca cabrán en un software. Es verdad que ciertas emociones son resultado de «datos», es decir, de experiencias, herencia genética, funcionamiento neuronal…, perfectamente procesables. Pero siempre hay un no sé qué que qué sé yo  que convierte la emoción, sea cual sea, en algo distinto y, nunca mejor dicho, incalculable. Emociones y sentimientos son los okupas del alma. Algo que Sofía y Todai ojalá nunca entiendan, aunque lo intenten con toda su alma.

Artículo escrito por Javier Ongay

Consultor de Comunicación. Prof. ESIC Business & Marketing School

2 Comentarios

  1. asesoria laboral

    Genial, la tecnologia en las empresas primordial en el mundo de ahora!

    Saludos

    Julian

    Responder
  2. seleccion ejecutivos

    Muy buen articulo, cargado de informacion valiosa!

    Romitta

    Responder

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