Amalio Rey: «La prisa se ha convertido en una ideología»

30 agosto 2026

Vamos deprisa, yo el primero. La tecnología multiplica los caminos cortos, la inteligencia artificial promete ser la turbina definitiva y casi nadie se para a preguntar si el destino merece la pena. Amalio sí se lo pregunta. Y le ha dedicado un libro entero: «Vidas que importan. Cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos».

A los que seguimos su trabajo el giro nos descoloca un poco, porque Amalio es, sobre todo, el hombre de la inteligencia colectiva. Ya lo dije en nuestra conversación: una de esas mentes brillantes puestas al servicio de pensar mejor en grupo. Lleva más de una década en ello, y sus dos libros anteriores, «El libro de la inteligencia colectiva» y «Cómo impulsar la inteligencia colectiva», ambos en Almuzara, se colaron entre los diez mejores del año de los Premios Know Square.

Pero cuando lo lees entiendes que es el mismo camino, solo que un piso más abajo. De poco sirve diseñar organizaciones que decidan bien si quienes las habitan viven demasiado deprisa para pensar.

Con Amalio da gusto sentarse a hablar sin prisa y sin reloj, de esas charlas de las que sales con ganas de aprender y de seguir construyendo. Esta va, precisamente, de eso. Aquí la comparto.

Vidas que importan, tu nuevo ensayo: ¿qué libro has querido escribir?

Se me encendió la luz al leer una entrevista en la que alguien decía que escribía «para perdurar»; para publicar textos que «quisieran leer sus nietos». Hay algo de eso en este libro: quería documentar experiencias y aprendizajes que sospecho que seguirán siendo válidos dentro de muchos años.

Hoy, que está tan de moda el surfeo existencial y esa hiperactividad adaptativa que nos empuja a cambiarlo todo a gran velocidad, a mí me apetecía detenerme en lo que no cambia.

El tema principal está resumido en el subtítulo: cómo habitar con intención un mundo adicto a los atajos.

No quería escribir autoayuda clásica, sino pensamiento práctico con conciencia ética. No me interesan los manuales obsesionados con rendir más, sino las aproximaciones que integran la contradicción, abrazan la complejidad sin abrumar y nos ayudan a vivir mejor con los demás. Todo eso se condensa en dos preguntas que guiaron mi escritura: ¿a qué velocidad eliges vivir? ¿Qué precio pagas por tus atajos?

Varios textos del libro circularon antes de publicarse. Algunas personas los leyeron y luego los comentaron con sus hijos, sus parejas o sus amigos. Ver que abrían ese tipo de conversaciones íntimas y necesarias me animó a reunirlos en este ensayo. En el fondo, lo que propongo es dejar de vivir con mapas ajenos, cuestionar inercias y recuperar nuestra propia agenda.

Sigo tu trabajo, así que me ha sorprendido este cambio temático respecto a tus dos libros anteriores, centrados en la inteligencia colectiva. No te imaginaba escribiendo un libro que se acerca al territorio de la autoayuda.

Es verdad. Me preocupaba escribir sobre un tema en el que la gente no me reconoce una autoridad clara. No soy un autor asociado a la literatura del bienestar, y eso me hacía dudar de cómo funcionaría el libro desde el punto de vista editorial.

Pero para mí ha sido un proceso bastante natural. En las conversaciones sobre inteligencia colectiva, muchas veces me reprochaban que los grupos «piensan mal» si los individuos ya vienen mal pensados de casa. No siempre estoy de acuerdo, porque una buena reflexión colectiva también puede compensar sesgos individuales.

Pero sí hay algo cierto: la inteligencia colectiva mejora mucho cuando quienes participan están bien informados, tienen criterio y saben pensar con cierta calidad.

Por eso empecé a complementar mi mirada colectiva con una preocupación más individual: cómo pensamos, cómo decidimos, cómo construimos criterio. Llevo años obsesionado —y fascinado— con esto. De hecho, imparto talleres sobre «pensar bien para decidir mejor». Una cosa lleva a la otra: también me interesa que la gente llegue «mejor pensada de casa» cuando participa en experiencias colectivas.

La palabra autoayuda, aun así, me planteaba un dilema. No quería sonar a gurú inspiracional ni a manual de hábitos para optimizarnos como productos. Pero tampoco quería escribir un ensayo académico cargado de citas y tecnicismos. Buscaba pensamiento profundo, sí, pero accesible y práctico. Lo que he escrito —o creo haber escrito— es un híbrido entre humanismo práctico y una autoayuda más abierta a los demás. Me gusta llamarla autoayuda relacional: algo menos narcisista que la autoayuda clásica, pero más accionable que ciertos textos de sociología o filosofía.

En el libro aparece una idea recurrente: «la vida no solo se vive, se hace». ¿Qué quieres decir?

