Y se encendió la mente humana: un recorrido por la paleontología y la empresa

7 noviembre 2017 0

El 21 de junio de 2017, en el Centro Cultural del Born de Barcelona, se celebró la primera edición del evento “Conversaciones, relaciones y copas” que organizó el Instituto Relacional de Barcelona. Fue allí donde Ignacio Martínez Mendizábal, doctor en Biología, profesor de Paleontología de la Universidad de Alcalá y miembro del equipo investigador de Atapuerca, uno de los mayores yacimientos de fósiles que se conocen en el mundo, impartió una de las charlas más interesantes y amenas a las que he asistido en los últimos tiempos. Su título, “Juntos: la clave de nuestro éxito evolutivo”.  Éste fue solo un primer encuentro, meses después tuve la oportunidad de reencontrarme con él en Burgos y, en su compañía, visitar los yacimientos y el Museo de la Evolución Humana.

En esa primera charla, Ignacio nos explicó, entre otras interesantes ideas, la historia de la otra Excalibur.  No la de la famosa leyenda de la espada mágica del Rey Arturo clavada en una piedra, sino la del hacha de piedra que el equipo de investigadores de los yacimientos de Atapuerca encontró el 9 de julio de 1998. Estaba insertada en un bloque de sedimentos y piedras en la cavidad denominada la Sima de los huesos. El equipo la bautizó inmediatamente ya que los paralelismos del hallazgo con la leyenda de Excalibur eran obvios.

Fue Ana Gracia, uno de los siete miembros del equipo de la Sima, quien estaba en aquel momento con los palillos de modelar apartando arcilla en el suelo de la cueva. Recuerda que vio una cuarcita, una piedra de río que era el material predilecto de los hombres prehistóricos para hacer herramientas y que nunca había aparecido en la cueva hasta ese momento. Esto evidenciaba que Excalibur no se había tallado allí. “Estábamos todos alucinados”, cuenta Ignacio.

El 10 de julio él mismo realizó la excavación completa del hacha (como se resume en este video).


Mide 155,8 milímetros de longitud máxima, 98,5 milímetros de ancho y 49,87 de grosor. Es una piedra con una capa exterior ocre, muy rara por la tonalidad y que cuando se humedece toma un característico color rojo.

«El mayor debate en evolución humana es sobre cuándo surgió la mente del hombre, cuándo se encendió esa chispa», explica Ignacio.

«La mente simbólica, como la nuestra, dejaría tres tipos de evidencia en el registro fósil de los hombres prehistóricos: el arte, que se remonta a sólo 40.000 años; el lenguaje, que investigamos en los hombres de la Sima; y la cultura de la muerte, cuando el hombre empieza a tratarla con especial conciencia».

¿Cómo acabó Excalibur en esa acumulación de cadáveres? La hipótesis es que no fue una catástrofe natural, sino que los cuerpos fueron depositados allí intencionadamente. Y junto a ellos, en algún momento, tal vez como homenaje, se dejó una pieza singular, un hacha de un material muy especial, perfectamente tallada. 

De lo útil a lo bello

Excalibur representa la primera ofrenda funeral encontrada hasta el momento. Es el primer vestigio de que el hombre toma consciencia de la muerte, de su finitud y que para rendir homenaje a los que ya no están, entierra junto a ellos una pieza elaborada por él mismo. Una herramienta, un hacha tallada por sus propias manos a la que otorga un significado más grande, un sentido superior, el de rendir honor a los que se fueron.

Es el primer vestigio de que algo útil se utiliza como algo bello.

Pero Excalibur es una piedra modificada a golpes. Y modelar a golpes una piedra para obtener un corte afilado parece algo sencillo, pero en sí mismo representa una manera de pensar determinada.

La manera de pensar primigenia se denomina «modo 1». En este modo vamos actuando de manera acumulativa desde el presente hacia un futuro aún indeterminado, sin una meta clara, pero consiguiendo resultados satisfactorios. Es el caso de las «lascas», piedras modificadas a partir de unos cuantos golpes con las que se obtenía un filo que permitía cortar.

