Los principios de Kindleberger

11 julio 2013

Era candidato a una muerte temprana, de ataque al corazón, pues tenía siete de las características propias del caso: “Anda deprisa, come deprisa y abandona la mesa en cuanto acaba de comer. Convierte la puntualidad en fetiche. Le cuesta trabajo estar sentado sin hacer nada. Mete prisas o interrumpe a los demás cuando hablan. Siempre juega para ganar, incluso con los niños. Discurso explosivo, apresurado; respuesta hostil a los retos verbales”. Se ha muerto a los 92 años y, por ello, puede darnos algunas claves respecto a cómo vivir al borde del ataque de nervios y no morir (demasiado pronto) en el intento. Su nombre: Charles P. Kindleberger; su oficio: profesor de economía internacional y de historia económica en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Docencia

El primero de sus principios reza así: “disponibilidad para los alumnos. Para eso pagan a los profesores”.  No está de más recordarlo en unos tiempos en los que todo (incluidos los reconocimientos morales) pasa única y exclusivamente por la investigación, frente a la que la docencia es (la misma palabra lo revela) la “carga”. Kindleberger sabía asignar su tiempo y, así, se quedaba los viernes en casa, “libre de las interrupciones de los alumnos”, pero, y aquí está la clave, les dedicaba mucho tiempo el resto de la semana: “dejaba la puerta del despacho abierta para que los alumnos me vieran y yo los viera a ellos y hacerles una señal para que entrasen”. Y es que consideraba que los estudiantes eran siempre lo primero: “una norma, muy difícil de observar, consiste en rechazar tareas profesionales que reporten prestigio o elevados emolumentos si obligan a… interrumpir el programa habitual de clases. Se violará esta norma en raras ocasiones, debido al interés académico o público…, pero nunca por la recompensa económica. En tales casos, es obligatorio recuperar la clase a una hora que convenga a los alumnos”. Lógicamente, tras las clases, cuidadosamente preparadas, Kindleberger se autoevaluaba: “un profesor debería someterse a una autocrítica después de cada clase y ver si algo ha ido mal y por qué” y, finalmente, y en vez de acogerse a la Convención de Ginebra, iluminaba los exámenes: “la simple calificación sin una indicación de dónde falla o destaca el trabajo supone una auténtica tacañería por parte del profesor”.    

Disciplina (sin perfeccionismo) y decencia

Kindleberger nos da un consejo (cuarto principio) bastante obvio, pero que se olvida muchas más veces de lo deseable: la importancia que tiene el “trabajo sistemático y prolongado”, el que los investigadores que no son genios (“incluso algunos de ellos tienen que hacerlo”) cultiven la Sitzfleisch: “la capacidad para poner el trasero en una silla y no moverlo durante horas enteras mientras se lee, se escribe, se hacen cálculos, se toman notas y demás”. El que se deba pasar muchas horas en la silla no implica que uno deba ser un perfeccionista, ya que en la vida siempre hay que elegir (en este caso entre la rapidez y la perfección) y no se puede tener todo al mismo tiempo. De ahí su tercer principio: “no ser perfeccionista, corrigiendo una y mil veces un ensayo o un artículo. Dos borradores, tres a lo sumo, son suficientes” y de ahí que Kindleberger opte por el trabajo “quick and dirty”.

Finalmente, el tiempo pasado en la silla debe estar bien asignado y, en este sentido, Kindleberger nos plantea otro de sus principios (el sexto de seis, uno de los dos que podríamos denominar los principios de la decencia): “aceptar dinero, pero evitar buscarlo o contribuir con tiempo y dedicación excesivos solamente porque una colaboración esté bien pagada”. La implicación más inmediata de este regla es clara: “Esto significa que si nos invitan por teléfono a hacer algo, hay que decidir si se trata de una buena tarea académica o no antes de saber si va a haber emolumentos y a cuánto ascienden”.  El otro principio de la decencia (el segundo de los de Kindleberger) reza así: “honradez a la hora de escribir cartas de recomendación, críticas de libros y citas de autores”. En síntesis, docencia, disciplina (sin perfeccionismo) y, además, decencia.

Científico social 

Kindleberger ha sido un economista al que ninguna de las ciencias sociales le era ajena y que, contra el imperialismo económico de muchos de sus colegas, siempre tuvo la mente abierta hacia la historia y hacia los otros, hacia las otras maneras de ver la sociedad. De ahí que entre sus principios (el quinto) figure el de “ensanchar horizontes” (“Hacer la crítica o recensión de cuántos libros se nos pida, a menos que existan razones de peso para lo contrario… Esta tarea forma parte de los deberes de la profesión y sirve además de disciplina, pues obliga a ensanchar horizontes…” De ahí, también, que recuerde con nostalgia aquellos tiempos en los que “el departamento de economía del MIT fuera departamento de Economía y Ciencia Social y albergara a científicos, politólogos, psicólogos, sociólogos y otras gentes por el estilo además de economistas…”.

Y es que en el mundo de lo social el todo es más que las partes y las supuestas sinrazones son, a veces, poderosas razones. Al final ha terminado teniendo razón frente a los que han criticado algunas de sus principales ideas, básicamente, la de que los mercados financieros son frágiles, volátiles y que, consecuentemente, en ellos puede haber contagios por “manías, pánicos y cracs” (este es el título de una de sus principales obras), que pueden llevar a la crisis económica y a la depresión (el contenido de su otra obra principal), con lo que a veces el mercado no basta para resolver los problemas.