El título original del libro iba a ser Vidas bien hechas, pero la editorial me pidió cambiarlo porque decía que no se iba a entender. Y probablemente tenía razón: no es una expresión habitual. Pero ahí está una de las ideas centrales del libro.

Lo que intento decir es que la vida se talla, se construye activamente, con intención. Como el resultado nunca está del todo bajo nuestro control, importa mucho el método.

Una buena vida no se improvisa: requiere criterio, cuidado, diseño. Podemos fabricarla con sentido, como quien construye una casa o un mueble, tomando decisiones que dejen una buena hechura.

«Hacer la vida» introduce un matiz activo que no está en el simple «vivir la vida». Habla de método, consistencia, paciencia y atención al detalle. Es un enfoque más de artesano que de hedonista: cuidar relaciones, aprender, corregir errores, perseverar, edificar algo sólido. Puede que no haya épica, pero hay algo mejor: una vida con significado.

Y ojo, no se trata de controlar lo imprevisible. Se trata de tomar decisiones que aporten sentido a tu trayectoria.

Por eso me gusta decir que la pregunta no es solo «¿soy feliz?», sino «¿está esto trabajado con cuidado?». De ahí viene la metáfora del taller: meterse allí a diseñar y moldear vida desde un credo que se parece mucho al artesano.

Es cierto, lo artesano está muy presente en tu relato, con poesía incluida…

Sí. Quería una analogía, un modelo mental que le diera consistencia narrativa al libro. Me encanta la imagen del taller como un espacio donde se hacen cosas —no solo se viven— y se hacen con más personas. Entras, te pones el delantal, trabajas con otros y sales con algo hecho, pero también con aprendizajes que no se olvidan. Así me gustaría que se leyera este libro.

A los artesanos no solo les interesa llegar, sino cómo se llega. La gracia está en disfrutar el proceso y ser honesto con él. Además, trabajan con material imperfecto: saben integrar grietas, nudos y contradicciones. Esa cultura me interesa mucho, también para el mundo profesional y para las organizaciones.

Desde que leí El artesano, de Richard Sennett, allá por 2008, quedé enganchado a esa idea.

La cultura artesana respeta los tiempos pausados, la paciencia y los detalles. Invita a renunciar a los atajos rápidos y a las promesas fáciles. El artesano va más despacio, pero aporta algo distinto, y el propio proceso lo transforma.

Lo de la poesía fue una bendita locura. Cada uno de los seis capítulos empieza con unos versos. Nunca había escrito poesía, aunque siempre he defendido que quienes nos dedicamos a la gestión deberíamos leerla más y aprender a disfrutarla. Esta vez me puse en serio a buscar mi voz lírica, y la encontré. A mis lectores les están gustando esos poemas, y eso me produce una alegría difícil de explicar.

Dices que vivimos obsesionados con la velocidad. Parece bastante evidente, pero háblame más de eso…

La prisa se ha convertido en una ideología. Estoy convencido de que buena parte del malestar actual se debe a que vamos tan rápido que ni siquiera tenemos tiempo para pensar. Mi tesis es que podemos elegir, al menos en parte, la velocidad a la que queremos vivir, aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario con esa narrativa determinista de que la tecnología manda.

Conozco la metáfora de la cinta de correr: si corres más despacio que la cinta, te expulsa. Pero quizá la respuesta no sea correr más, sino correr de otra manera. No se trata solo de cambiar de velocidad, sino de cambiar la forma de vivir, trabajar y decidir.

El problema es que hoy mucha gente intenta imitar a fanáticos de la productividad que nos empujan a un delirio de precipitación inducida. Hemos llegado a un punto en que correr más ya no nos hace mejores, sino peores. A menudo, la prisa disfraza la falta de propósito. En las empresas, la urgencia permanente suele ser síntoma de una estrategia débil o de una cultura disfuncional.

Y tanta prisa agota. Una mente saturada piensa peor, escucha menos y reacciona con torpeza. Una sociedad acelerada se vuelve impaciente, intolerante, incapaz de tejer comunidad. Por eso digo que parar también es un gesto político. El ciudadano agotado compra más y pregunta menos.

A más velocidad, más consumo; a más estímulo, más reacción y menos reflexión.

Como sabes, también escribo, así que me atrae esa visión tuya de la escritura de libros como un reto único de tenacidad y compromiso.

Me encanta que me preguntes eso. Para mí, los libros son proyectos creativos que entrenan mis habilidades de cocción lenta. Me reconcilian con mi parte más perseverante y comprometida, porque a veces me dejo atrapar por esa otra parte más líquida, más dispersa. Por eso, cada vez que termino uno, me siento especialmente orgulloso.