Esta fue la manera de pensar de los homínidos de hace dos millones de años…y que quizás aún reconozcamos. Esta forma de pensar es la que parece esconderse en lo que Daniel Kahneman, Nobel de Economía, denomina «modo rápido de pensar» y que nos permite percibir si un objeto está lejos o cerca, hacer cálculos sencillos, detectar hostilidad en la voz, o conducir sin rumbo una noche de verano escuchando música por una carretera vacía.

Sólo un suspiro de tiempo más tarde (200.000 años) apareció una nueva forma, más evolucionada, de pensar y a la que se denomina «modo 2». En este modo ya tenemos una visión de futuro imaginada, deseada, que condiciona lo que necesitamos hacer para llegar hasta ella desde el presente. Y nos permite pensar en la «brecha», darnos cuenta de la diferencia que existe entre el presente y el futuro, o entre lo que tenemos y lo que deseamos.

A esta manera de pensar es la que Kahneman denominaría hoy en día «pensar despacio» y permite, entre otras cosas, planificar escenarios, diseñar estrategias y visiones o simplemente comparar dos productos, dar a alguien el número de teléfono, rellenar la declaración de renta o comprobar la validez de un argumento lógico complejo.

El «modo 2» nos permite planificar desde el presente un posible camino que nos lleve hacia nuestro destino deseado. Y este es el caso de los «bifaz», herramienta en la que por primera vez se usa el concepto de simetría, que fue concebida específicamente para ser utilizada como filo. Permite cortar, defenderse o quizás excavar o dibujar. Y a este tipo de herramientas es a las que pertenece Excalibur.

Estas herramientas representan una manera de pensar que supone un gran salto adelante en la evolución del hombre. Es el nacimiento de una de las capacidades centrales para poder subsistir y desarrollarse: la capacidad de anticipación.

Una capacidad que permite al hombre, y a los sistemas humanos complejos que él mismo construye (como son las organizaciones), imaginar posibles futuros y adecuar sus acciones, estructuras, procesos y relaciones de la manera más eficaz posible para poder alcanzarlos. La capacidad de anticipación permite adaptarnos de manera continua y seguir subsistiendo. Es, por tanto, una capacidad absolutamente «útil».

Pero Excalibur no sólo se utilizó por su utilidad. Le fue asignado un significado que la convierte en algo más, en algo distinto, que trasciende a su utilidad, se desapega de su capacidad de ser eficiente y eficaz y se convierte en algo con sentido. Se adentra, por tanto, en un nuevo ámbito: la vibración emocional, lo profundamente humano, el reconocimiento del valor de los otros ya ausentes, pero que queremos que sigan formando parte de nosotros, en nuestro recuerdo o en su camino hacia los misterios que nos trascienden. Es quizás el primer fósil de la conciencia de finitud.

Por ello Excalibur representa, en sí misma, también, una idea «bella». 

Gestionado lo útil para alcanzar lo bello

Cuando conocí y comprendí la historia de lo que Excalibur representa en la evolución del Hombre pude hacer un puente desde sus dos significados a los tres dominios que ayudan a comprender la complejidad de las organizaciones: el propósito, los procesos y las relaciones.

En el dominio del PROPÓSITO, las organizaciones dibujan sus aspiraciones, definen los objetivos que quieren alcanzar, esbozan aquello que representa la proyección de su identidad. En este dominio se establece la imagen de futuro que, de ser alcanzada, materializa esas aspiraciones deseadas. Es la meta que debe centrar las energías y la intención de sus miembros. En este dominio, por tanto, cuentan aquellas ideas que, cuanto más bellas, que no obligatoriamente útiles, mejor. Cuanto más significado tengan para sus miembros, generaran más capacidad de acción. Construirlas implica crear un relato poderoso, crear sentido para los miembros de la organización y ayudar a que se movilicen desde el compromiso y no desde el acatamiento.

