Diego S. Garrocho: “no crearía una empresa sólo con filósofos, pero tampoco ningún proyecto complejo que no se apoye en el pensamiento filosófico”

27 marzo 2021

El pensamiento filosófico fue, es y será siempre una fuente inagotable de saber. Una vacuna contra la mediocridad intelectual. Quizás porque somos un portal de management y finanzas creo con absoluta firmeza que tenemos que estrechar puentes del conocimiento.

Lo dije una vez: Nos gusta lo básico, lo sencillo, lo fácil, lo lineal, los atajos, en definitiva las condiciones suficientes. Cuando estudiamos matemáticas estas condiciones suficientes eran difíciles de comprender en profundidad. La lógica tiene unas reglas afiladas e inquebrantables. Pensamos que es suficiente pasar por una facultad de económicas, medicina o ciencias de la información para ejercer de economista, médico o periodista. En cambio, lejos de ser suficiente estamos en un punto necesario y tremendamente lejano de la realidad.

Tener una buena caña no te hace mejor pescador. Tener más dinero en la cuenta corriente no te hace mejor persona, ni más listo, ni más guapo, ni más importante. Escribir en un ordenador mejor no te convierte en escritor ni en publicista, saber coser un botón en diseñador de moda, publicar en Twitter no te consagra como periodista, ni hablar idiomas te convierte en trabajador de la ONU. Ya sé que estoy banalizando mi argumento contando tonterías que cualquiera puede saber.

El problema es que todos nos zampamos titulares, noticias, e información a diestro y siniestro, todos los días a todas las horas, que relacionan causas y efectos, condiciones suficientes, cuando en realidad esconden tantas banalidades, sino más, de las que acabo de comentar, pero mejor disfrazadas.

En este incansable objetivo de ayudarnos a pensar y a dudar, me siento tremendamente orgulloso de hablar con Diego S. Garrocho. Es profesor de Ética y Vicedecano de Investigación en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid. Donde coordina el Máster en Crítica y Argumentación Filosófica. Es autor de libros como Sobre la nostalgia. Damnatio memoriae o Aristóteles y Una ética de las pasiones. Diego publica regularmente en revistas nacionales e internacionales de investigación y  en prensa generalista. Además, forma parte de los equipos de dirección de la Revista Índice y Actuarios y es presidente del think tank Ethosfera.

Pensamiento filosófico y la transferencia de conocimiento

—Diego, parece que todo el mundo asocia “transferencia de conocimiento” a la ciencia, a las batas blancas. ¿Qué papel juega la transferencia de conocimiento en la filosofía (o las humanidades en general)?

La transferencia del conocimiento consiste, fundamentalmente, en trasladar las conclusiones de la investigación a ámbitos de interés público en un formato que pueda resultar útil y accesible. Es cierto que en algunos sectores existe un prejuicio en el que la investigación parece quedar circunscrita al ámbito de las ciencias experimentales, pero quiero pensar que esa antigua miopía cada vez es menor.

Las universidades y los centros de investigación generan y retienen cantidades muy notables de conocimiento que socialmente no podemos permitirnos desaprovechar.

Es obvio que un lingüista que trabaja en el procesamiento de lenguaje natural o un filólogo que trabaja una edición crítica para que podamos leer a Séneca en correcto castellano están investigando. Durante el proceso investigador hay muchas conclusiones que no resultan inmediatamente visibles y que pueden generar un rendimiento pedagógico, cultural o incluso empresarial. En el ámbito en el que yo trabajo, la ética y la filosofía política, esa transferencia cada vez es más demandada.

La responsabilidad social corporativa o los riesgos ASG (Environmental, Social, Gobernance) son ámbitos en el que la investigación humanística puede generar una inmensa transferencia.

Cada vez más las corporaciones se asumen a sí mismas como agentes políticos, en el sentido de que son agentes públicos, y ahí la transferencia del conocimiento juega un papel determinante.

Quienes de algún modo asumimos esa vocación transferidora intentamos conectar el ámbito civil y público con los centros de investigación.

A veces miro mi facultad y hago recuento de las compañeras y compañeros que trabajan allí y no conozco demasiados lugares en el mundo, sin exagerar, que reúnan tanto talento. El esfuerzo colectivo de todas estas personas no puede quedarse encerrado en el circuito habitual de papers y congresos, tenemos que generar un retorno social con el que corresponder a la confianza que se ha depositado en nosotros. Es nuestra vocación y, sobre todo, nuestra responsabilidad.

Pensamiento filosófico y mercado laboral

—No es casualidad, entonces, que cada vez más filósofos trabajen para empresas tecnológicas en la frontera de la tecnología, ¿verdad?

