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Poniéndole precio a la muerte (de un CEO)


Manuel Illueca
Poniéndole precio a la muerte (de un CEO)
El pasado 23 de Julio Carsten Schloter, CEO de Swisscom, fallecía en su domicilio familiar de Friburgo (Suiza). Las primeras investigaciones apuntan a un suicidio, que no parece relacionado con la marcha de la empresa: desde principios de año, la cotización bursátil de Swisscom había aumentado un 6.3%, y la compañía había publicado resultados positivos en el primer trimestre de 2013. Al conocerse la noticia, el precio de las acciones disminuyó un 1.2%, con un volumen de negociación superior al doble de las sesiones anteriores, sin que a fecha de hoy el valor haya recuperado la cotización previa al fatal suceso.

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Desde un punto de vista estrictamente académico, el fenómeno biológico de la muerte del CEO brinda una interesante oportunidad de investigación. Si no ha sido anticipada por el mercado y no guarda relación con la performance de la empresa, la muerte o enfermedad grave del CEO constituye un shock aleatorio negativo de talento directivo, que permite cuantificar de forma precisa la contribución de los altos ejecutivos a la generación de valor para los accionistas. En teoría, la muerte inesperada del directivo es ajena a determinados aspectos de la empresa, como su sector de actividad, especialización productiva o nivel de riesgo, que podrían condicionar al mismo tiempo la rentabilidad del negocio y la elección del consejero delegado, de modo que evaluando la reacción de los mercados después del fallecimiento súbito de los CEOs, podemos responder de forma rigurosa a preguntas interesantes relacionadas con el talento directivo. Un reciente artículo de Nguyen y Nielsen analiza 149 muertes súbitas de CEOs de compañías norteamericanas, obteniendo una caída media de un 1.22% en el valor de cotización de las acciones en un intervalo de tres días en torno al anuncio del deceso. Si bien, en la mayor parte de los casos, el precio de las acciones tiende a recuperarse ligeramente a partir del segundo día posterior a la muerte del directivo, una vez que el consejo de administración nombra sucesor interino. Curiosamente, la reacción del mercado tiende a ser más negativa cuánto mayor es la retribución del CEO, indicando que el talento directivo guarda una correlación positiva con su nivel retributivo. El mercado de trabajo de directivos parece por tanto eficiente en el sentido de asignar más recursos a los individuos con más talento, sin que la evidencia empírica presentada en el trabajo sea compatible con la hipótesis de que los altos sueldos de los directivos responden a una apropiación ilegítima de la riqueza del accionista. De hecho, los resultados de Nguyen y Nielsen ponen de manifiesto que el sueldo de los directivos es sustancialmente menor al valor económico que su talento aporta a la empresa. Las retribuciones salariales de los directivos a lo largo de un periodo de 10 años de permanencia en la empresa -10 años es la tenure media en USA- alcanzarían aproximadamente el 80% de la caída en el valor de la compañía en los días posteriores a su muerte. En el caso de Schloter el porcentaje es aún menor. La muerte del CEO de Swisscom provocó una disminución de 362 millones de Francos Suizos en la capitalización bursátil de la empresa, muy lejos de los 19 millones de Francos que el directivo habría cobrado por un periodo de 10 años al frente del consejo de administración. En este mismo sentido, un trabajo reciente de Bennedsen, Pérez-González y Wolfenzon analiza los efectos económicos de las enfermedades graves de los altos ejecutivos, entendiendo por tales aquellas que obligan a una estancia hospitalaria de más de cinco días. El estudio, desarrollado a partir de una muestra de empresas danesas, permite concluir que las empresas sufren una caída de su rentabilidad sobre activos próxima al 7% debido a la ausencia del consejero delegado. De hecho, y consistentemente con este resultado, el trabajo reporta un incremento del 15% en la probabilidad de que el CEO sea cesado cuando la hospitalización dura más de cinco días (incremento estadísticamente significativo a niveles estándar). Cuando el ejecutivo es joven y su formación es excelente, o cuando la empresa opera en contextos competitivos de rápido crecimiento, la pérdida por enfermedad del CEO reduce la rentabilidad todavía más, mientras que la enfermedad de los ejecutivos de segundo nivel no parece tener efectos significativos sobre la performance de la empresa. Todo ello refuerza la idea de que el talento directivo afecta positiva y significativamente al rendimiento de las organizaciones. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucede con los futbolistas o las estrellas del rock, el sueldo de los directivos es siempre objeto de gran polémica. La opinión pública tiende a idolatrar a los fundadores de las grandes empresas por su capacidad creativa, espíritu emprendedor, y carácter visionario, pero no asimila de buen grado los sueldos de los altos ejecutivos. Los efectos económicos asociados a la muerte súbita de los CEOs nos ayudan a entender la importancia de que las empresas adquieran talento directivo, pagando sueldos consistentes con el valor que generan los mejores ejecutivos.
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