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El drama del desempleo de larga duración


Abel Fernández
El drama del desempleo de larga duración
De entre todas las tragedias que una crisis como la actual depara, ninguna se percibe más injusta que la de los parados de larga duración. Mientras el tiempo medio de desempleo en una recesión más ligera no tiene por qué ser preocupante, la extremada duración de la actual situación hace que cada vez más trabajadores hayan sobrepasado los distintos umbrales a partir de los cuales un desempleado pasa a considerarse de larga duración. Antes que nada, es importante situar un dato, y es que la bolsa de desempleados crece por la destrucción de empleo que, según los últimos datos del INE, se aceleró de forma notable en el último año, tal y como se puede observar en este gráfico. el primer trimestre de 2013 ha sido dramático, al destruirse casi 800.000 empleos respecto al mismo periodo del año anterior, cantidad que supera a los años 2009 y 2010, en pleno shock de la crisis financiera.

Pero si el paro de larga duración era una situación, antes de la crisis, que afectaba a poco más de 400.000 personas, el 25% de los desempleados, en la actualidad afecta a casi tres millones, más del 50% de los parados.

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Así, el paro de larga duración constituye hoy ya el principal problema nacional, amenazando con apartar indefinidamente del mercado laboral a casi tres millones de personas. En una situación en la que la tasa de ocupación, es decir, el porcentaje de la población adulta con trabajo, ha caído de nuevo por debajo del 60%, el paso a la inactividad indefinida de grandes colectivos de ciudadanos supondría una pérdida irreparable del recurso más preciado con el que cuenta todo país: sus trabajadores. La pérdida de habilidades laborales asociada al desempleo de larga duración está causando por lo tanto un deterioro del capital humano en España. Este deterioro se concentra, además, en los grupos de edad más avanzada. Y, si bien en la franja de edad de los 60 a los 64 años el problema puede no ser tan grave debido a la cercanía a la edad de jubilación, el problema para los desempleados de las franjas inmediatamente anteriores es enorme. Un trabajador de 55 años tiene en estos momentos unos 12 años de vida laboral por delante, pero la combinación de una edad avanzada con el desempleo de larga duración hace casi imposible su reinserción en el mundo laboral. Y existe un factor que agrava además el problema: el cómputo de la base de cotización para la pensión se basa desproporcionadamente en los últimos años de la vida laboral de los trabajadores, de forma que quienes no coticen los últimos años antes de la jubilación percibirán una pensión sensiblemente menor independientemente de los años que lleven cotizados. Una situación de nuevo injusta y que afectará al colectivo con más dificultades para reciclarse.

 