El propósito debe ser una Excalibur bella, una ofrenda llena de sentido sobre el que trabajar, con presencia y fuerza, el futuro de la organización.

En el dominio de los PROCESOS, la organización ordena la tarea necesaria para alcanzar el propósito. En este dominio cuenta, en presente continuo, el diseño eficiente y la ejecución cuanto más ágil y eficaz mejor. Cuenta, por tanto, la productividad. Y por ello es necesario descartar lo superfluo, cuestionar lo innecesario, adelgazar lo sobredimensionado, desanudar lo enrevesado, simplificar lo repetitivo, desterrar lo burocrático, acelerar lo lento, adquirir lo que actualice, amortizar lo viejo, incorporar conocimiento nuevo y dejar ir el lastre de los «siempre se ha hecho así» para poder ser flexible y adaptable. Los procesos son el reino de lo «útil», que no obligatoriamente de lo bello.

El propósito necesita, solamente, el filo preciso de Excalibur como herramienta eficiente y eficaz de corte.

Finalmente, en el dominio de las RELACIONES, la organización construye una red de conversaciones entre personas que le permite poner en marcha los procesos y alcanzar su propósito. Esta red es el sustrato para llegar a acuerdos, hacer posible la acción y consensuar ideas. Es el dominio de la interdependencia donde los diferentes actores de la empresa se reconocen mutuamente necesarios para conseguir sus objetivos individuales y se aceptan como tales. Saben que al relacionarse y accionar los procesos harán posible el propósito de la organización. Este dominio fluye en el presente, en el aquí y en el ahora, y en él se funden lo operativo y lo emocional. Las relaciones son el reino en el que lo útil y lo bello se entremezclan, y cuanto más mejor.

En las relaciones Excalibur está completa, sirve como herramienta útil y, a la vez, representa con fuerza un significado emocional que la trasciende.

Y así lo bello y lo útil fluyen a través del propósito, los procesos y las relaciones. Con papeles distintos, pero en coherencia interna. Y al cuidado de esa coherencia se deben quienes dirigen organizaciones. Si son capaces de construir belleza con el propósito construirán sentido. Los procesos se harán útiles y eficientes y las relaciones fluirán de forma saludable saludable. Todos los actores serán conscientes de la utilidad de reconocerse necesarios y de la belleza de sentirse reconocidos. Y, bien al contrario, cuando el propósito no es claro, no emociona ni esconde relato alguno, se entra en un territorio en el que abunda la confusión y la desconexión, los procesos se ralentizan o se vuelven ineficientes, obsoletos y las relaciones no fluyen tensionándose y dando paso al conflicto. 

En resumen…

Uno de nuestros antepasados talló Excalibur… y 1,8 millones de años después, aquí estamos, subiendo a toda velocidad por la curva exponencial del desarrollo tecnológico. Avanzamos confusos en un entorno repleto de nuevos actores cada vez mayores en número y en diversidad que nos provoca verdadero vértigo. Parecemos perdidos y desorientados en la maraña de la complejidad que nos envuelve. Y a medida que corremos a través del bosque de la incertidumbre nos acercamos a una nueva puerta que nos deja, otra vez, ante lo desconocido. Una puerta cuyo nombre es Inteligencia Artificial y cuyas implicaciones «singulares», más allá de algunos escenarios imaginados, aún desconocemos.

Sea cual sea el horizonte que se abra tras esa puerta hacia el futuro, es momento de mirar hacia el pasado. Un pasado del que podemos recuperar una dimensión más humana y profunda, que parece haberse extraviado en la práctica actual, y así revivirla. Esa dimensión trasciende a la del tiempo y nos permitirá atravesar lo incierto y turbulento con más oportunidades de éxito.

Paremos, respiremos y reconozcamos que, junto a la capacidad de amar y colaborar, hay una capacidad que también nos hace únicos: la de encontrar sentido en construir los artefactos más útiles o en alcanzar nuestras aspiraciones más bellas.

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