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España en 2013 o cómo bajar este año de ‘los 4 minutos en la milla’


Consejo Editorial
España en 2013 o cómo bajar este año de...
Desde finales del siglo XIX, todo entrenador y atleta profesional de cualquier continente tenía un reto: romper la barrera de los 4 minutos en la distancia de una milla. El reto constituía, según el escritor John Bryant, “una barrera tanto psicológica como física, como una montaña incontestable; cuanto más cerca estaba, más infranqueable parecía”. El propio Bryant detalla la proliferación entonces de datos y análisis enfocados a lograr correr la milla por debajo de los 4 minutos: las condiciones meteorológicas debían ser perfectas (20ºC y nada de viento), una pista de arcilla seca y dura, y toneladas de motivación tanto en el atleta como en el público (¡se creía necesario un estadio lleno de gente!). Todo tenía que ser perfecto para lograr el objetivo, pero este nunca llegaba. Periodistas, analistas deportivos y atletas habían ido creando un mito. La humanidad se estrelló durante décadas contra dicha barrera hasta que el 6 de mayo de 1954 Roger Bannister logró superar la hasta entonces infranqueable marca. Y lo hizo en un día frío, húmedo y en un pequeño torneo celebrado en Oxford con poca asistencia de público. William Taylor, fundador de la prestigiosa revista Fast Company, se sirve en su libro Hazlo distinto y triunfa de esta historia para explicar el poder de los modelos mentales a la hora de afrontar grandes retos. Y es que la historia de la milla en menos de 4 minutos no acaba con la aparente hazaña de Bannister: una vez rota la barrera, la mítica marca comenzó a ser sistemáticamente franqueada por multitud de corredores en muy poco tiempo. ¿Qué había causado dicho bloqueo? Según Taylor, “los corredores del pasado habían estado bloqueados por una mentalidad que les decía que no podían mejorar la marca […], pero de repente vieron que lo que habían considerado imposible no lo era”. La barrera que bloquea el paso a la modernidad España comienza un año 2013 en una situación parecida a la del atletismo de principios del siglo XX. Nuestra particular “milla de los 4 minutos” consiste en realizar definitivamente una segunda transición económica y social que los responsables políticos creen imposible. La mayoría de analistas coincide en la necesidad de actualizar un modelo que sirvió para una transición de economía en desarrollo a una economía basada en los servicios, pero observan desesperados la incapacidad del Gobierno para realizar reformas en profundidad y la reticencia de la población a aceptarlas.

 