Una persona que con 17 años decide estudiar filosofía está demostrando dos rasgos que, profesionalmente, creo que tienen gran interés empresarial: originalidad  y valentía. Sólo por ese sesgo creo que los egresados en filosofía pueden justificar el interés creciente que están despertando en el mundo laboral.

Además, cuatro años de formación sometiéndose a un intenso ejercicio de reflexión abstracta creo que les provee de una formación singularmente adaptable al ámbito profesional. No seré tan ingenuo como para sostener que nuestros estudiantes tienen virtudes insólitas pero sí creo que las habilidades y capacidades adquiridas en un grado o en un postgrado de filosofía son difícilmente adquiribles en otros áreas.

Yo no haría una empresa sólo con filósofos pero estoy seguro de que tampoco emprendería un proyecto complejo sin contar con personas familiarizadas con el pensamiento filosófico.

Tecnología y Filosofía, más que amigos

En el ámbito tecnológico el interés por la filosofía es doble.

Las personas con formación filosófica pueden llegar a ser analíticamente muy solventes sin que se resienta su creatividad, y eso en el sector de la tecnología puede ser un matiz diferencial.

Además, y probablemente esto no dejará de hacerse aún más patente. La industria tecnológica es una de las que más desafíos éticos y morales desencadena por lo que el juicio de personas con conocimientos y un pensamiento filosófico en ese terreno acabará por hacerse indispensable.

Reclamamos atajos sencillos ante la complejidad, y es un error

—Vivimos en el tuit, en el titular, en la información exprés… ¿se nos está olvidando la complejidad y el pensamiento filosófico?

Creo que no sólo se nos ha olvidado la complejidad sino que, desafortunadamente, estamos reclamando respuestas cada vez más sencillas. Internet nos aboca a a varios riesgos:

  • El primero de ellos es estructural y tiene que ver con las herramientas que normalmente empleamos para comunicarnos: los tuits o los artículos compuestos con vocación de viralización normalmente basan su éxito en la crítica y en la confrontación.
  • El odio y un uso efectista del ingenio son los ingredientes fundamentales.
  • El gesto más exitoso en cualquier foro es siempre la afrenta o la ridiculización del disidente.
  • Existen muy pocos lugares donde podamos integrar soluciones complejas a partir de una exposición plural de ideas.

Además, y esto es todavía más determinante, internet está erosionando nuestro régimen de atención. Estamos sometidos a una constelación de estímulos que nos imposibilitan tener ventanas de concentración amplias, pausadas, profundas... Los expertos sostienen que esa imposibilidad alcanza ya condiciones neurológicas y previsiblemente irreversibles.

Me gustaría ser posibilista y sostener que no es que pensemos peor, sino que pensamos de forma distinta… pero creo que no.

Estamos condenados a pensar peor ante la bulimia de información si no está epistémicamente orientada. 

—¿Qué es lo más importante en el proceso lógico de pensar, de crear ideas? ¿Lo importante está en hacerse las preguntas adecuadas?

Me encantaría tener autoridad suficiente como para resolver una pregunta tan compleja pero, desafortunadamente, no tengo una respuesta. Sí creo que lo de hacerse las preguntas adecuadas es una coquetería que gasta la filosofía consigo misma y esa apuesta, a veces, corre el riesgo de hacerse frívola o conformista.

Cualquier persona, desde la filosofía o no, cuando enfrenta un problema tiene que asumir la necesidad de formular respuestas o soluciones, inferir la mejor explicación de cualquier fenómeno problemático. Lo contrario es bonito, abona una imagen romántica del pensador fabulante… pero es un lujo que creo que deberíamos dejar de alimentar.

Retomando la pregunta, me atrevería a exigir algo básico cada vez que pensamos: que seamos fieles al principio de no contradicción formuló Aristóteles. Es una regla básica, casi un requisisto preliminar, pero cada vez lo violentamos con más alegría e impunidad.

Sin ilusión colectiva no hay sociedad

—Nos decía Víctor Lapuente que, en los estudios que existen sobre el tema, el narcisismo está creciendo con fuerza. Cada vez exigimos más a cambio de lo menos posible, somos más individualistas y egocéntricos, ¿necesitamos proyectos colectivos, una ilusión colectiva para desarrollarnos como sociedad?

Creo que incluso sería más ambicioso:

sin ilusión colectiva no hay sociedad. Lo único que puede unirnos, al contrario de lo que piensan algunos, no es un pasado común sino un propósito conjunto en el que poder depositar una emoción constructiva como la ilusión.

Sin embargo cada vez existen más razones para la desesperanza: el cambio climático, la desazón derivada por la pandemia, la degeneración de nuestro entorno político…

El narcisismo es una forma de egoísmo y detrás de toda experiencia egoísta siempre hay un miedo profundo.

