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América Latina: mejores previsiones, nuevos retos


Abel Fernández
América Latina: mejores previsiones, nuevos...

Tras la crisis financiera internacional, el mundo comienza a mirar hacia adelante con mejores perspectivas. Por primera vez, el FMI revisa sus previsiones de crecimiento al alza después de la espiral bajista del último año. Así, el World Economic Outlook publicado hace unos días fija el crecimiento mundial para este año en el 4,2 por ciento, tres décimas por encima de la previsión del pasado otoño. Siguiendo esta mejora de las expectativas, el Fondo eleva el crecimiento de América Latina y del Caribe hasta el 4,0 por ciento para este y el próximo ejercicio, lo que supone una mejora de tres y dos décimas para cada año respectivamente. En fin, buenas noticias después de meses de zozobras de los que, al menos, deberíamos extraer algunas conclusiones para el futuro.

En primer lugar, la región no ha amplificado la crisis financiera exógena, pero esto no ha sido casual. Sin duda, las reformas macroeconómicas impulsadas en la última década han sido clave. Así, la estabilidad fiscal, los tipos de cambio flexibles (o cuasi-flexibles) y la política monetaria independiente y ortodoxa han permitido acumular un activo reputacional nunca visto antes en la región. Además, aquellos países que se vieron obligados a impulsar, durante los peores momentos de la crisis, políticas monetarias de corte cuantitativo han afrontado el desafío desde posiciones claramente comprometidas con la estabilidad de precios. En fin, el grueso de las recomendaciones del Consenso de Washington se ha mostrado esencial no sólo para explicar el crecimiento de los últimos años, sino también para entender la resistencia de la región a las más que duras turbulencias financieras del otoño de 2008.

En todo caso, la “hoja de ruta” continúa repleta de desafíos que están en el “debe” desde hace años. En este sentido, la región tiene pendiente una nueva ola reformista con especial atención a las cuestiones microeconómicas. Así, las mayores economías del continente siguen mostrando evidentes problemas de mal funcionamiento de los mercados, con presencia notable de monopolios y oligopolios que frenan su crecimiento potencial. En especial, México debe elevar la competencia en mercados estratégicos y Brasil mejorar sustancialmente la unidad de su mercado interno. En esta línea, este país sudamericano tiene pendiente una consolidación de su propio mercado que permita crecimientos no inflacionarios con tasas de interés sensiblemente inferiores.

Adicionalmente, y con más razones tras la crisis internacional, la región adolece de un marco institucional ineficiente. Así, resulta imposible alcanzar cotas de desarrollo aceptables con sistemas fiscales que apenas pueden recaudar para mantener la burocracia de la propia Administración. La educación, la sanidad o una red tupida de infraestructuras son bienes públicos cuya financiación eficiente sólo puede provenir de las arcas del Estado. Sin embargo, la mayoría de los países presentan unos niveles de ingresos tributarios exiguos y una estructura de gasto inapropiada. Por ello, se debe avanzar en un incremento sustancial de la base tributaria atacando las bolsas de elusión fiscal. De este modo, junto a las reformas microeconómicas la región debe hacer frente a reformas institucionales que mejoren la provisión de bienes públicos, elevando las oportunidades de sus propios ciudadanos.

Con todo, tras esta crisis seremos testigos de una amplia y profunda reforma del sistema financiero internacional que debe ser tenida en cuenta a la hora de delinear el futuro de América Latina. En términos generales, los nuevos condicionantes de Basilea III y las reformas adicionales que se implementarán por los Estados delimitarán un marco institucional para el sector financiero más restringido. En este sentido, la reducción del riesgo en los mercados financieros supondrá un crecimiento menor del crédito y, por lo tanto, unas condiciones de financiación más estrictas. Este entorno dificultará la gestión de déficit por cuenta corriente y el mundo en su conjunto, y América Latina en particular, deberán encontrar otros vectores de crecimiento.

Así pues, en un mundo con menos crédito, deberemos avanzar en reformas sobre la economía real para elevar su crecimiento potencial, especialmente en el continente donde la reducida bancarización es un lastre para el desarrollo. Por ello, son esenciales las reformas comentadas previamente con enfoque nacional, a lo que se debería unir una aproximación más liberal al comercio internacional. De este modo, con un sector financiero que contribuya menos al crecimiento, la región necesitará mayores mercados para explotar las ventajas relativas de su economía real.

En fin, la crisis ha permitido comprobar la “bondad” del grueso de las recomendaciones del Consenso de Washington, si bien la región sigue teniendo pendiente una ola de reformas micro e institucionales. Además, la nueva regulación financiera más estricta que se está impulsando dificultará la financiación externa de las economías emergentes, entre ellas América Latina, por lo que las propias reformas (consolidando mercados internos) deberían ir acompañadas de una profundización del comercio internacional para generar nuevas oportunidades de desarrollo.

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