El mayor error del anterior Gobierno, por encima de todos, fue el tratar de transmitir a los ciudadanos que España no se encontraba en una encrucijada histórica y que la recesión era pasajera; que todo pasaría, que la demanda volvería y que la crisis se podría resolver con poco más que gasto público. De la misma forma, al actual presidente se le otorgó la mayoría absoluta tras una campaña electoral “plana”, con un plan de reformas muy difuso donde se hablaba de reducción de impuestos, de mantener las pensiones y no recortar gasto social. El entonces candidato confiaba en que una agenda reformista y una austeridad presupuestaria moderada devolverían la confianza a los mercados y pondría de nuevo a España en la senda del crecimiento. Pero la profundidad de la crisis se impuso. Un año después, ya en la presidencia, Mariano Rajoy sentenciaba: “La realidad me ha impedido cumplir mi programa electoral”. Tras cinco años de inacción y retórica vacía contra enemigos externos, España necesita romper sus propios esquemas mentales. Es imposible retroceder a la España de hace 5, 7 o 10 años. Los ciudadanos hemos de asumir una actitud de “re-iniciar” muchas de las cosas que creíamos fijas, y no podemos para ello caer en la tentación de explicar las condiciones “óptimas” para salir de la crisis a través de una planificación perfecta, como intentaban los analistas de la barrera de la milla en 4 minutos. En este sentido, Benito Arruñada argumentaba recientemente en una brillante entrevista que “nuestros problemas no se resuelven copiando las relaciones laborales austriacas, la formación profesional alemana o las escuelas finlandesas. Hemos de desarrollar soluciones adaptadas a nuestras características, en especial, a nuestros recursos, nuestros valores y, en el caso concreto de las leyes, a nuestra escasa capacidad de enforcement legal”. Los principales elementos de la barrera ¿Cuáles son los principales problemas que constituyen nuestra particular barrera de los 4 minutos? ¿Qué obstáculos no han sido todavía superados por ninguno de los dos Gobiernos? 1.- Las sucesivas reformas del mercado financiero se han sucedido sin ningún efecto. El motivo es sencillo: la palabra reforma ha sido en todo momento un eufemismo que no abordaba la cuestión vital: ¿quién asume las pérdidas del crash inmobiliario? En lugar de esclarecer esto, se ha prestado dinero público a la banca, se han colocado los ‘activos tóxicos’ en un ‘banco malo’ y todo ello con la ayuda europea y el dinero público. Sin embargo, el mercado de crédito no puede volver a funcionar hasta que los posibles acreedores no tengan claro qué sucederá con las entidades insolventes, y cuánto podrán aguantar estas. Finalmente, el sector público ha acabado asumiendo casi totalmente el enorme agujero inmobiliario. Se ha consumado la peor de las pesadillas para los ciudadanos y contribuyentes: la socialización de las pérdidas. Aunque lo más relevante ha sido la total ausencia de crítica ante la falta de alternativas, este proceso de socialización de pérdidas ha sido el momento más triste de nuestra joven democracia, pues deslegitima la acción de los poderes públicos mientras alimenta la desidia y el hartazgo de la ciudadanía. 2.- El déficit en época de crisis. El 2012 fue el año en el que nos dimos cuenta de lo tremendamente difícil que es reducir el déficit público en un contexto de crisis. El gasto público tiene una enorme inercia, debido principalmente a los salarios y al crecimiento de las pensiones, y lo que la población percibe como «inaceptables recortes» no han sido en realidad más que leves ajustes: el déficit rondará en 2013 el 8% o 9% del PIB –que a su vez significa que el sector público gastará alrededor de un 25% más de lo que ingresa-. Solo un repunte de los ingresos públicos podría reducir el déficit sin grandes traumas, pero la única esperanza para ello es el retorno del crecimiento y la creación de empleo. El problema, y a ningún economista debería dolerle reconocerlo, es que no hay ninguna medida que pueda lograr esto a corto plazo. Las reformas estructurales tardan tiempo en surtir efecto, y no hemos acometido prácticamente ninguna de ellas. 3.- No ha cambiado nada en nuestro sistema educativo. De hecho, las cosas solo han empeorado. Los incentivos son los mismos que nos han llevado a la tasa de abandono más alta de Europa en educación secundaria, y los recursos, además, han disminuido. Nuestro sistema educativo tiende a suprimir la desigualdad en las capacidades de los niños, desaprovechando sistemáticamente a los más dotados mientras se justifica con un falso igualitarismo: no hay igualdad de oportunidades cuando más del 30% de nuestros jóvenes -¡el doble que en el resto de Europa!