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¿Estamos fuera de peligro de la crisis financiera? Peligrosas similitudes entre 2007 y 2015


Aristóbulo De Juan
¿Estamos fuera de peligro de la crisis...
Érase una vez un sistema financiero que, tras un colapso que fue tratado desigualmente durante siete largos años, se suponía saneado y a prueba de fuego contra posibles avatares de futuro. Realmente ¿estamos fuera de peligro? Yo creo que no. En apoyo de este temor, puede ser oportuno efectuar un somero análisis comparativo entre la situación reinante en 2007 y la actual. Para concluir que ambas situaciones presentan muchos rasgos negativos comunes, a los que se unen ahora nuevos elementos de preocupación. Banking_Crisis_Sintetia En España, entre 2007 y nuestros días, el sistema financiero, a trancas y barrancas, fue objeto de diversas medidas de restructuración. Sin duda, la mejoría del sistema financiero es grande. Pero subsisten serias vulnerabilidades en áreas fundamentales, entre las que destacan unos resultados muy exiguos, un capital regulatorio complejo que acepta como buenos diversos componentes de escasa calidad y un fuerte endeudamiento con los mercados mayoristas para financiar créditos, bienes adjudicados participaciones y renta fija. En el ámbito internacional veremos como la anunciada comparación de ambos momentos da un cierto escalofrío. En 2007 se daba una fuerte euforia en los mercados producida por el exceso internacional de liquidez y los bajos tipos de interés, factores favorecidos muy en especial por la política monetaria practicada desde 2001 por la Reserva Federal tratando de sortear el miedo que introdujeron los atentados del 11-S y por el Banco Central Europeo para estimular las estancadas economías alemana y francesa. Pues bien, ¿qué ocurre en 2015? El exceso de liquidez internacional vuelve a estar presente. En Europa, merced a la reciente política del BCE que, en aplicación de sus medidas no convencionales, produce una muy fuerte expansión monetaria, a unos tipos de interés situados en bajos históricos. El objetivo, que está por ver si se alcanza, es corregir la deflación, bajar la prima de riesgo y estimular el crédito. Por otra parte, la liquidez ayuda a corto plazo y crea una apariencia de estabilidad. Pero se trata de un arma de dos filos.. Porque lo que sí es cierto – y muy peligroso – es que la expansión monetaria afecta a la estabilidad financiera, favorece la formación de burbujas y estimula fuertemente el riesgo moral. Dos ejemplos. Como los bancos apenas remuneran sus pasivos típicos existen incentivos para la especulación, de manera que la liquidez se vuelca al mercado de capitales o se desvía hacia activos sobrevalorados o de alto riesgo. Burbuja habemus. Por otra parte, si hay liquidez sobrada, “¿para qué continuar haciendo ajustes en la economía o en el negocio bancario? Ya se recuperará la economía y volverá la prosperidad al sistema financiero”. Ahora bien, ¿qué ocurrirá el día en que cambie la política del BCE? Por otra parte, la ingeniería financiera, los derivados y la banca en la sombra, que campaban por sus respetos en 2007 y fueron también causa importante de la crisis, “cabalgan de nuevo”. Podrá decirse: “¿pero es que las nuevas exigencias mínimas de capital no previenen los problemas?” Para muchos, esta regulación es asfixiante por excesiva. Y sin embargo, puede incluso resultar inútil. ¿Por qué? Porque se centra casi únicamente en las exigencias de capital, ignorando otras áreas clave, como la concentración de riesgos y una eficaz consolidación contable. También porque una proporción importante de los componentes que alimentan el capital regulatorio son apuntes contables con escasa sustancia económico-financiera. Además, las actuales normas prudenciales y las normas y prácticas contables contienen lagunas muy importantes. Baste mencionar, como ejemplo, que apenas se valoran los activos sobre la base de su posible valor de recuperación, sino sobre la base de pérdidas ya incurridas o de factores “razonables” que permitirían interpretaciones laxas, dejadas al criterio de cada país. Este enfoque no transparenta las pérdidas reales, ya que permite registrar como buenos numerosos activos deteriorados, evitando dotar las necesarias provisiones y reconociendo como ingresos intereses que no se cobrarán. Prevalece la “legalidad” de las cuentas, pero no cuentan los flujos de caja, el dinero. Además, se legitima así el registro de beneficios y capital ficticios y se contribuye incluso a la descapitalización mediante el pago de impuestos, reparto de dividendos, bonus e incentivos, basados en aquellos beneficios meramente contables. Pero el