Escribir un libro aumenta mi grit, como diría Angela Duckworth: esa mezcla de visión a largo plazo y esfuerzo sostenido. Hacen falta esas dos cosas para culminar un buen libro, porque el proceso está lleno de retos, cambios de ánimo, dudas e incomprensiones.

Un libro es un entrenamiento bestial para la disciplina del foco. Es muy distinto a un blog o una newsletter, que puedes alimentar a base de fogonazos. En un libro tienes que centrarte en una idea —que ya es difícil encontrar y definir— y, como un perro sabueso, no soltar el hueso hasta el final.

Mis libros se han vendido bien, diría que bastante bien, y eso es una recompensa indudable, pero lo que he aprendido escribiéndolos no tiene precio.

Escribir libros es mi manera de practicar una cultura de resistencia a los atajos. Tanto escribir como leer libros consiste en eso: tomar los caminos largos por puro gusto. El primero, por ejemplo, tardé diez años en escribirlo.

7Hablemos de los atajos. Si son tan cómodos, ¿se puede sostener de verdad la idea de evitarlos? 

El problema no es tomar atajos, sino tomar los equivocados o volverse adicto a ellos, que es lo que está ocurriendo. Hay atajos buenos, por supuesto: la lavadora, las ruedas en las maletas o un sendero que acorta el camino al trabajo. Pero también hay atajos malos, muy malos.

Pienso, por ejemplo, en usar la IA para escribir algo que podrías —y querías— escribir tú, consumir resúmenes en lugar de esforzarte por entender por tu cuenta, o practicar ese turismo exprés que consiste en tachar lugares sin haberlos vivido. Son atajos que empobrecen.

Yo uso una heurística sencilla para decidir si un atajo merece la pena. Primera pregunta: «¿El destino vale realmente la pena?». Porque la precipitación inducida nos empuja a comprar objetivos por impulso. Segunda: «¿Tanta prisa está justificada?». Muchas veces convertimos en urgente algo que no lo era. Y tercera, quizás la más importante: «¿A qué renuncio por tomar este atajo?».

Muchos atajos no superan ese test. Nos prometen eficacia, pero nos quitan algo más valioso: el aprendizaje del camino largo. También el goce de la experiencia, la posibilidad de transformarnos mientras hacemos algo.

Frente a esa lógica del atajo, tú reivindicas la intención. En un mundo lleno de estímulos, ¿qué papel juega?

Sí. La intención es el antídoto contra la vida en automático. Lo que de verdad importa no se consigue apretando un botón. Con tanta abundancia de opciones, tengo claro que la capacidad de discernimiento es uno de los músculos que más determinan el bienestar de una persona. Y eso incluye resistirse al FOMO, a esa ansiedad por no querer perderse nada.

Yo veo la intención como un algoritmo de vida. Me la imagino como una ecuación con varias variables: los distintos ámbitos a los que puedes dedicar tiempo, energía y atención. A cada variable le asignas un peso. Esa ponderación lo es todo. Que sea intencional es la madre del cordero.

Se trata de intervenir en esa ecuación, porque si no, te roban la agenda. Para romper con el diseño adictivo que nos han impuesto hace falta disciplina y estrategia. Yo desconfío del surfeo existencial que recomienda la escuela de la incertidumbre feliz, a la que le dedico un artículo del libro.

Hace tiempo decidí centrarme en lo que no cambia, en lo que queda debajo del remolino. Quiero tener claro qué quiero hacer y para eso dedico tiempo a pensar. Esa es la única manera de tener algunas «decisiones precargadas», para no tener que improvisar cada vez que tengo que elegir. Eso es cultivar intención.

Hablas en el libro de lo que cuesta desconectar del trabajo. ¿Por qué crees que es tan difícil?

No estoy salvado de eso, Javi, pero he mejorado mucho en su gestión. Para mí hay dos cuestiones importantes. La primera es que la dificultad para desconectar quizás no esté solo en el apego a las pantallas, sino en lo que ocurre fuera de ellas.

Uno puede darse cuenta de que trabaja demasiado, reducir horas, desactivar el modo always on y adoptar hábitos más sostenibles.

Todo parece ir bien. Pero si el tiempo liberado queda vacío, sin nada interesante que habitar, la tentación de volver al trabajo reaparece. La desconexión por sí sola no basta.

Hay gente que echa horas de más no solo por ambición o necesidad, sino porque fuera del trabajo siente un vacío: relaciones deterioradas, pocos estímulos, amistades escasas, planes que no ilusionan. Entonces el trabajo se convierte en refugio, en excusa, en el único lugar donde saben qué hacer y sienten que importan.

A quien le cuesta desconectar le haría una pregunta inquietante: ¿por qué el ocio no le resulta irresistible?