- no termina la educación secundaria. Por otra parte, mientras las universidades punteras internacionales han comenzado la conquista mundial de la educación (recomendamos al lector, si no conoce dichas plataformas, darse un paseo por EdX y Coursera), las nuestras debaten cómo encajar los recortes y su evidente sobredimensión. 4.- La (pseudo)reforma laboral no ha cambiado el aspecto que más frena nuestro crecimiento: en vez de incentivar la movilidad y la búsqueda del trabajo donde uno es más productivo, nuestro sistema de protección laboral incentiva la inmovilidad y que los trabajadores se aferren a su puesto de trabajo. Cuando una empresa se hunde o uno no se encuentra a gusto en su puesto, lo lógico sería marcharse, pero nuestra legislación laboral lo desaconseja profundamente, ya que supone perder todos los derechos de cobro adquiridos en caso de despido. 5.- Tampoco se ha abordado ni una coma del diseño territorial del Estado. La Administración Central está actuando como financiadora de las comunidades autónomas y de las corporaciones locales, y ha dado una señal inequívoca de que no dejará caer a ninguna de ellas. Inexplicablemente, las últimas siguen manteniendo las competencias sobre urbanismo -siendo esta una de las grandes incógnitas de la gestión política de la crisis-, y el diseño territorial hace agua por una maraña de incentivos perversos. Dos de las tres competencias más importantes del sector público, sanidad y educación, están en manos de una Administración (la de las comunidades autónomas) insolvente: solo se financia ya a través del Estado y su sistema de financiación lleva años roto y generando desigualdades absurdas. Rompiendo las limitaciones para volver a crecer El gran reto que España afronta en 2013 es la superación de todas estas barreras allí donde la clase política y la ciudadanía piensan que es imposible. Aunque la planificación de la salida de la crisis no sea posible y el recurso al gasto tampoco, existen muchos otros caminos a explorar, los cuales habrán de ser descubiertos por los propios ciudadanos. Aunque el Gobierno no puede con su acción directa poner fin a la crisis, sí que tiene la capacidad para poner fin a muchos de los incentivos perversos y errores de diseño institucional antes detallados. En ausencia de dichos lastres, muchas facetas de nuestro sistema productivo han demostrado que pueden competir en los mercados mundiales y crear empleo. Al igual que en el récord de la milla, la rotura de las barreras iniciales podría traer un inesperado éxito en cascada. La auténtica materia prima de un país no son sus recursos ni su territorio, sino el talento de sus ciudadanos. Una vez dejemos de pensar en términos sectoriales, de mercado de la vivienda, de energías renovables o no renovables, de infraestructuras físicas ruinosas y de tiempos pasados que no volverán, emergerá la única solución: la iniciativa individual de ciudadanos bien formados y con incentivos para prosperar. Si alguien tiene el poder suficiente para iniciar esta actitud de cambio y apertura a la experimentación con otros diseños institucionales, este es desde luego el Gobierno del Estado. El año 2012 ha servido para que nuestros responsables se diesen cuenta de que las cosas no volverán a su antiguo cauce dejando pasar el tiempo y apelando a la confianza. La agenda con las reformas ha de sacarse del cajón en que lleva encerrada desde el pasado febrero, aunque para su justificación sea necesario aceptar un rescate condicional –siempre y cuando las reformas estén previamente pactadas y no se reduzcan a las prescripciones genéricas que hemos visto para Grecia o Portugal: España necesita mucho más una reforma educativa seria que, por ejemplo, “despedir a 200.000 funcionarios”-. Es muy posible que nuestra capacidad de adaptación haga el resto en cuanto de verdad asome el primer brote verde. Con el primer crecimiento vendrá el aumento de los ingresos públicos y la reducción del déficit. Como explicaba Bill Clinton en su primer discurso como presidente -“A Estados Unidos no le pasa nada malo que no se pueda curar con lo que Estados Unidos tiene de bueno”-, nuestro país tiene suficientes cosas buenas como para forjar un futuro esperanzador. Pero, para ello, habremos de romper ese absurdo bloqueo que nos mantiene atados a un sistema institucional que ha caducado. Nada volverá a ser igual tras derribar la barrera, por lo que deberemos abandonar sin demora mucho de lo que nos trajo hasta esta encrucijada con la modernidad. Artículo original publicado en “Análisis de Sintetia” en el diario El Confidencial.
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  • Sintetia » España destina el 3% del PIB a las prestaciones por desempleo

    […] o baja que sin duda perdurarán con salarios de ese nivel. Pero otra parte de nuestra crisis es estructural, ya que una gran parte de nuestra realidad productiva pasada se ha ido para no volver, y cada vez […]

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