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El camino hacia la servidumbre económica


Abel Fernández
El camino hacia la servidumbre económica

Simon Johnson es profesor de economía en el MIT y ex-economista jefe del FMI. Peter Boone es presidente de la fundación “Intervención Efectiva” en el “London School of Economics’ Center for Economic Performance”. Ambos coeditan el blog Baseline Scenario.

Según Friedrich von Hayek, el desarrollo del estado de bienestar tras la Segunda Guerra Mundial socavaría la libertad y conduciría a las democracias occidentales inexorablemente hacia alguna forma de servidumbre hacia el estado.

Hayek acertó con el signo y el destino, pero se equivocó completamente en el mecanismo. Las finanzas sin regulación, la ideología de los mercados sin ningún límite y la captura del Estado por los intereses empresariales son lo que han socavado la democracia en Norteamérica y Europa. Todos los países industralizados están bajo riesgo, pero es la Eurozona -con sus estructuras vulnerables- la que nos muestra más claramente nuestros futuros colectivos potencialmente incómodos.

Como resultado de la crisis del Euro, el BCE se encuentra ahora comprando la deuda de los gobiernos más débiles de la Eurozona, convirtiéndose -quizás sin percatarse de ello- en el jefe feudal de Europa. En los próximos años, serán el BCE y la UE quienes dictarán la política. Las élites que dominan dichas estructuras -junto con sus aliados en el sector privado- son los nuevos jefes supremos.

Podemos discutir sobre quienes son exactamente los campesinos, vasallos y señores bajo este modelo, y qué servicios se intercambiarán. Pero no hay duda de que estamos viendo un enorme cambio en el sistema de posguerra de propiedad, poder y prosperidad a lo largo de Europa Occidental, justo lo que Hayek temía. El peso desorbitado de la deuda hará arrodillarse incluso a las personas más orgullosas.

El penoso camino de recuperación

La vigilancia del BCE y de la UE no devolverá a los países a niveles razonables de crecimiento: la resaca de la deuda es, sencillamente, demasiado grande. La periferia del sur y occidental de la Eurozona no puede crecer y salir de su deuda bajo dichos acuerdos, e irá dando tumbos de programa de estabilización en programa de estabilización, como sucedió a Latinoamérica durante los 80. Ello está condenado a crear resentimiento, política hostial, descontento social y más crisis económicas.

El Fondo Monetario Internacional hará sólo lo que le pidan la UE y el BCE para mantener la farsa en pie. Los viejos tiempos en que todos los países miembros recibían regalos amables de la Zona Euro se han ido; ahora todo son instrucciones y requerimientos de ajuste. Pero se proveerán los recursos suficientes para seguir rodando como siempre.

Los tres principales actores franceses -el Presidente Nicholas Sarkozy, Jean-Claude Trichet (BCE), y Dominique Strauss-Kahn (FMI) – parecen estar divirtiéndose; quizás piensen que terminarán conduciendo todo. Más sorprendente es la reacción de otros líderes europeos, que parece que se han convencido genuínamente que sus actos tienen sentido -en vez de ver lo que son, una serie de improvisaciones alocadas.

El mercado les está diciendo que los esquemas de rescate del Euro no tienen sentido, y el mercado tiene probablemente razón. Frente a la cruda realidad de la pérdida de confianza en las finanzas e instituciones europeas, los alemanes e incluso los generalmente sensatos suecos están culpando a los mercados “irracionales” y a los especuladores por problemas creados en casa.

La embrollada solución de la UE, la actualmente preferida, deja al mundo expuesto al riesgo de schocks como el que hemos visto la semana pasada. Esta iteración se esfumará, pero otra llegará cuando se produzca un retroceso en Atenas, Dublín, Lisboa o -¡Dios nos libre!- Madrid.