Efectivamente, frente a la afirmación, tan cara a la sabiduría convencional, de que en dichos mercados, como en todos los demás, la intervención es el problema y el mercado la solución, un análisis más matizado, menos ideológico y más sabio nos muestra, tal como nos lo advertía Barry Eichengreen a mediados de los noventa, que las “manías” de Kindleberger no eran  tales: “el desarrollo del análisis económico desde la contribución de Kindleberger de los setenta nos ha facilitado unos fundamentos microeconómicos sólidos, basados con todo rigor en la racionalidad y en la conducta egoísta, para  el fenómeno histórico que él describe”. Con ello, se pone de manifiesto que tener una mente abierta permite aprender de los demás y facilita el avance científico, incluso en campos tan soberbios y autosuficientes como el económico. Con ello también se pone de manifiesto algo que siempre hemos resaltado los economistas: que el libre comercio es, básicamente, bueno, y algo que no siempre hemos sabido aplicarnos a nosotros mismos: que este principio también es válido para el mundo de las ideas.     

Cooperar para sobrevivir 

La pregunta que nos hacíamos al principio tiene, al final, una posible respuesta que quizás pueda ser útil: es muy probable que la no corta existencia de un candidato destacado a un ataque al corazón como fue el encantador profesor Kindleberger se deba a una filosofía de vida que se ha basado en la honradez y en la entrega, bien dosificada (aislarse los viernes, rápido pero imperfecto…), a su vocación y a los demás.

Dicho en sus palabras: “La  economía enseña a competir, y con demasiada frecuencia pone en práctica esa competencia disfuncionalmente. En cierta universidad (no en el MIT) se decía que, antes de los exámenes, los alumnos colocaban mal los libros de las listas de lectura, a propósito, con el fin de monopolizar los beneficios. Triste situación si fuera cierta. El aprendizaje y la enseñanza son tareas de colaboración en todos los planos, entre los estudiantes, entre los profesores, entre los profesores y los estudiantes y, en un mundo más amplio, entre los estudiosos con intereses similares, con intercambio de trabajos e ideas. La microsociología es importante. Los individuos de una sociedad dada se comportarán como sus iguales, trabajarán con ahínco si lo hacen quienes les rodean o se tomarán las cosas con calma si en tal consiste la tónica general”.

Al final, lo que nos viene a decir el investigador y docente (disciplinado, decente, sabio y, consecuentemente, nada pobre) Charles Poor Kindleberger es que, frente al mundo de la pura competencia, otros mundos son posibles: entre ellos y sin necesidad de irse por los cerros de algún bello puerto o incluso perdiéndose por el mismo, un mundo más impuro, pero más real, en el que haya competencia, pero también haya cooperación y en el que el egoísmo bien entendido nos lleve a darnos cuenta de que, como decía nuestro gran Ortega, el yo también incluye la circunstancia y, en definitiva, el diálogo con los otros. Pero será mejor que lo resumamos con sus palabras: “En Cándido le cortan la cabeza a un general para “alentar a los demás”. Ese es un sistema. Otro, las relaciones y el aliento recíproco entre profesores y estudiosos”.

Sobre el autor: 

Cándido Pañeda, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Oviedo.

Artículo original publicado en LNE y actualizado para su publicación en Sintetia

Artículo escrito por Cándido Pañeda

Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Oviedo

2 Comentarios

  1. Amalio Rey

    Enhorabuena al autor. Me ha encantado el artículo, y agradezco a Sintetia su difusión. Creo que debería ser de lectura obligada en las universidades. Tenemos que reivindicar la figura del docente, por todo el valor que aporta.
    un saludo 🙂

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  2. Enrique Masiá

    El competir y colaborar no es una entelequia filosófica. Michel Porter, uno de los gurús de la estrategia competitiva de las empresas, profesor de Hardvard, ya desarrolló, a finales del siglo pasado, el concepto «co-opetition» (competencia y colaboración) como uno de los factores clave del éxito real de los clusters territoriales. En su texto clásico, «Las ventajas competitivas de las Naciones», estudiando las razones por las cuales determinados territorios especializados tenían y tienen desarrollos económicos superiores, demostró, empíricamente, que estos clusters eran muy eficientes debido, entre otras causas, a que las empresas de los mismos eran altamente competitivas en los mercados internacionales y que, en casi todos los casos, ello era debido a que, si bien competían duramente entre sí en estos mercados por vender mejor sus productos, TAMBIÉN colaboraban entre ellas para desarrollar, conjuntamente, de manera formal o informal, lo que Porter denomina «los factores determinantes de la competitividad territorial»: la red sinérgica de relaciones que ayuda a crear valor para todos con actitudes de competencia positiva. Es decir, practicando el «win-win» antes de buscar la destrucción del competidor cercano.
    Esto es lo que aún siguen sin entender muchos empresarios y la mayoría de nuestros políticos, que yo seré mejor y más rico (y no sólo en términos económicos) si tengo cercano a mí a un fuerte adeversario que compita conmigo duramente en productos, ideas, ingenio, innovación… Todos salimos así ganando, mientras que si consigo destruir a mi adversario próximo, los que realmente salen ganado son mis otros competidores lejanos, ya que, paradójicamente, he reducido la capacidad competitiva del territorio (o del entorno) al que pertenezco.

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