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¿Un futuro sin memoria?

Estamos improvisando el presente confiando solo en las luces largas de nuestra capacidad creativa e ignorando el espejo retrovisor de la experiencia y su aprendizaje.


Javier Ongay
¿Un futuro sin memoria?

Los “viejóvenes” seguramente recordarán a un grupo de rock inglés que se hizo muy popular con la canción “Nights in white satin”. Me refiero a Moody Blues. Ellos fueron pioneros del llamado rock sinfónico y de los discos conceptuales cuyo primer ejemplo fue su LP “Days of the future passed” o Días del futuro pasado en el que todo discurre a lo largo de un día.

La aparente contradicción del título (Días del futuro pasado) refleja la percepción personal que me atrevo a trasladar en el sentido de que estamos improvisando el presente confiando solo en las luces largas de nuestra capacidad creativa e ignorando el espejo retrovisor de la experiencia y su aprendizaje.

Lo cierto es que el soporte de nuestras decisiones, hábitos, y comportamientos morales siempre ha estado en las enseñanzas del pasado. Somos la consecuencia de nuestros mayores y de ellos no solo arrastramos la carga genética inevitable sino el equipaje de sus saberes y su modelo de vida. Luego las circunstancias y el momento nos obligan a adaptar dicha herencia para hacerla útil a la realidad que nos toca; así, nuestra vida es como un programa de ordenador que responde al código de sus creadores pero precisa de constantes actualizaciones.

Pero parece que esta construcción lógica desde los cimientos está ahora en cuestión, no sé si por ignorancia, inconsciencia o fruto del signo de los tiempos.

Futuro virtual

Este afán por cabalgar sobre el futuro para hacer el camino del presente es, en mi opinión, una más de las ironías que nos traen los tiempos. Abundando en ello quizá convenga ilustrar nuestro idilio con la contradicción con algunos ejemplos tomados de nuestro lenguaje coloquial actual en el que adoptamos expresiones apenas investidas solo de la supuesta autoridad de quienes las difunden y que, sin embargo, no soportan un mínimo análisis de coherencia. Veamos.

Decimos (y más ahora, por desgracia) eso de “nueva normalidad” refiriéndonos a la manera hasta ahora desconocida que la pandemia nos está obligando a vivir y que prevemos conformará nuestro futuro.

Sin embargo, aplicar la idea de novedad a lo normal es contradictorio. Para que entendamos algo como normal asumimos que lo es por habitual, acostumbrado, frecuente… todo lo contrario a lo nuevo, que lo es precisamente por desconocido. O es nuevo o es normal porque para cuando sea normal habrá dejado de ser nuevo.

Más: “Memoria histórica”, concepto que tanto juego político está dando en nuestro país y que, no obstante, más allá de su valor propagandístico, tiene poco sentido. La memoria es fruto de la percepción de cada uno sobre las experiencias pasadas propias o ajenas. Todos sabemos que dicha memoria contiene “filtros”, primero porque es imposible recordarlo todo y, en consecuencia, porque seleccionamos aquello que preferimos o deseamos recordar, con frecuencia por el impacto que nos produjo, sea por lo placentero de la experiencia, por el dolor vivido, por el lugar, el momento, las personas… Es más, con el tiempo tendemos a adornar los recuerdos con matices y decorados de cosecha propia, e incluso a “inventar” dichos recuerdos.

Por el contrario, hablar de historia es hablar de hechos, no de percepciones. La historia es una secuencia de datos investidos de verdad; la memoria un cúmulo de recuerdos o, si se prefiere, de hechos vistos a través de nuestro particular cristal.

… Y la que nos ocupa: “experiencia virtual”. En física, “virtual” es lo que tiene existencia aparente y no real, es decir, de complicada experimentación porque no existe, es solo apariencia. Pero en estos tiempos estamos en una constante “experiencia virtual”, tanto es así que nos proyectamos hacia el futuro y construimos nuestro presente sobre lo que la tecnología nos promete.

No es que imaginemos que en el futuro los vehículos se conducirán solos, nuestro médico será un avatar con el que chatearemos y que nos auscultará on line, y nuestra “sabiduría” consistirá en saber hacer búsquedas más rápidas y más precisas en internet. Es que ahora lo damos por hecho aunque lo vivamos de forma más virtual que real.

