Evolución, soluciones emergentes e instituciones sociales


Simón González de la Riva
Evolución, soluciones emergentes e...

Hace muchos años, en mi paso por la universidad, la facultad de Filosofía y Letras entre otras, ofrecía algunos títulos propios (del tipo “Diploma en Estudios X”) que me resultaron atractivos. Por ello orienté las asignaturas de libre configuración bien a “marías” (asignaturas que dominaba previamente, como “Informática Aplicada”), bien a la obtención de estos diplomas.

Cursé desde un “Análisis de La República de Platón” hasta una “Introducción al Estudio del Impacto Ambiental”, y sin embargo quedé profundamente desencantado con esas reuniones de conocimientos y asignaturas… Hasta el punto en que jamás logré diploma alguno. El motivo, entre otros, es que constituían agregaciones de asignaturas sobre un mismo ámbito sin coherencia alguna entre sí, justo lo contrario de un análisis “comprensivo y transversal” del asunto de estudio (en la actual jerga educativa).

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A menudo me quedaba la sensación (correcta o falsa, no lo sé), de que cada asignatura constituía la aplicación directa de las herramientas y recetas del profesor (del departamento, de la titulación, de la facultad) de turno al objeto de estudio. Me quedaba la sensación de haber estudiado las facetas –las caras –de la cuestión, sin haber llegado al fondo de la misma.

Les pondré un ejemplo que se me grabó. La frase “en X las poblaciones agrícolas se crean en la confluencia entre una fuente de agua y una vía de comunicación” fue pronunciada en clase por el docente, y transcrita literalmente en el examen. En mi fuero interno pensaba: “las poblaciones se asientan junto a una fuente de agua… ¡y sólo después las vías de comunicación unen las poblaciones!”

Soluciones culturales

Quedé con la impresión de que la demografía, la orografía, el clima, etc. no explican por sí solos la aparición de un fenómeno cultural, como pueden ser la forma económica de acceso a la procreación (dote, excrex, o mahr) o un tabú alimenticio. Es la reunión de todos ellos lo que permite explicar la evolución, convergente o divergente, de las soluciones culturales, e igualmente importante, su permanencia o transformación.

Quedé con la impresión, insisto, de que se estudian con más profundidad los cómos sobre los porqués. Para mi horror, en mi vida profesional me he descubierto infinidad de veces a mí mismo cayendo en el mismo error de análisis. Una vez sincerado (confesado pecador), intento hallar primero los porqués para sólo después buscar los cómos. El famoso análisis cualitativo en que tanto insisto. Y llego a una ley trasversal a todas las ciencias humanas:

Cualquier solución cultural preponderante es evolutivamente superior, en ese momento y lugar, a otras posibles soluciones, aunque sean también existentes en el mismo espacio y tiempo.

Es, en el fondo, una tautología, pero no una en la que caigamos en cuenta fácilmente. Cada solución aceptada socialmente de forma espontánea, cada institución, resulta útil a quienes así la consideran, e incluso superior a otras alternativas menos arraigadas. No importa si uno personalmente encuentra preferible una solución social actualmente minoritaria; la aversión al cambio, y a su inherente incertidumbre, hace del continuismo algo psicológicamente menos costoso.

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Pequeño ejemplo de grandes evoluciones

Una de las lecturas más deliciosas en los devaneos por las ciencias humanas de aquellos años universitarios, fue un informe de un profesor de la Universidad de Zaragoza (por desgracia no recuerdo más datos y no he conseguido encontrarlo después). Queriendo estudiar la institución matrimonial en el alto Aragón (norte de Zaragoza y Huesca) durante la Alta Edad Media, había ido recopilando datos de los registros parroquiales en los pueblos que todavía los mantenían. Le interesaba este entorno porque reunía zonas fuertemente feudales con otras que no lo eran en absoluto, mientras preponderaban los minifundios y las propiedades eclesiales (de monasterios, por ejemplo) no habían crecido especialmente.

Cruzando datos de bautismos y bodas, encontró una enorme variabilidad en la edad de acceso al matrimonio de las mujeres; variabilidad que sin embargo seguían tendencias comunes en toda la zona de estudio. En cambio, la edad de los hombres que se casaban no mostraba patrón alguno. Pero sí lo encontró en el número de varones que eran “entregados a la Iglesia” (destinados a la vida sacerdotal o monacal), en ciclos muy similares a la edad de las novias. De forma resumida, digamos que las épocas de novias de más edad se correspondían con más varones entrando en la Iglesia.

Alcanzando la explicación

Profundizando en los pocos registros de parroquias que incluían el importe de los diezmos, encontró por fin una explicación conjunta a todos los fenómenos anteriores: la riqueza o pobreza relativa de las cosechas. Unos cuantos años de malas cosechas precedían a un retraso en la edad del matrimonio de las mujeres y a una mayor propensión a que los hijos varones acabasen con tonsura.

Ambas instituciones sociales, edad de acceso a la fertilidad en las mujeres y probabilidad de acceso a la castidad definitiva de los hombres, parecían regular casi automáticamente la población a los ciclos en la producción agraria, como demostraban (de nuevo) los bautismos poco tiempo después. Dado que los mercados, básicamente locales, no parecían haberse ampliado durante todo el periodo de estudio, el transporte de excedentes no paliaba estas situaciones y la solución había de ser, y era, necesariamente local o regional.

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Ambas instituciones sociales también ajustaban la población al alza en épocas de bonanza, o más exactamente, al final de los periodos de carestía, constituyendo un magnífico predictor de la inminencia de un auge agrícola.

Aprendiendo del pasado… y del presente

¿Qué hace toda esta diatriba en un blog de economía y empresa como es Sintetia?

Personalmente, descubrir este estudio me enseñó a confiar más en las soluciones emergentes y espontáneas. Me enseñó a paliar cierta prepotencia intelectual que desarrolla toda persona formada hacia los que no lo están en cuanto a los problemas que a estos atañen. Me enseñó la universalidad en todas las ciencias humanas de esta ley básica (que expreso aquí en términos económicos): Los agentes responden a los incentivos. Me vacunó (provisionalmente; luego vinieron periódicamente las dosis de refuerzo) del micromanagement.

Pero también podemos aprender que la mejor manera de combatir hambrunas y carestías es la apertura de los mercados, mejor cuanto más amplios. Que el descenso de la natalidad y la fertilidad, cuando la demografía y la economía lo requieren, ocurre espontáneamente sin necesidad de una intervención desde la normativa legal.

Y sobre todo propongo que aprendamos y asumamos que las soluciones culturales, y esto incluye las económicas (excepto las instituciones más básicas), no son inmutables ni eternas. Que la actual configuración de un mercado, con sus estándares, modelos de negocio preponderantes, cadenas de suministro, etc., no es inmutable. ¡Ni siquiera estable! Dicho de otra manera: “Cuando un [nuevo] modelo de negocio tiene sentido económico, o te conviertes en Corea del Norte, o acaba prosperando”.

Una última idea. Empeñémonos en desentrañar los porqués y no nos conformemos descubriendo los cómos; sólo así lograremos comprender totalmente el fenómeno de estudio.

 

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Simón González de la Riva

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P.D.: Si alguien conoce el estudio que relato en este post, o cómo volver a encontrarlo, le agradecería enormemente lo indicase en los comentarios. Me encantaría poder leerlo de nuevo, y corregir aquello que mi memoria haya tergiversado.

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