La delicada situación de la I+D en la economía española

3 abril 2013

Hace unos días, un amplio grupo de asociaciones e instituciones científicas de carácter nacional e internacional hacían llegar al Presidente del Gobierno una “Carta Abierta por la Ciencia en España” respaldada también a título individual por más de 26.000 científicos de 80 países. Apoyaban la carta seis Premios Nobel, numerosos Premios Príncipe de Asturias, premios Nacionales de Investigación y Académicos de Reales Academias españolas e internacionales. El consenso emergente es claro: España no es un país para científicos. Los brotes sembrados durante las dos últimas décadas pueden ser erradicados por la falta de recursos y la incertidumbre que asola el panorama español. Los investigadores jóvenes, ya de por sí acostumbrados a la movilidad internacional, pueden acabar abandonando masivamente el país ante la falta de perspectivas que la coyuntura española presenta. ¿En qué medida supone este posible éxodo una amenaza para la recuperación de la economía?

La investigación y la innovación constituyen para la teoría economía moderna el núcleo del crecimiento a largo plazo. En los países desarrollados, con la mujer ya plenamente incorporada al mercado de trabajo, las ganancias de productividad y de bienestar se producen solo cuando la innovación altera los procesos productivos para conseguir producir más con menos recursos. Este proceso de descubrimiento abre nuevas oportunidades productivas en las denominadas “actividades basadas en el conocimiento”. Pero, tras años de tímidos aumentos, la crisis ha puesto freno a una inversión en I+D que en 2011 suponía todavía un 1,3% del PIB frente al 2% de la Unión Europea. A pesar de que la percepción del ciudadano y el discurso político coinciden en la importancia de la I+D como motor de progreso, los recursos no se materializan y cada año se acumulan nuevos descensos de los fondos públicos a través del recorte de subvenciones, de becas o de financiación de centros de investigación. Además, el volumen total de inversión privada es también menor: mientras la empresa media europea invierte unos 318 euros en I+D por habitante, dicha inversión solo alcanza en España los 160 euros.

No obstante, la convicción generalizada de que la I+D es la senda inexcusable del progreso ha convivido en España con la percepción de que los esfuerzos en este conjunto de actividades no han dado todos los frutos que se podría esperar, lo cual explicaría la relativa pasividad de la ciudadanía ante los recortes en este área. La mejoría producida durante las últimas décadas no consiguió evitar la formación de la burbuja inmobiliaria ni ha conseguido consolidar ningún clúster tecnológico relevante en España. Así, según las estimaciones del prestigioso observatorio ABACO, el PIB generado en “actividades basadas en el conocimiento” se mantenía en España muy por detrás de la del resto de países desarrollados. Concretamente, solo el 27,7% del PIB español está compuesto por dicho tipo de actividades, frente al 38% de Francia, el 43,4% de Italia o el liderazgo indiscutible de Estados Unidos, con el 59,5%.

¿Cuáles son los mecanismos de inversión en I+D que conducen a un aprovechamiento de la inversión por parte de la economía real? Producir conocimiento es complejo y costoso, y la rentabilización de dicha inversión, como explica la geografía económica mundial, requiere una alta concentración de inversiones, talento y capacidad empresarial. Pero las disparidades en España son muy amplias. Siete de cada diez euros invertidos por las empresas I+D se concentran en cuatro comunidades: Madrid, Cataluña, País Vasco y Navarra. Salvo en el caso de País Vasco y Madrid, dichas inversiones son mucho menores que en el resto de los países de la Unión Europa. Parte del problema se encuentra en que la innovación depende en gran medida de la excelencia de los centros de educación superior. Y, según el Academic Ranking of World Universities (conocido como “Ranking de Shanghai”), no hay ninguna universidad española entre las doscientas mejores del mundo.

¿Qué ha fallado en España? ¿Podrán las actividades basadas en el conocimiento liderar la recuperación en medio de una coyuntura tan desfavorable para la I+D? El interesante caso del inodoro creado por el California Institute of Technology arroja luz sobre algunos aspectos clave.

