El colesterol de la economía española

17 febrero 2010

Si acude a su médico y le dice que tiene el colesterol y los triglicéridos por las nubes, enseguida se le vendrán a la cabeza palabras como dieta y deporte. Si es una persona sedentaria, que no hace deporte, su médico le dirá: “poco a poco, primero paseos cortos, y vaya alargándolos según su cuerpo lo tolere”. Si no le hace caso y se pone a correr, por ejemplo, podría acabar con un infarto.

La analítica de la economía española constata que tiene el colesterol por las nubes. Los síntomas son claros: ha caído la actividad económica de las empresas; dificultades para innovar de forma generalizada; el mercado laboral está diseñado de tal forma que los jóvenes menores de 40 años son los que más probabilidades tienen de irse al paro (en un año, 2 de cada 3 nuevos parados son jóvenes); nos hemos especializado en sectores poco productivos y muy intensivos en empleo poco cualificado, que además está en caída libre porque se pensó “que podíamos endeudarnos (comer) sin límite y sin caer enfermos”; y todo ello en un contexto donde el sistema financiero está recuperándose en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).

Las medidas más inmediatas para empezar a estabilizar el nivel de colesterol de nuestra economía consisten en inyectar liquidez a las empresas. Se habla mucho de este problema, aunque poco de por qué se produce y cuáles son sus consecuencias.

La crisis arrancó para muchas actividades, sobre todo la construcción, a finales del 2007 y se extendió de forma generalizada a partir del 2008, 2009 y, por lo que se estima, 2010. Al principio, las empresas soportaron la caída de sus ventas por dos razones: una, no fueron caídas bruscas y, dos, por los buenos resultados de años anteriores. Llevábamos una década con acceso a crédito barato y abundante, con un clima nacional e internacional de crecimiento. Pero descuidamos lo que hace competitivas a las empresas: la capacidad de innovar y de expandir sus mercados de referencia a escala global. A pesar del fuerte crecimiento económico de la economía española, los indicadores de innovación empresarial no respondieron de forma significativa. La demanda y las posibilidades de endeudarse fácilmente justificaron muchas inversiones en maquinaria y en personal que, de forma generalizada, mejoraron la capacidad de las empresas para producir más, aunque no tanto nuevas cosas o de forma más eficiente.

Para las empresas industriales y de distribución, fundamentalmente, el ajuste resulta muy difícil. Han tenido que mantener la producción y las compras de materias primas, aunque a un menor ritmo. Para financiar ese día a día se tienden a utilizar deuda a corto plazo, normalmente líneas de crédito. Es lo habitual porque se supone que son compras que se transforman y se venden rápido y, por tanto, los movimientos justifican esta modalidad de financiación como la más adecuada y ágil.

El problema surge cuando se agudiza la caída de las ventas. En ese momento, los almacenes de las empresas fabricantes, y el de los distribuidores, se empiezan a “llenar”. Aumentan las existencias de productos finalizados y en proceso. Las empresas no tienen más remedio que ocupar el tiempo de sus empleados en crear producto final, siempre que puedan, aunque éste no se venda. Esa acumulación de stock está financiada con las citadas líneas de crédito a corto plazo, generalmente a un año o seis meses. Las fábricas se empiezan a ralentizar, se negocian los EREs, temporales en el mejor de los casos, o despidos de empleos temporales, en la mayoría de las situaciones, y la deuda a corto plazo empieza a vencer y hay que devolverla.

Al no vender, o hacerlo en un porcentaje muy inferior a la capacidad de producir y de almacenar stocks, las empresas tienen que reducir costes a toda velocidad, les ahogan sus deudas a corto plazo y tienen que hacerles frente con la poca capacidad comercial que les queda, debido a un consumo estancado. Tienen mucha presión por deshacerse de costes variables y fijos (aunque reducir costes fijos –maquinaria, mantenimiento, hipotecas- es muy difícil, al menos a corto plazo), para evitar directamente la quiebra.

Con los bancos en sequía de crédito, las empresas se encuentran ante la dificultad de sobrevivir sin esa liquidez. Sin financiación, el ajuste en el empleo es aún mayor. Todos los gobiernos están acudiendo al rescate a través de facilitar avales para líneas de crédito a corto plazo. Pero las administraciones no son bancos, les lleva tiempo analizar los problemas de cada empresa. Las peticiones son muchas y la urgencia es aún mayor. Aunque la medida sea acertada, sólo puede llegar a muy pocas empresas. Quien no puede conseguir estas ayudas, la inmensa mayoría del 95% de las pequeñas y medianas empresas que configuran el tejido empresarial de España, tiene que despedir, cerrar o reajustarse con muchas dificultades.

Para estabilizar el nivel de colesterol de forma rápida podríamos correr, destinando fuertes recursos a la innovación, a la investigación, a la cooperación empresarial y al fomento de nuestras exportaciones. Pero no tenemos el hábito, somos aún sedentarios en esta materia. Y si las empresas no pueden financiar su día a día, ¿cómo van a conseguir financiar su innovación? Si no existe una cultura establecida, de forma general, para reinventar el modelo de negocio y afrontar las crisis, ¿cómo lo vamos a hacer de golpe? Si nos hemos creído que la construcción era el motor de la riqueza de España, y ahora no lo es ni lo será, ¿qué otros sectores podrán recuperar el 30% del empleo que se ha perdido en la construcción, unos 900.000 empleos en dos años? ¿Cómo recuperar un hecho donde uno de cada dos empleos destruidos en España desde 2007 están vinculados a la construcción? ¿Cómo afrontar el hecho de que los empleos más precarios son los de personas jóvenes, formadas o no, y que 9 de cada 10 despidos desde el inicio de la crisis se corresponden con jóvenes menores de 34 años?

Cuando el sistema financiero salga de la UCI el crédito no podrá crecer mucho más del 2-3% anual, algo que va a poner en apuros a un tejido empresarial acostumbrado a un acceso al crédito que se multiplicó por tres en la última década. Las empresas habrán de reajustar sus estados financieros con menos endeudamiento, y para eso hay que vender más, hacer cosas distintas y obtener beneficios por ello.

En definitiva, al igual que un enfermo con colesterol elevado necesita un cambio de hábitos de vida, la economía española también. La duración de esta situación, para evitar el infarto económico, va a depender de cómo las medidas que se ejecuten sean absorbidas por las empresas. Las empresas son el corazón, son las que bombean el oxigeno: las que crean empleo, renta y PIB. No existe otro remedio que hacer reformas, las que sean, para que éstas puedan nacer, crecer y desarrollarse de forma saludable. Quizás el mayor problema es que no existe un debate real sobre esas reformas y que la clase política se mueve a golpe de titular y de encuesta.

Artículo escrito por Javier García

Editor de Sintetia
Javier García

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