Las personas generosas, espontáneas, abiertas… suelen ser valientes. Creo que detrás de esa voracidad narcisista lo que hay es terror y un miedo inconfeso a estar solos.

El pacto entre las élites

—Parece que vivimos la época de mayor fragmentación social (urbano/rural, jóvenes y no jóvenes, derechas-izquierdas). Lo hemos visto en Estados Unidos, con el Brexit, en España que está cada vez más polarizada la política. ¿Alguna vacuna?

Desde hace unos años estoy convencido de que lo único que podrá revertir una circunstancia como la que vivimos es un pacto entre las élites. Por élite no entiendo una aristocracia económica ni un linaje social; no me estoy refiriendo a una conspiración secreta en un foro internacional sino una aristocracia moral que sea capaz de planificar y pactar al servicio de lo común.

Creo que nuestros mejores hombres y mujeres deben adquirir un compromiso cívico sin precedentes.

En ese sentido, por ejemplo, creo que los medios de comunicación deben hacer un esfuerzo sin precedentes por revertir el estado de polarización y desinformación. Yendo más allá de las exigencias legales y previsibles y reconstruyendo un espacio de opinión pública plural, democráctico, veraz y riguroso.

Precisamente estoy desarrollando con Elena Herrero-Beaumont el think tank Ethosfera, cuya misión esencial pasa por construir virtud pública en el contexto (y ante los riesgos) de la democracia digital. El proyecto es apasionante y, ante la complejidad de todas los factores que amenazan nuestra democracia, diría que es una iniciativa urgente.

La creatividad como concepto fetiche

—Tú que estudias y aportas docencia en este campo: ¿en la diversidad está la creatividad? ¿Las sociedades más diversas, inclusivas y abiertas, facilitan el conocimiento y el progreso?

Creo, con toda modestia, que con respecto a la diversidad nos encontramos con otro concepto “fetiche”.

En todos los lugares se asume la diversidad como un valor lo que, a poco que analicemos el significado del término, es necesariamente un absurdo. Nadie querría ver a un “tarotista”, a un neonazi o a un niño de 6 años en el Consejo de Ministros para favorecer la diversidad. Es decir, en un conjunto de elementos dados, sean estos cualesquiera que sean, añadir diversidad no tiene por qué ser necesariamente bueno.

Dicho esto entiendo que la diversidad que mencionas está circunscrita al ámbito de las ideas donde, en principio, la proliferación de conceptos, sesgos y propuestas divergentes sí puede generar una competencia virtuosa.

Sin embargo, una sociedad puede ser abierta y no necesariamente inclusiva, o inclusiva por asimilación pero absolutamente cerrada… Tampoco estoy seguro de que la apertura tenga inequívocos beneficios epistémicos: la URSS no fue una sociedad ni diversa, ni inclusiva ni abierta y fue una potencia científica abrumadora.

La justificación de la diversidad en el ámbito político creo que tiene un asiento y una justificación más estrictamente moral que práctica.

Europa renunció a construir un discurso moralmente saturado

—Se habla mucho de Europa, de su lentitud, de la dificultad de sentirnos europeos, … ¿es el proyecto europeo más necesario que nunca? ¿Cuáles son las grandes debilidades que encuentras en este proyecto?

Yo lo creo, y durante mi juventud fui un europeísta convencido y me esfuerzo en seguir siéndolo. Allá por el 2013 edité junto con Valerio Rocco, hoy director del Círculo de Bellas Artes, el libro Europa. Tradición o proyecto, que intentaba dar respuesta a esa pregunta.

A mi juicio, y no creo ser nada original en esto, el pecado de Europa ha pasado por renunciar a su liderazgo moral y a la constitución de un ethos reconocible.

No existen comunidades políticas sin fuegos sagrados, sin símbolos, sin signos que sean depositarios de ambiciones e ilusiones compartidas. Y Europa renunció a construir un discurso moralmente saturado.

La asepsia técnico-liberal y el ingenuo nihilismo moral por el que se optó hace que hoy pensemos en Europa como una reunión de burócratas con muchas tablas de Excel en el portátil, pero ningún libro de Cicerón. Ahí tenemos un problema.

Las Humanidades irán adquiriendo cada vez más peso profesional

—Las Humanidades son las grandes olvidadas. Pero las empresas necesitan cada vez ser más humanas, más apasionadas, con más propósitos. Necesitan ser ágiles y, por tanto, las personas y lo que les mueve, es el motor fundamental de futuro. ¿Estamos valorando mal, como sociedad, a las humanidades en los planes de estudio, en las empresas, en el mercado laboral?