posible fracaso de las nuevas exigencias de capital puede venir sobre todo de la práctica desaparición de la supervisión “in situ”, que está siendo sustituida por el mero análisis a distancia, las auditorías – que tienen otra función -, los modelos matemáticos y las denominadas pruebas de esfuerzo. Mecanismos que pudieran ser complementarios, pero nunca sustitutivos de la inspección bancaria. Principalmente, porque todos ellos están basados en la información no comprobada que proporcionan las propias entidades olvidando que las entidades con problemas los ocultan y su información no es fiable. Por otra parte, ¿pueden ser técnicamente fiables los más de 6.000 modelos que existen en los bancos controlados por el BCE? ¿Y la gran solución que podría suponer el nuevo Mecanismo Único de Supervisión europea? Es una medida en la buena dirección, pero de eficacia solamente a largo plazo. Porque la heterogeneidad de las prácticas contables y normas prudenciales en los diferentes países, así como de sus prácticas supervisoras, es enorme y muy difícil de homogeneizar. Y no solo por razones técnicas, sino también políticas. Siempre habrá países poderosos que maniobren para conseguir alinearse con normativas que les favorezcan. En esta larga etapa de transición, el Supervisor Único no se atreverá a alinear todas las normas con las de los países más rigurosos. Sino que las alineará con las menos exigentes. Con lo cual, dejarán de aflorar problemas serios y la solución de las crisis se verán atrasadas y encarecidas. Mientras tanto, se apunta a las grandes fusiones como gran objetivo a perseguir. Como si “más grande” significara “más eficiente” o “más controlable” y con la esquizofrenia que supone fomentar más entidades sistémicas, que, resultando “too big to fail”, nunca se cerrarán. Pero ocurre que, además del panorama ya descrito, vivimos hoy situaciones macro muy problemáticas, que no se daban en 2007 y que pueden desencadenar acontecimientos internacionales imprevisibles. En 2007-2008, muchos países se encontraban en una situación de prosperidad. En 2015, por el contrario, numerosas economías europeas – y no solamente las rescatadas – padecen un estancamiento o avanzan a trompicones. El crédito apenas crece y el desempleo existente en algunos países es descomunal y muy lento de corregir. Además, el precio de numerosas materias primas ha experimentado fuertes caídas. Importantes países emergentes, que basaban en ellas su situación de prosperidad, declinan. Sin contar las consecuencias que puede tener en ellos la subida de los tipos de interés en Estados Unidos. China, que sigue creciendo, lo hace a un ritmo muy inferior al de los últimos veinte años y su capacidad importadora decrece en importante medida. Luego están los problemas de Brasil, Rusia… Todo lo cual afecta necesariamente a las economías exportadoras. Tenemos también el grave tema de Grecia, que puede afectar seriamente al euro y a la Unión Europea. En último lugar, vivimos hoy una fuerte inestabilidad geopolítica en diversas zonas del globo, cuyo desenlace es imprevisible. El Estado Islámico, Ucrania… Sin contar lo que puede suponer la incertidumbre política española. Las estadísticas internacionales dicen que las crisis financieras se producen cada doce o quince años. ¿Estamos próximos a una nueva crisis? ¿Incluso antes de que entre en pleno funcionamiento el complejo e inmaduro Mecanismo Único de Resolución, que se está gestando en la Eurozona? Puede ser aventurado afirmarlo. Algunos piensan que ganando tiempo se resuelven las cosas. Pero muchas veces no es así. Yo me limito a recoger y relacionar datos para estimular una reflexión realista. Como decían los romanos, “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. En todo caso, seguir arremangándonos todos, sí. Que banqueros, políticos y supervisores confundan la “legalidad” regulatoria con la realidad financiera, no. Conste que no entro ahora en el problema estructural que supone un sistema bancario que puede estar abocado a trabajar durante mucho tiempo con intereses como los actuales, con alta volatilidad y en un contexto en el que la financiación de la banca comercial está llamada a ceder espacio a la banca en la sombra. Pero esto es otra historia y quizás merezca otro tratamiento aparte. Seguro que aparecen soluciones.

Artículo previamente publicado en el diario Expansión.

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Comentarios

  • Xabi

    Hay un error tipografico en el título, será 2007 en vez de 2017 supongo..

    • Article Author
  • Javier García

    Gracias, Xabi, si si es un error.

    • Article Author

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