El G20 y el maná que todo lo puede


Sebastián Puig
El G20 y el maná que todo lo puede

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El pasado 16 de noviembre se celebró en Brisbane (Australia) una nueva cumbre del G20 (cuya presidencia acaba de asumir Turquía) desde la que se se determinó poner en marcha un “plan de medidas” para tratar de evitar la ralentización económica mundial. El ambicioso (y rimbombante) paquete de iniciativas incluye un impulso a las infraestructuras, la reducción de trabas al comercio y las sempiternas medidas contra la evasión fiscal, entre otras estrategias. En este sentido, merece la pena revisar los tres primeros párrafos del comunicado final (la traducción es mía):

“1. Incrementar el crecimiento global para proporcionar mejores estándares de vida y empleos de calidad para las personas de todo el mundo es nuestra mayor prioridad. Damos la bienvenida a un crecimiento más robusto en algunas economías clave. Pero la recuperación global es lenta, desigual y no está generando los empleos necesarios. La economía global está siendo ralentizada por un déficit de demanda, mientras que abordar las restricciones a la oferta resulta clave para aumentar el crecimiento potencial. Persisten los riesgos, incluyendo los mercados financieros y las tensiones geopolíticas. Nos comprometemos a trabajar conjuntamente para potenciar el crecimiento, fomentar la resiliencia económica y fortalecer las instituciones globales.

2. Estamos decididos a superar estos desafíos y a intensificar nuestros esfuerzos para lograr un crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado, y para crear empleos. Estamos implantando reformas estructurales para potenciar el crecimiento y la actividad del sector privado, reconociendo que los mercados que funcionan adecuadamente son fuente de prosperidad. Nos aseguraremos de que nuestras políticas macroeconómicas sean adecuadas para apoyar el crecimiento, fortalecer la demanda y promover el reequilibrio global. Continuaremos implantando estrategias fiscales de manera flexible, teniendo en cuenta las condiciones económicas a corto plazo, mientras el ratio deuda-PIB se ubica en una senda sostenible. Nuestras autoridades monetarias se han comprometido a apoyar la recuperación y a abordar las presiones deflacionarias cuando sea necesario, siguiendo sus mandatos. Tendremos en cuenta los impactos globales de nuestras políticas y cooperaremos para controlar los efectos indeseados. Estamos listos para utilizar todos los instrumentos políticos para sustentar la confianza y la recuperación.

3. Este año nos hemos fijado un objetivo ambicioso de elevar el PIB del G20 en por lo menos un dos por ciento adicional para 2018. Los análisis del FMI y la OCDE indican que nuestros compromisos, de implementarse completamente, proporcionarán el 2,1 por ciento. Esto sumará más de 2 billones de dólares a la economía global y creará millones de empleos. Nuestras medidas para incrementar las inversiones, aumentar el comercio y la competencia y estimular el empleo, juntamente con nuestras políticas macroeconómicas, respaldarán un desarrollo y crecimiento inclusivos, y ayudarán a reducir la desigualdad y la pobreza”.

Los países firmantes se comprometen, además, a monitorizar las iniciativas planteadas y a hacerse mutuamente responsables del cumplimiento de sus compromisos. Ahí es nada…

Mucho ruido e inciertas nueces

El impacto de la cumbre, más allá de estas honrosas intenciones, ha sido ciertamente limitado, al haber coincidido con una coyuntura internacional muy espesa y tensionada, con diversos frentes geopolíticos abiertos, entre ellos el caos de Oriente Medio y el terrorismo de ISIS, el conflicto ucraniano y el nuevo orden geoeconómico global que se advierte tras la revolución energética de los Estados Unidos. En este sentido, la presencia de Putin (que vino “acompañado” por cuatro buques de guerra) trastocó el desarrollo de la reunión, al concentrar numerosas protestas y amenazas de sanciones adicionales ante su injerencia en el este de Ucrania. De hecho, el mandatario ruso acabó por abandonar Brisbane.

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Por su parte, los medios de comunicación generalistas se limitaron a informar sobre las medidas anunciadas y despachar sus crónicas sobre la cumbre con más premura que interés. En la prensa especializada, numerosos analistas manifestaron su desconfianza ante el enésimo anuncio de soluciones sistémicas y de transformación de los cimientos económicos globales. Hasta la propia ministra de Asuntos Exteriores del país anfitrión, Julie Bishop, se mostró escéptica con la eventual aplicación práctica de las más de 800 medidas propuestas:

El gran problema, por supuesto, será ver si los países pasan de hacer declaraciones sobre lo que van a hacer a comprometerse realmente con objetivos y compromisos jurídicamente vinculantes”.

