ESOL: English As a Second Life y el supuesto sueño americano


Sebastián Puig
ESOL: English As a Second Life y el supuesto...

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Pongamos que su nombre es Cynthia. 

Cynthia es hondureña. Morena, bajita, redonda y dulce como un bombón.  Tiene un hablar quedo de musicalidad caribe, gesto pausado pero mirada agudísima, de esas que parecen haber visto pasar más de una vida. Es una de las alumnas preferidas del profesor del curso gratuito de  ESOL (English as a Second Language) para principiantes en el Montgomery College de Wheaton (Maryland).  Está siempre atenta (“con las antenas paradas”, dice ella), hace todos los deberes, interviene activamente en clase y absorbe vocabulario como una esponja, aunque a veces no puede evitar algún que otro cabezazo de cansancio. Tampoco es de extrañar.

Cynthia sale de trabajar del McDonald’s todos los días a las cinco de la mañana. Como dice ella, hace el turno más perro de la jornada, pero no hay otra. Regresa a su piso, echa un sueñecito y coge el autobús para llegar a tiempo a clase. De nueve a once, de lunes a viernes. Suele ser la última en entrar. No se siente extraña. En el aula son casi todas hispanas (con la excepción de una chica polaca, una abuela de Bangladesh y una joven china), casi todas mujeres (sólo hay dos muchahos asiáticos), casi todas trabajadoras y casi todas “irregulares”. Algunas de ellas llevan más de una década en los Estados Unidos y apenas chapurrean el inglés.

– Claro, están todo el día platicando lo suyo. Pero eso no me pasará a mí -afirma Cynthia, orgullosa-. Sin el inglés aquí eres un arrastrado. Y no quiero andar siempre hule, viviendo al día.

Cynthia está casada. Su marido trabaja instalando y reparando aires acondicionados y calefacciones. Cuenta que el dueño de la empresa le paga 10 dólares por cada encargo, mientras que al cliente le cobran cien o más.

– Pero bah, con eso y las propinas, no está malo. Hay que andarse piano y no quejarse mucho.

Con lo que ganan ella y su marido tienen suficiente para pagar la vivienda (compartida con otras tres familias), comer, mantener su viejo Toyota y enviar dinero a su hija. Algunos meses consiguen hasta ahorrar unos cuantos dólares.

– A la niña la tenemos en Costa Rica, con mi hermano. La extrañamos mucho, pero aquí no la podemos traer todavía. Nosotros llegamos desde México en tren. Nos subimos a ese tren, ya sabe. Nos tuvimos que bajar y subir unas cuantas veces.

Cynthia casi nunca menciona “el tren”, pero cuando lo hace parece empequeñecerse. Calla unos segundos, perdida en sus recuerdos y luego esboza un gesto muy suyo, como de querer apartar un mal sueño. Recompone la figura y en seguida vuelve a ser la mujer voluntariosa que todos conocen.

– Peor estábamos allá -repite siempre cuando el ánimo flaquea-. Y hemos tenido suerte: nunca hemos caído enfermos. Tenemos conocidos que acabaron hechos porra, y tuvieron que regresarse. Mal asunto.

Hoy, en cualquier caso, es un buen día. Acaba de saber que ha sacado una excelente nota en los exámenes y que puede subir de nivel. “Beginner 2”, le ha dicho el profesor. “Congratulations”.

– Si sigo mejorando, tal vez me hagan encargada -sueña en voz alta, sonriendo. Parece una niña con zapatos nuevos.

Son las 12:30, ya es tarde. Debe apresurarse para no perder el autobús de regreso a casa. Hay que echar una mano en la cocina y cuidar de los niños de dos compatriotas. Con ello se gana unos dólares adicionales, o comida, según vayan las cosas.

La veo alejarse con pasos cortos y rápidos, casi a saltitos, como un gorrión. Pienso otra vez en la sustancia que conforma este país y en los millones de historias anónimas que obviamos tantos economistas “reales” cuando proponemos nuestras milagrosas recetas. Realidades como de la Cynthia.

Me dijo que ella ni siquiera está persiguiendo el sueño americano. Que se conforma por ahora con haber salido de su propia pesadilla, y que eso, por narices, tiene que ser bueno para cualquier economía.

Feliz Año Nuevo a todos.

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