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¿Compra el dinero la felicidad? Una nueva perspectiva


Abel Fernández
¿Compra el dinero la felicidad? Una nueva...
Hace ya tres décadas, Richard Easterlin popularizó y dio nombre a una paradoja según la cual la renta solo proporciona bienestar hasta un cierto punto. El examen de la evidencia internacional indicaba que, una vez sobrepasado un cierto umbral, los individuos no obtienen una mayor satisfacción vital al aumentar su nivel de renta, es decir, que existía un punto de “saciedad” en la felicidad que reporta el dinero. Desde su publicación, la “Paradoja de Easterlin” ha atraído la atención tanto de investigadores como del público general, debido a las repercusiones que podría tener sobre nuestra política económica y nuestro estilo de vida. Según dicha hipótesis, la renta solo proporcionaría felicidad auténtica conforme va cubriendo nuestras necesidades más básicas como seres humanos, es decir, aquellas que se encuentran en los peldaños más bajos de la Pirámide de Maslow. Pero, para alcanzar los estadios más altos de la realización individual, las personas habrían de olvidar las aspiraciones económicas y concentrar sus esfuerzos en desarrollar la amistad y la convivencia en armonía con su entorno. 

La Paradoja de Easterlin introdujo también en el debate público una dualidad clave en la relación entre la renta y el bienestar: ¿importa más la renta absoluta o la renta relativa? Es decir, ¿somos más felices cuando tenemos acceso a mejores condiciones de vida o cuando nos vemos en mejor posición respecto a nuestros vecinos? El debate ha estado gobernado a menudo por la confusión entre la realidad de nuestro mundo y la realidad en la que realmente nos gustaría vivir. El tema atrae desde hace tiempo el interés de psicólogos, sociólogos y economistas, los cuales han encontrado evidencia convincente a favor de ambas hipótesis: nuestra felicidad depende tanto de nuestro nivel absoluto de renta como de la renta que disfrutamos al compararnos con nuestro entorno más inmediato, ya que las desigualdades dentro de un mismo entorno son a menudo percibidas como socialmente injustas.  Pero la disponibilidad de nuevos datos, que cubren actualmente un mayor número de países y también la evolución temporal de los mismos, está obligando a revisar la hipótesis inicial de Easterlin. Justin Wolfers y Betsey Stevenson, profesores de la Universidad de Michigan, llevan años analizando las principales fuentes acerca de la satisfacción vital de los ciudadanos de todo el mundo. Y sus conclusiones, recientemente publicadas en un informe de la Brookings Institution, apuntan a que, con los datos actuales, no existe evidencia alguna de dicho nivel de saciedad. Los autores han examinado para ello todas las encuestas existentes sobre el bienestar de los ciudadanos, han probado con diferentes umbrales y han analizado tanto las disparidades existentes entre distintos países como las existentes dentro de cada país. 