No obstante, cometeríamos un error si dejáramos pasar la ocasión de analizar, aunque sea de forma somera, el discurso económico subyacente en la cumbre. La orientación intervencionista que se deriva de los documentos generados en Brisbane nos ofrece una preocupante idea de por dónde pueden ir los tiros económicos de las grandes potencias: más inyección monetaria, mucho, muchísimo gasto público en infraestructura y abundante ingeniería política para conseguir la cuadratura del círculo. En fin, novedosísimas medidas. Como escribía en Twitter mi apreciado Juanma López Zafra:

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Obras son amores (nunca mejor dicho)

La iniciativa estrella surgida de la cumbre del G20 es la creación del Centro Global de Infraestructuras dentro de la llamada Iniciativa Global de Infraestructuras , que pondrá en contacto a inversores y a promotores de grandes proyectos de construcción en todo el mundo. El nuevo organismo tendrá sede en Sídney durante los primeros cuatro años y, en palabras de sus promotores, “permitirá cerrar el agujero de 70 billones de dólares a nivel global en infraestructuras para 2030”, financiándose con fondos públicos y privados. Todo ello creará, en el largo, plazo “100 millones de puestos de trabajo adicionales y 6 billones de dólares de nueva actividad cada año”.

Impresionante, ¿no les parece?

Como no podía ser de otra manera, hay una gran consultora metida de por medio, en este caso McKinsey & Company, que elaboró el siguiente vídeo promocional. Atentos a los mensajes, porque van a estar escuchándolos una y otra vez en los meses venideros, como si de un mantra se tratara:


Los CPP, las estrellas del show

La Iniciativa de Infraestructura pretende desarrollar una estrategia basada en bolsas de fondos, destinadas a financiar grandes paquetes de proyectos de colaboración público-privada (CPP). Los recursos provendrán de diversas fuentes. En primer lugar, el G20 tiene la mirada puesta en los grandes inversores institucionales (fondos de pensiones, fondos soberanos…), que pueden proporcionar, según sus estimaciones, hasta 80 billones de dólares. Se contará además con la aportación financiera de “instituciones” nuevas o existentes, de los contribuyentes y de los usuarios de las infraestructuras construidas.

El G20 anima a “maximizar las opciones financieras”, y ello incluye un “enfoque abierto hacia todas las fuentes económicas”, sean de la naturaleza que sean; una titularización de los préstamos concedidos para los CPP, así como la creación de una “asset class” específica de infraestructura. Dicho en román paladino: agárrense la cartera ciudadana.

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A los proyectos de colaboración público-privada les dedicaremos en Sintetia un artículo más adelante, pero cabe apuntar que su idoneidad sigue generando enormes incertidumbres. Además de su acreditada tasa de fracasos (aspecto que apuntamos en nuestra reciente entrada sobre estratagemas fiscales), no está demostrado que proporcionen recursos adicionales al sector público. Tampoco se ha verificado de forma consistente su sostenibilidad financiera en el tiempo, ni existe coincidencia sobre cuáles serían los criterios adecuados para discriminar qué proyectos deben ser elegidos sobre otros y con qué precedencia.

¿Una selección alejada de intereses políticos localistas? Guardemos un sano y muy distante escepticismo.

El cuento de la lechera

A lo expresado anteriormente debemos añadir que se pretende una acción mundial conjunta de proyectos de infraestructura, con objeto de recrear una especie de “New Deal” o de Plan Marshall, todo un ejemplo de “wishful thinking” de manual. No sé a ustedes, pero a mí me parece un Plan E a escala planetaria.

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No soy capaz de entender cómo se podrá implantar esta iniciativa en unas economías muy endeudadas y generadoras de elevados déficits presupuestarios, olvidando la eficiencia y la necesidad de recuperación a corto plazo, cercenando además las opciones de competitividad internacional de otras empresas y sectores económicos que no son, “políticamente”, candidatos a recibir los miles de millones que tan pródigamente se van a repartir.

El pasado mes de octubre acudí a un panel en el CSIS sobre perspectivas de esta cumbre australiana del G20, en la que participaron, entre otros, Mr. David Lipton, subdirector gerente del Fondo Monetario Internacional. Dos de los asistentes (yo era el tercero, pero no tuve tiempo de intervenir) le preguntaron sobre la viabilidad financiera de la Iniciativa Global de Infraestructuras en un contexto económico general tan débil e incierto. Las respuestas del señor Lipton fueron un monumento a la inconcreción y al voluntarismo político. Vino a decir lo que tantas veces hemos escuchado en la esfera pública: “se hará lo necesario para que resulte lo conveniente”.

Quizás hubiera sido oportuno recordar en ese momento que el endeudamiento global no ha dejado de crecer ni siquiera durante los momentos más duros de la crisis financiera, y que la amortización de tan monstruosa deuda (casi 100 billones de dólares al cierre de 2013) se halla, precisamente, comprometida por unos crecimientos económicos cuyas previsiones llevan ajustándose a la baja desde 2008. Crecimientos que se pretenden potenciar con más gasto público, más déficits… y más deuda.

Deuda global

Sinceramente, como analista, tengo muchas dudas. No consigo ver en esta iniciativa una solución apropiada, practicable, oportuna y completa, tan sólo otra patada hacia adelante que pretende obviar las grandes fallas sistémicas de la economía global. Si alguno de nuestros instruidos lectores piensa lo contrario, tiene abierta esta tribuna para arrojarnos algo de luz sobre la cuestión. Invitados quedan.

Hasta entonces, never surrender.

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