Parálisis y partidismo en Washington

Sean Graber

Sean Graber es analista del Gobierno Federal de los Estados Unidos.

En 2008 la elección de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos marcó el comienzo de una nueva época en la política americana. Además de ser el primer presidente afro-americano, Obama personificó la esperanza en un país que se encontraba a la deriva. Enredado en dos guerras, con una deuda pública asfixiante y atrapado en una de las recesiones más severas de su historia, Estados Unidos estaba perdido. El pueblo exigía un cambio.

El lema de la campaña de Obama, "Un cambio en el que puedes creer", sacó provecho de esta inquietud, mostrando al mismo tiempo cómo Obama buscaba definirse como alternativa a las políticas fracasadas de la Administración de Bush. Rompiendo con su predecesor, Obama pretendía representar el intelectualismo, la igualdad y la multipolaridad. Prometió cambiar la imagen de Estados Unidos en el exterior y arreglar los grandes problemas domésticos que acechaban.

Las condiciones eran las idóneas para una revolución en la política americana. Obama ganó las elecciones con un amplio margen y los demócratas aumentaron sus mayorías en ambas cámaras del Congreso. En la Cámara de Representantes, su mayoría aumentó a 79 escaños y en el Senado los demócratas consiguieron una supermayoría de 60 escaños. Contando con un presidente extremadamente popular, una fuerte mayoría en la Cámara de Representantes y una supermayoría en el Senado, parecía que el ímpetu de cambio era imparable.

No obstante, Obama todavía no ha realizado la mayor parte del cambio que ha prometido. La reforma sanitaria, la piedra angular de su agenda doméstica, se ha quedado estancada en el Congreso y el gasto público sigue aumentando el déficit a un ritmo alarmante. En la elecciones para gobernador en New Jersey y Virginia y en la elección extraordinaria senatorial en Massachusetts, las victorias republicanas representaban un cambio en la opinión pública respecto a Obama, específicamente en lo relativo a la reforma sanitaria y a su financiación mediante más déficit. La victoria en Massachussets fue especialmente significativa para los republicanos porque representó el repudio directo de la reforma sanitaria y quitó a los demócratas la supermayoría de que disfrutaban en el Senado.

Estas incongruencias nos obligan a hacer la siguente pregunta: Después de llegar a la Casa Blanca con el apoyo del pueblo americano y control del Congreso, ¿por qué no ha podido aprobar la ley más importante de su agenda doméstica?

Paradójicamente, la respuesta a esa pregunta es que Obama ha sido una víctima de su propia popularidad. Al contar con tanto apoyo, Obama se sintió libre para abarcar varios temas a la vez y para escorarse hacia el lado izquierdo del partido demócrata. Ejecutó un plan de rescate e intentó reformar el sistema sanitario, dos iniciativas que comprendían la ampliación del papel del gobierno y del endeudamiento del estado. Estas iniciativas llevaron la satisfacción al ala izquierda de su partido pero alienaron a los moderados que le habían aupado en las elecciones. Muchos de estos moderados habían votado a Obama para romper con la política exterior de Bush y arreglar la imagen de Estados Unidos. No contaron con que Obama representaría un cambio tan radical en temas económicos como el déficit, asunto que se ha puesto de relieve tras la crisis económica.

Estas iniciativas también han intensificado la oposición republicana. Examinando las trayectorias del Troubled Asset Relief Program -TARP, el plan de salvamento del sector financiero-, la American Recovery and Reinvestment Act -ARRA, el plan de impulso de la economía mediante el gasto público- y el Patient Protection and Affordable Care Act -la reforma sanitaria-, leyes que simbolizan la intervención gubernamental y el creciente endeudamiento, se observa una tendencia cada vez más polarizada. El TARP, una ley aprobada bajo la Administración de Bush pero ya entonces muy impopular entre muchos republicanos, se aprobó con votos de ambos partidos. 74 senadores votaron a favor y 25 senadores votaron en contra. De esos 25, 15 eran Republicanos, 9 Demócratas y 1 Independiente. En cambio, solamente tres Republicanos votaron a favor de la ARRA y, posteriormente, uno de ellos cambió su afiliación al partido demócrata. Respecto a la reforma sanitaria, ningún senador republicano votó a favor.

TARPTARP

ARRAARRA

Reforma SanitariaReforma Sanitaria

Esta microtendencia refleja una desaprobación creciente de las políticas de Obama pero también forma parte de una tendencia más marcada en la política americana durante los últimos 40 años. En el Senado, donde las reglas otorgan mucho poder a la minoría, el partidismo puede paralizar el proceso político a través del filibusterismo, un procedimiento administrativo que aumenta el número de votos necesarios para aprobar una ley del 51% al 60%. En el gráfico 2, se ve que el uso del filibusterismo ha incrementado considerablemente desde el año 1970, resultando, como se ha observado con la reforma sanitaria, en el parálisis total del proceso político.

Cloture Motions, 1919 - 2010Cloture Motions, 1919 - 2010

En su campaña, Obama prometió trabajar con ambos partidos para conseguir consenso entre ambos partidos y evitar este tipo de maniobra obstruccionista. La aprobación de la Hiring Initiatives to Restore Employment Act (HIRE), una ley que reduce los impuestos para las empresas que vuelvan a contratar a más empleados, sirvió como buen ejemplo de lo que puede lograr el compromiso entre los dos partidos. Se aprobó el 24 de febrero en el Senado 71-28, con 55 demócratas y 14 republicanos votando a favor.

Para poder aspirar a más victorias legislativas como ésa, Obama tendrá que seguir trabajando con los republicanos, aunque tenga que sacrificar parte de sus ideas para llegar a un acuerdo. HIRE es un paso adelante pero la prueba reveladora será la reforma sanitaria. Según una encuesta de la Gallup Organization, el 48% del pueblo americano está en contra del plan de Obama, mientras sólo el 45% está a favor. Sin embargo, Obama sigue intentando forzar la aprobación de la ley pidiendo al Congreso que prohiba el debate y que pase directamente a un voto de sí o no. Esto es un paso hacia atrás. Después de la crisis económica y un año luchando para aprobar estas polémicas leyes, Obama debería dejarlas a un lado. Si realmente aspira a “cambiar” el país, Obama debería moverse hacia el centro, apoyar a los legisladores que están dispuestos al compromiso y buscar el consenso. Luchar contra la tendencia hacia el bipartidismo que ha ido paralizando el proceso político durante los últimos 40 años sí sería un cambio en que todos podemos creer. Si no lo hace, es muy posible que Obama experimente su propio cambio en 2012.