Sin duda, pero también creo que eso se acabará revirtiendo. Partamos en primer lugar de un hecho obvio, que creo que resulta incontestable. Salvo capacitaciones muy técnicas, que requieran colegiaciones o destrezas muy puntuales y acreditadas, la mayor parte de las habilidades profesionales se adquieren en el ejercicio de los distintos trabajos.

La excelencia o mediocridad de un profesional no suele depender tanto de la formación que ha tenido entre los 17 y los 21 años salvo que vayas a ser otorrino, ingeniero que ejerce de tal o abogado colegiado.  

Hablar de “humanidades” es, además, una forma contigente y cuestionable de ordenar los saberes. Podemos afirmar, desde luego, que la historia o la literatura son disciplinas humanísticas. Pero no está ni mucho menos claro que Descartes fuera un hombre de letras.

Un lingüista o un experto en lógica (en general, el pensamiento filosófico) puede tener mucho en común con las ciencias aplicadas. Y en esa indefinición creo que pueden aparecer perfiles de gran interés para el mundo que viene. En el ámbito profesional, donde progresivamente se irán requiriendo repertorios de capacidades más amplias, creo que las humanidades irán ganando espacio.


Lo que sí creo que es estamos relegando a las humanidades en la enseñanza media, y eso es un atentado cultural y cognitivo dirigido contra las nuevas generaciones.

Las humanidades, en su repertorio amplísimo de disciplinas, valores morales y recursos, tienen la enorme ventaja de comunicarnos con quienes nos precedieron, de hacer algo más inteligible nuestro presente y, sobre todo, de comunicarnos con el conjunto de soluciones que la humanidad ofreció a problemas que son siempre parecidos a los que viviremos: desestabilizaciones políticas, crisis civilizatorias, fases constituyentes de nuevas sociedades…

Me da mucha pena ver cómo somos incapaces de procurarnos una reforma educativa ambiciosa, pactada y duradera en España. Probablemente sea el signo más inequívoco de nuestra fatiga moral y espiritual.

—¿Cuáles son las 3 claves de un pensamiento filosófico y crítico?

Probablemente… que nada es resumible en tres claves. Y el que ofrezca tres claves en un Power Point con colorines probablemente esté mintiendo o simplificando.

—¿Qué grandes lazos existen entre la Ética clásica y la contemporánea?

Muchos.

La ética es el área de la filosofía que mejor resiste la obsolescencia.

Por ejemplo, si tomamos la ética de Aristóteles, tres cuartas partes de lo que sostiene en sus tratados morales nos resulta válido en nuestras sociedades. Y lo que nos podría parecer más terrible (como la legitimación de la esclavitud), sigue teniendo una utilidad explicativa para comprender el origen de algunas formas de dominación contemporánea. Sin embargo, si tomamos su física o su marco astronómico veremos que casi todo ha sido superado, aunque siempre existirán intuiciones enormemente fecundas.

En el ámbito moral, en las últimas décadas ha habido una apuesta decidida por recuperar algunos paradigmas morales del pensamiento clásico, especialmente concentrados en reconstruir condiciones de prosperidad y felicidad, en lugar de prescribir simplemente conductas.

La pregunta por la vida buena, que es la pregunta de la ética clásica por excelencia, no ha perdido ni un ápice de vigencia.

Las nuevas amenazas a la democracia…y las preguntas que nunca cambian

—Y, al mismo tiempo, ¿dónde están los desafíos actuales de la Ética?

La respuesta técnicamente elegante pasaría por citar la inteligencia artificial, el transhumanismo o el impacto del big data, ámbitos en los que el desarrollo tecnológico actualiza o inaugura problemas y desafíos morales muy específicos.

Las nuevas amenazas a la democracia, desde las experiencias populistas o la cuestión medioambiental ocuparán, a buen seguro, gran parte de la agenda ética de los próximos años.

Sin embargo, y con toda humildad, yo soy muy poco presentista a la hora de actualizar los debates.

Las grandes preguntas son siempre las mismas: ¿por qué puede atraernos el mal?, ¿por qué conociendo el bien libre y voluntariamente decidimos hacer daño a otro ser humano?…

En el fondo, Platón tenía razón. La pregunta filosófica relevante tiene que interrogarse siempre por el bien, la verdad y la belleza. Lo demás, con todos mis respetos, son cuestiones adjetivas.

—Por último, por favor, recomiéndanos 3 lecturas que consideras son imprescindibles para todo ciudadano.

  1. Ética Nicomáquea de Aristóteles;
  2. Sobre la Libertad de John Stuart Mill;
  3. Lo que está mal en el mundo de G. K. Chesterton.

Artículo escrito por Javier García

Editor de Sintetia

1 Comentario

  1. Antonio Rodíguez

    Excelente entrevista ,muy interesante e enriquecedora.
    Saludos

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