Efectos psicológicos y sobre la empleabilidad El desempleo de larga duración tiene dos consecuencias negativas bien documentadas, una de naturaleza psicológica y otra económica o de empleabilidad. En primer lugar, aquellos que se ven golpeados involuntariamente por el desempleo de larga duración acaban sufriendo fuertes daños psicológicos debido a la caída de la autoestima y la sensación de no ser útiles para su propia familia ni para la sociedad. El sociólogo Thomas Cottle, de la Universidad de Boston, documenta en su obra “Los momentos más difíciles: el trauma del desempleo de larga duración” cómo los individuos, aunque la situación se deba a menudo a circunstancias externas, acaban por internalizar las causas y sufriendo fuertes daños: “El desempleo de larga duración tiene efectos devastadores a nivel físico, psicológico y espiritual”. Estos daños psicológicos tienden además a empeorar la segunda consecuencia del desempleo prolongado: el rápido descenso de la probabilidad de encontrar un nuevo empleo. Los motivos por los que este fenómeno puede darse son múltiples, pero todos ellos ligados con un concepto clave para la comprensión del comportamiento humano, la “teoría de la señalización”. Esta teoría intenta explicar cómo los empleadores interpretan la poca información que conocen sobre un candidato a partir de lo que dicha información puede sugerir sobre su comportamiento pasado. Así, alguien que pierde un empleo puede haberlo perdido por una circunstancia ajena a su desempeño, pero también existe la posibilidad de que existiese un problema real con su rendimiento o compromiso, lo cual lo pone en desventaja respecto a otros candidatos que aún conservan su trabajo. De la misma forma, puede que sea la mala suerte la culpable de que una persona tarde más de un año en encontrar un empleo, pero también existe la posibilidad de que el candidato no encuentre empleo porque su disposición a trabajar y su compromiso no sean sólidos. Es decir, los desempleados de larga duración llevan consigo un estigma laboral que no se deriva directamente de su desempeño personal, sino que se infiere a menudo a partir de la situación general del colectivo. Esta situación es, desde luego, injusta e indeseable, ya que se condena al desempleo a individuos capaces y motivados por el simple hecho de pertenecer al grupo erróneo. Este problema, conocido como la “discriminación racional”, ha sido también ampliamente estudiada, y los investigadores han descubierto que se trata de un problema que se retroalimenta. Es decir, no solo ocurre que el empresario o el empleador puedan formarse un estereotipo negativo a partir de la realidad de que una persona lleve desempleada por mucho tiempo, sino que esta mayor tasa de rechazo provoca a su vez un efecto perverso: los desempleados perciben que van a ser injustamente tratados en el mercado laboral, se desaniman y comienzan a invertir menos esfuerzo en buscar empleo, lo cual alimenta de nuevo el problema. El efecto final de esta rueda es desalentador. Como ha mostrado Rand Ghayad, de la Northeastern University, la probabilidad de encontrar un empleo comienza a reducirse seriamente a partir del sexto mes de desempleo. El equipo de Ghayad confeccionó 4.600 currículums falsos, los cuales fueron enviadas a 600 ofertas laborales distintas, en los cuales se describían individuos con distintos niveles de formación, experiencia y situación respecto a cuánto tiempo llevaban en desempleo. Los resultados fueron demoledores: mientras los empleadores respondían al menos a las solicitudes de aquellos con poca experiencia laboral que solo habían estado unos pocos meses desempleados, ignoraban casi sistemáticamente las solicitudes de quienes llevaban ya más de seis meses en el paro. Ni la experiencia previa ni los motivos de la pérdida del trabajo parecían importar; los currículums quienes llevaban medio año sin trabajar eran automáticamente descartados. Hacia el análisis objetivo de los candidatos No obstante, aún existe una esperanza para que esta injusta situación comience a cambiar. Algunas de las más importantes empresas de recursos humanos están descubriendo, a partir del análisis de las bases de datos masivas sobre sus usuarios y su historial de empleo, que la situación previa de desempleo, incluso cuando se trata de desempleo de larga duración, no es un buen criterio de predecir la idoneidad de un candidato. Aunque los empleadores tienden a evitar a las personas que cambian de trabajo demasiado a menudo o a aquellos que llevan muchos meses sin un empleo, la evidencia sugiere que su rendimiento posterior no depende de estas características, sino de características observables con un proceso de selección adecuado –personalidad, proactividad, habilidades específicas-, y también de la capacidad de gestión del equipo de recursos humanos. ¿En qué medida puede llegar esta nueva corriente a las decisiones de contratación de la empresa española? Si la discriminación basada en el tiempo de desempleo es injusta y además ineficiente, ¿existe algún mecanismo institucional que pueda avanzar en dicha dirección? Lamentablemente, parece que no. La legislación laboral poco puede hacer al respecto; aunque pueda demostrarse que la discriminación basada en la antigüedad en el desempleo es contraproducente socialmente, en la práctica sería imposible demostrar que un rechazo ha sido debido a dicha característica. Además, dado que la propia naturaleza del mercado laboral requiere la confección de un currículum detallado para la búsqueda de empleo, resultaría también imposible impedir que los empleadores no tuvieran acceso a dicha situación. La solución al problema es, por lo tanto, muy difícil. No existe prácticamente ningún mecanismo institucional, más allá de los incentivos fiscales, capaz de aumentar la empleabilidad de los desempleados de larga duración, especialmente la de aquellos que superan ya los 50 años de edad. Solo una modernización en los departamentos de recursos humanos de las empresas puede lograr que se valore a cada candidato según su valía y no a partir de una discriminación por la pertenencia a dicho grupo. La responsabilidad no se encuentra, por lo tanto, solo en el Gobierno, sino en todos los agentes que toman decisiones de contratación y que no deberían desaprovechar un enorme colectivo de ciudadanos que lucha por reincorporarse al mundo laboral.

Artículo publicado en la revista Tiempo

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Comentarios

  • katia

    El artículo está bien pero en favor de los que somos desempleados de “larga duración” puedo decir que muchos de nosotros no hemos parado de formarnos, que tenemos muchas ganas de trabajar, conocemos mejor la realidad porque la hemos vivido y… además… si estamos fuera del mercado y todo va mal en peor igual es porque cuando estábamos dentro si aportábamos algo.

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  • José Mª Cejador

    Hola Amigo:
    Comparto plenamente tus inquietudes, pues aunque ya estoy jubilado comparto vuestra situación.
    No obstante me permito hacer alguna sugerencia al respecto, pues creo que existe algo mas, después del lamento y la fustración. A título de ejemplo, ¿alguien recuerda los comienzos de algunas grandes empresas tal como la “Corporación Modragón”?. Es digno de estudio.
    Digo esto porque junto a la desgracia del desempleo, se suma un cierto individualismo, y obviamos algunas soluciones que ya funcionaron en otros tiempos.
    Me refiero al cooperativismo, es decir buscar alternativas de empleo mediante sinergias generadas por la unión de profesionales afines o complementarios.
    Si se forman grupos de estas características, seguro que podríais encontrar un fleco de mercado en el que poder trabajar. Debemos olvidar el sueño muy español de formar parte de una gran corporación pues estas ya no generan empleo, sino que lo destruyen. Como técnicos lo sabemos; no se compite con mas mano de obra, sino con mas automatización.
    Os animo a que contempleis las economías nórdicas. Salvo unas pocas grandes corporaciones (Volvo, Nokia), su economía se basa en multitud de microempresas.
    No os desaniméis, sino usad la imaginación.

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