Mientras tanto, los participantes racionales del mercado están vendiendo la deuda de las naciones arriesgadas y saliendo del Euro. El fiasco completo lleva ahora a una salida desordenada de los activos de riesgo en todo el mundo, y el coste de dicha volatilidad no es pequeño. El peso de la deuda se cierne sobre países considerados hasta ahora inmunes a la crisis fiscales serias, incluyendo Estados Unidos y el Reino Unido.

Es inapropiado para los europeos el hacer sufrir al resto del mundo con estas grandes y crónicas crisis. Europa debería reconocer cuán desordenadamente acaban las insolvencias; y nunca lo hacen de una forma agradable. La crisis de Gran Bretaña en los años 70 es un modelo de lo que puede ir mal: grandes huelgas continuas, población desencantada con las autoridades y fuerte disrupción económica. Cuando los activos estén muy baratos, los inversores más saneados de EEUU, China, India y por supuesto Rusia irán a por las joyas de la corona.

¿Cual es la solución?

Es hora de mirarse en el espejo y reconocer el problema. Muchos países de Europa bordean la insolvencia, y ahora está claro que no podemos simplemente tarparlo durante años con grandes paquetes de ayuda. Para resolver una insolvencia debemos reestructurar la deuda de dichas naciones de forma que no desestabilice el frágil sistema bancario europeo. Y ha de ser lo suficientemente creíble para que, una vez reestructurados, los países afectados puedan volver a financiarse con facilidad.

Europa tiene ahora un paquete de 750.000 millones de Euros y debería usarlo para arreglar el problema de una vez por todas. Los ingredientes para la solución incluyen:

  • Anunciar una reestructuración ordenada de la deuda de los países periféricos (Grecia, Portugal, Irlanda y quizás otros). Ello debería empezar con una paralización de los mecanismos actuales y un programa de financiación fiscal mientras se implementan los recortes presupuestarios.
  • Se debería proveer a todos los bancos europeos con un aplazamiento, con un respaldo de liquidez del BCE, y un programa de apoyo de 500.000 millones para proveer inyecciones de capital -como se hizo en Estados Unidos en 2008 y 2009.
  • Los países que no hayan de reestructurarse deben ser apoyados por líneas de liquidez del BCE que garanticen una renegociación a un plazo más largo de su deuda pública.
  • El G20 necesita apoyar para prevenir el caos en los mercados de divisas pero también aceptar una gran devaluación adicional del Euro. En algún punto, el G20 deberá intervenir para apoyar al Euro a través de los bancos centrales.

Un paquete tan exhaustivo de medidas sería doloroso, pero es la única solución realista al actual caos. Devolvería también algo de credibilidad al Sr. Trichet y al BCE, el cual, en este punto, parece cautivo de las crisis fiscales de la Eurozona.

Desafortunadamente, no hay liderazgo en Europa que pueda tomar acciones tan decisivas, por lo que Europa sólo se reformará a sí misma con penosidad a través de sucesivas crisis hasta que los problemas actuales, y los venideros, se resuelvan. EEUU y el Reino Unido deben prepararse para más tormentas. Los primeros están en una situación más agradable, como el refugio seguro del mundo, pero ello sólo llevará a sus derrochadores políticos a gastar y endeudarse más.

El Reino Unido sufrirá mucho más por la devaluación del euro y la dislocación financiera, todo ello exacerbado por sus propios grandes déficit y deudas. Quizás veamos una nueva invasión a través del canal, esta vez por vigilantes de bonos que preguntarán si Gran Bretaña puede controlar su inflación mientras crece su deuda. Al final de este gran tumulto, Europa y el Reino Unido tendrán regímenes fiscales sólidos. La deuda se dejará de pagar o se desinflará mediante inflación, y las naciones tendrán recortes de gasto dramáticos.

La desaparición de la actual sociedad occidental predicha por Hayek se tornará cierta, pero los sistemas de bienestar serán las víctimas y no el mecanismo, borrados por unas élites políticas y financieras que trajeron el fracaso.

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