El “inodoro de Caltech”

El 40% de la población mundial no tiene acceso a un inodoro, y dicha carencia supone la muerte anual de un millón y medio de niños por la ingestión de alimentos contaminados por aguas fecales, cifra muy superior a las muertes causadas por el SIDA y la malaria. ¿Cómo es ello posible 238 años después de que Alexander Cummings patentase su invento? Aunque el inodoro es una de las tecnologías que mayor impacto ha generado en el bienestar de las personas a lo largo de la historia, la carencia de infraestructuras de canalización, inasequibles para muchos países de renta baja, hace que la adopción completa no haya sido posible.

En un importante esfuerzo para conseguir instalar inodoros allí donde las infraestructuras no lo permiten, la Fundación de Bill y Melinda Gates destinó el año pasado 3,3 millones de dólares a dicha tarea. Para ello se escogieron ocho de las mejores universidades del mundo y a cada una de ellas se le asignó un presupuesto de 400.000 dólares para ejecutar el siguiente reto: los equipos de investigación debían inventar un nuevo inodoro que potabilizase el agua tras recibir los desechos, generase fertilizantes, no dependiese de la red eléctrica y tuviese un coste de mantenimiento anual inferior a 5 céntimos de dólar. Un año después, el equipo del Instituto Tecnológico de California se proclamaba ganador, obteniendo un premio adicional de 100.000 dólares. El nuevo inodoro funcionaba a través de energía solar, la cual utilizaba para potabilizar el agua y convertir los desechos en hidrógeno y fertilizante, que a su vez podía utilizar para generar energía eléctrica adicional. El inodoro diseñado es completamente autónomo y tiene un coste de mantenimiento inferior a los 5 céntimos presupuestados. Se trata de un gran avance que permitirá el acceso de los países más pobres de África a un instrumento para combatir el cólera, la malaria, la contaminación de los alimentos y, por tanto, luchar de una forma más efectiva contra la pobreza.

Este curioso caso real permite explicar algunos hechos diferenciales de la I+D:

1.- En primer lugar, que una tecnología esté “inventada” no implica que no pueda ser de nuevo “reinventada”. Toda innovación suele partir de la combinación de elementos ya existentes –todos los componentes del inodoro de Caltech eran conocidos-, por lo que cada nueva tecnología descubierta abre nuevas posibilidades para la innovación. La aplicación práctica de nuevas innovaciones no tiene por qué depender de nuevos descubrimientos enormemente técnicos y complejos, sino también de la combinación de elementos conocidos.

2.- En segundo lugar, la historia recuerda el poder de los incentivos. Un buen diseño de incentivos que coloque al talento y los recursos adecuados a resolver un problema concreto puede producir resultados asombrosos. ¿Qué habrían conseguido en cambio subvenciones genéricas por valor de 3,3 millones? ¿Son comparables las actuaciones guiadas hacia objetivos concretos con los resultados obtenidos por las deducciones fiscales a la I+D?

3.- La reinvención del inodoro se debe especialmente a la calidad media de las universidades seleccionadas. El talento, el conocimiento y los instrumentos para resolver problemas se cultivan con formación y experiencia, siendo necesario un stock mínimo de capital humano capaz de convertir el conocimiento en soluciones y que éstas puedan comercializarse o distribuirse para el beneficio de la sociedad. La fragmentación de la universidad española y su escasa apuesta por la excelencia van en contra de estos requisitos.

4.- El centro ganador, conocido popularmente como Caltech, se encuentra muy cerca del mayor clúster tecnológico mundial, Silicon Valley, donde el flujo de personas e ideas entre la universidad y la industria es constante y habitual. Pero un clúster de dichas características no se crea en cuestión de unos pocos años: han sido necesarias varias décadas de concentración de las empresas tecnológicas más punteras a nivel mundial y de un núcleo de universidades que incluye tres de las seis mejores del mundo (Berkeley, Stanford y Caltech).

Los próximos años serán especialmente duros para la investigación en España. Pero, aunque las actividades basadas en el conocimiento no podrán liderar a corto plazo la recuperación, son el único camino viable de futuro a pesar de los fuertes recortes que está sufriendo la investigación. Su crecimiento dependerá de una mejor alineación de incentivos –alejándose definitivamente de la subvención no ligada a objetivos-, de una mayor apuesta por la excelencia en la formación superior y de una mayor concentración geográfica de dicho tipo de actividades.

Artículo publicado en la revista Tiempo

Artículo escrito por Javier García

Avatar