La segunda cuestión es que hay un diseño adictivo que fomenta la autoexplotación, sobre todo cuando trabajas en algo que te apasiona. La pasión es un arma de doble filo: cuanto más te gusta algo, más cuesta soltarlo. Pero igual que el cuerpo debe dormir aunque no tenga ganas, la mente necesita descansar aunque esté inspirada.

Si todo sigue la lógica productiva, ¿quiénes somos cuando no trabajamos?

En un momento en que todo el mundo celebra y vende la «marca personal», tú te muestras muy escéptico con el concepto. ¿Por qué?

Esto me ha traído problemas, porque no quiero llevarme mal con los profesionales que se dedican a la marca personal. Respeto mucho a algunos de ellos. Pero sigo defendiendo que está bien hablar de identidad profesional, no de marca. Diseñar una estrategia laboral para diferenciarte me parece perfecto; encerrar tu yo en un molde, no.

Las empresas necesitan marca. Las personas, no. La marca exige linealidad, consistencia, un personaje fijo.

Pero la vida está llena de curvas: somos muchas personas en una, cambiamos, dudamos, nos contradecimos. Encerrarse en una etiqueta acaba siendo una jaula. Y cuando conviertes tu identidad en producto, dejas de vivir y empiezas a promocionarte.

La definición habitual de marca personal —«gestionar la huella que dejamos en los otros»— suena impecable. Pero en la práctica es un espejismo. Podemos sugerir, insinuar, cuidar el escaparate, pero la imagen final vive en los ojos ajenos. Es una criatura colectiva, no un territorio privado. No puedes domesticarla por mucho curso milagroso que te vendan.

Tiene sentido buscar coherencia profesional, comunicar con claridad y no diluirse entre mil voces. Yo mismo lo hago. Pero otra cosa es creer que podemos dirigir la percepción ajena como si fuéramos una campaña ambulante.

He visto a gente perder espontaneidad, curiosidad y alegría obsesionada con «gestionar su huella». Nadie merece convertirse en su propio publirreportaje.

También cuestionas la idea de «sé tú mismo». ¿Qué problema hay con eso?

Creo que mostrar nuestro «yo verdadero» sin filtros suele ser un mal consejo. La autenticidad atrae porque promete libertad y conexión genuina, pero es más compleja que eso. Para empezar: ¿quién es ese «tú mismo»? No existe un núcleo fijo. Cambiamos según el contexto. No actuamos igual ante una jefa, una pareja o un desconocido.

Más que descubrir un yo preexistente, construimos una narrativa que cobra sentido en interacción con los demás. En el libro cuento el caso de un usuario de Reddit que, tras dos años intentando ser «él mismo», descubrió que esa autenticidad lo estaba volviendo gruñón, crítico y aburrido. Cuando decidió comportarse de una manera más constructiva —menos quisquillosa, más abierta— mejoraron sus relaciones y sus oportunidades.

La honestidad radical no siempre es autenticidad; a veces es simple ausencia de filtro social. El reto no es «sé tú mismo», sino «sé la mejor versión de ti que quieras y puedas ser hoy». Al practicar comportamientos positivos —ser más amable, más empático, más atento— también los incorporamos a nuestra identidad.

Para terminar, si tuvieras que explicar por qué merece la pena leer Vidas que importan, ¿qué dirías?

Diría que en este libro los lectores van a encontrar algo que a mí me habría gustado leer cuando era joven. Es una colección de artículos breves, o microensayos, que pueden leerse de forma independiente y en cualquier orden. Todos giran en torno al bienestar, el sentido de la vida, la ética y la filosofía práctica.

No lo escribí para alimentar la idea de que sentirse bien o ser feliz es una obligación. Bastante agotador es ya el mandato contemporáneo de tener que estar bien todo el tiempo. No quiero formar parte de la industria del yo optimizado. Mi intención es aportar una voz cercana que invite a entrar en los porqués, no solo a motivarse.

Igual que en un taller de madera se usan cepillos, serruchos y cinceles, estos textos están hechos para usar, no solo para leer. Ojalá terminen llenos de subrayados, anotaciones y márgenes habitados.

Quien quiera puede descargarse el índice del libro para hacerse una idea de los temas que trata. También se puede pedir en cualquier librería o comprar en Amazon, tanto en tapa blanda como en formato e-book. En mi Substack y en mi blog personal sigo publicando piezas que amplían ideas del libro. Gracias por la entrevista, Javi.

Artículo escrito por Javier García

Editor de Sintetia

Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Raúl Carrión Estudio, S.L. es la Responsable del Tratamiento de tus datos, con la finalidad de moderar y publicar tu comentario con tu nombre (en ningún caso se publicará tu correo electrónico).
Tienes derecho de acceso, rectificación, supresión, limitación, oposición al tratamiento y portabilidad. Puedes ejercitar tus derechos en [email protected].