De hecho, confiamos nuestro equilibrio afectivo a las promesas de amigos que nos sugiere Facebook o Tinder. Interpretamos nuestra responsabilidad como conductores según las indicaciones de Google Maps. Hacemos apostolado del ecologismo tomando como referencia a Elon Musk y Tesla. Y nuestro mejor exponente de capacidad para la supervivencia queda evidente en nuestra relación con Amazon, al que le demostramos nuestra habilidad en el manejo de la tarjeta de crédito a cambio de la suya trayéndonos paquetes a la puerta. Nos estamos construyendo apilando algoritmos ajenos.

Esto sería anecdótico y hasta simpático si no estuviera empezando a ocurrir algo parecido en temas más importantes como la educación y la política.

Los que estamos en el terreno docente vivimos estos meses soñando (como comentaba hace poco a mis alumnos) con que un día nos podamos ”ver las caras”, escondidas ahora tras las mascarillas. Sentarse en la mesa del profesor es como pilotar una nave espacial: en las manos un teclado y dos mandos a distancia, enfrente una pantalla de ordenador, sujetos del techo los micrófonos, las cámaras, el proyector y los monitores en los que vernos y allí, al otro lado, en su casa, los alumnos; uno no sabe si debe poner tareas o pedir pista para despegar. Bromas aparte, el futuro docente se nos anticipa ya ahora con una formación en la que el contacto profesor-alumno no es en tiempo real ni físico e incluso en la que las calificaciones pueden confiarse a un algoritmo en función de la “evaluación continua” que nadie mejor que él sabe analizar. Baste decir que ahora mismo el saludo a los alumnos, la lección y el examen comienzan con un password.

Bendita sea la tecnología si con su enorme potencial mejora las herramientas docentes, pero mal vamos, creo, si se convierte en objetivo más que en recurso y si nos obsesionamos con tecnificar la educación olvidando humanizar la tecnología.

Nuestro comportamiento político es otra buena prueba de lo que expongo. En la actualidad, en tanto que electores de quienes nos rigen, buscamos nuestro argumentario de voto “responsable” en los tuits de los candidatos, la analítica automatizada de las encuestas y la virtualización de un futuro apenas esbozado a golpe de eslóganes, emojis y likes. El porvenir que deseamos nos obliga a acomodar el presente a sus requisitos so pena de sufrir el peor reproche que hoy existe, el de formar parte de los rezagados que no son capaces de estar en sintonía con los tiempos digitales, esos en los que los conocimientos, la forma de trabajar y de sentir y de relacionarnos se dictan desde la “aldea” de Silicon Valley, en donde se decide incluso nuestra “muerte social” que llega inmisericorde de la mano de la simple irrelevancia digital.

¿Y las empresas? Las empresas se mueven por el instinto de supervivencia y eso les hace ser pragmáticas, tanto como los beneficios o las pérdidas que aparecen al final de cada ejercicio. Es lo que les diferencia de ámbitos como la educación o la política antes mencionados.

¿Fututo virtual? De acuerdo, pero eso ¿Cómo se refleja en la cuenta de resultados?… Ya me entienden.

Creo que muchas empresas están dando un ejemplo de adaptación sin estridencias, con el justo equilibrio entre las nuevas maneras digitales de producción, comercialización y, en suma, de estar en el presente, y la vista puesta también en el “acumulado” de conocimientos adquiridos que siguen siendo útiles mientras el eje trabajo – clientes – beneficios siga marcando el camino.

La paradoja es que como individuos los cambios nos descolocan, nos obligan –como se dice ahora—a salir de nuestra “zona de confort” que por algo se llama así. Sin embargo, como sociedad, nos apuntamos a las novedades con fruición, como un niño al juguete que acaba de descubrir.

Redes “sociales”,  economía “colaborativa”,  “coworking”… solo tienen sentido con otros al lado, pero la sociedad no es más que la suma de individuos, personas que piensan con su particular y exclusiva red neuronal, a partir de conocimientos y experiencias propios.

Quizá convenga recordarlo mientras avanzamos por el camino virtual de la educación, la política y la empresa.

Javier Ongay

@OngayT

Autor del libro: Empresa y Sociedad.

Mostrar comentarios (1)

Comentarios

  • Carlos Temo

    D. Javier:
    Me encantaría tener su libro y su firma junto a él.
    Lógicamente enviado con cargo a mi cuenta.
    Se lo pide un humilde dirigente sindicalista de provincias.
    (Con él espero poder mantener, y por lo tanto practicar, en este difícil mundo que nos toca vivir.
    Saludos cordiales y gracias por compartir ideas.

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