El resultado se repite desde todos los ángulos: los aumentos de renta están siempre asociados a un mayor nivel de satisfacción vital y, además, no existe un umbral a partir del cual los aumentos de bienestar son menores. Más bien al revés: parece existir un umbral, aquel que separa los países en vías de desarrollo con los países desarrollados, a partir del cual la relación entre renta y felicidad se acelera.  El primer gráfico muestra, a partir de los datos de la “Gallup World Poll” –la encuesta mundial con mayor cobertura-, la relación entre el PIB per cápita y la satisfacción vital de los ciudadanos de 155 países, entre los cuales suman el 95% de la población mundial. Y la evidencia es clara: no existe un punto a partir del cual una mayor renta no se traduzca en un mayor nivel de satisfacción vital. Cada punto representa a un país, y la relación entre ambas magnitudes se vuelve incluso más pronunciada a partir del umbral de los 15.000 dólares per cápita, aquel que separa a los países desarrollados del resto del mundo.  El segundo gráfico representa dicha relación entre PIB per cápita y la satisfacción vital dentro de los 25 países con mayor población del mundo. Cada línea representa un país distinto, de forma que todos los grupos de renta de cada país, desde los más pobres hasta los más afortunados, se encuentran representados.  No obstante, el estudio no argumenta que la renta sea, por supuesto, la única fuente de felicidad, sino solo que no existe un umbral a partir del cual ésta sea menos deseable. Por un lado, las diferencias de felicidad reportada por los ciudadanos de distintos países con niveles similares de renta pueden llegar a ser verdaderamente asombrosas. Así, países como Ucrania o Irán, los cuales tienen un perfil de renta similar al de México o Brasil, presentan unos niveles de bienestar subjetivo muchísimo menores que los de los segundos, hasta el punto de que, por ejemplo, incluso el grupo de renta más alto de Irán se declara menos feliz que el grupo de renta más pobre de Brasil. Es cierto que estas diferencias pueden estar reflejando en parte diferencias culturales en la forma de interpretar las preguntas que la encuesta realiza. Y, por otra parte, la relación positiva entre renta y felicidad no tiene la misma magnitud para todos los países y culturas. En lugares como la India o México, la diferencia de bienestar entre los grupos más favorecidos y los menos favorecidos es muy pronunciada, mientras que en culturas como la brasileña o la nigeriana, las diferencias internas no parecen importar tanto, al ser las pendientes menos pronunciadas. En última instancia, la clave puede no encontrarse en la satisfacción que da per se la renta a través de un mayor consumo, sino que el mayor bienestar se deriva de las condiciones necesarias para tener una vida laboral y económica próspera. Así, en los países con un mejor sistema educativo, con mayor seguridad ciudadana y jurídica y con una mayor igualdad de oportunidades, características asociadas a un mayor crecimiento y a una mayor renta per cápita, los ciudadanos son más felices por dicha sensación de seguridad e igualdad de oportunidades. En este sentido, la felicidad no sería causada por un mayor consumo, sino que las condiciones propicias para crear un mayor consumo son también las que causan una mayor felicidad. La posibilidad de una mayor realización personal y de una vida sujeta a menos arbitrariedades estaría así detrás de los mayores niveles de satisfacción vital que declaran los ciudadanos de los países más ricos y, dentro de cada país, los grupos más afortunados. Expertos en psicología como Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía en 2002 y padre del campo conocido como “economía conductual”, han investigado desde una perspectiva individual la relación de la renta de las personas con su nivel de felicidad, y sus hallazgos son compatibles y consistentes con la relación que a nivel macroeconómico describen Wolfers y Stevenson. Así, Kahneman descubrió que existen dos formas en las que el individuo interpreta su realidad: una inmediata o hedónica y otra ligada al desarrollo completo de su vida. Desde la perspectiva inmediata, los experimentos de Kahneman sí han confirmado un umbral a partir del cual los individuos no parecen experimentar un mayor nivel de bienestar a través de un mayor consumo. No obstante, el nivel de renta que el investigador identificó como umbral se encuentra en un techo bastante alto, unos 60.000 dólares anuales, solo al alcance de los grupos más ricos dentro de los países desarrollados. Pero, en segundo lugar, Kahneman observó que, al interrogar a los individuos acerca del conjunto de su vida, una perspectiva en la que los encuestados ponderan los resultados que han obtenido y su nivel de realización personal, dicho umbral deja de existir. El éxito en la vida y en los negocios y la realización personal, algo que el propio dinero no puede comprar, suponía una fuente inagotable de bienestar entre los individuos más afortunados en su vida económica.

La Paradoja de Easterlin, por lo tanto, ha dejado de existir a la luz de los nuevos datos existentes: a nivel agregado, un mayor nivel de renta siempre está asociado con un mayor nivel de felicidad y, además, no existe un umbral de saciedad a partir del cual esta relación deje de cumplirse. Pero ello no implica que el dinero sea la única fuente de felicidad y ni siquiera que sea el propio dinero, a través del consumo, el que da un mayor bienestar. El conjunto de condiciones que hace que los países prosperen podría ser el principal causante de este mayor bienestar. Así, los principios de la Pirámide de Maslow seguirían plenamente vigentes: una vez satisfechas las necesidades más básicas, la felicidad proviene de desarrollo individual y la realización en un entorno social en el que existan oportunidades e imperen unos ciertos principios de justicia social.

Una versión de este artículo ha sido reproducida en la revista Tiempo

Mostrar comentarios (8)

Comentarios

  • libreoyente

    Interesantísimo artículo, que exije varias lecturas posteriores sosegadas, y que da para muchas reflexiones. Lo guardo para ello.

    • Article Author
  • @Pablocoraje

    Lo acabo de leer con detalle y siento que debería releerlo un par de veces más para captar cada detalle que se desprende. La conclusión me ha quedado bastante clara y ha roto las premisas básicas de la que parte la teoría del consumo y la utilidad en relación al marketing, entendido con conceptos de valor percibido o valor añadido. Quizás habría que focalizar las distintas teorías según el mercado o punto de partida, y no hacerlas extensibles en términos genéricos (tal y como apuntáis en el artículo) Es interesante comprobar que hay un punto de inflexión por el cual dicha satisfacción crece a ritmo decreciente, o frena en seco. La gran frase “el dinero no da la felicidad” puede ser que parta de culturas más avanzadas en términos de utilidad, pero extrapolo esta conclusión según vuestro objeto de estudio de forma claramente objetiva. La variable “felicidad”, entendida como algo bastante subjetivo, se manifiesta en transacciones económicas que creo que se producen más veces en situaciones sociales que en las de un individuo por separado. Claro está que atiende a un tipo de perfil psicológico distinto en cada ser, pero atribuíble en su conjunto a nuestra raza, al ser característica innata en mayor o menor medida. Por ello, existen estudios que demuestran que disfrutamos más con una experiencia que con un regalo (léase en último spot de una conocida marca de fast food que lo refleja con mucha exactitud) Un placer volver a leeros. Sois geniales. Un abrazo

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